Cartas a Tora XXVI

Querida Tora: Los vecinos están bajando el material que subieron a la azotea. Poco a poco, porque no tienen prisa (ni ganas). Ya están hablando… Querida Tora:          Los vecinos están bajando el material que subieron a...

23 de febrero, 2017

Querida Tora: Los vecinos están bajando el material que subieron a la azotea. Poco a poco, porque no tienen prisa (ni ganas). Ya están hablando…

Querida Tora:

         Los vecinos están bajando el material que subieron a la azotea. Poco a poco, porque no tienen prisa (ni ganas). Ya están hablando de decirle a los guaruras que lo hagan, aunque haya que pagarles “algo”. El portero ya está haciendo cuentas de lo que podría ganar con eso, pero las cosas están tranquilas. Por eso, te voy a contar algo que pasó y que tiene mucho interés humano. Mejor dicho, gatuno… o felino, como te guste más.

¿Te acuerdas de la gatita rubia? Pues desapareció. Una noche, después de que estuvimos maullándole a la luna un rato largo, desapareció. Nadie supo lo que le pasó. Preguntamos en todas las azoteas vecinas, y nada.

Bueno, pues anoche la volvimos a ver. Pero parecía otra, tan gorda y tan pesada. Enseguida nos dimos cuenta de que estaba preñada. ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Sobre todo, ¿quién? Hubo uno que se atrevió a culparme. Pero yo te juro que es un chisme. ¿Para qué voy a querer yo unos hijos que ni siquiera se me parecen? Así que no te esponjes (del verbo esponjar, en su acepción más corriente). Además no es posible,  porque mis cromosomas no tienen acción con los de otros animales (sí, soy animal desde el punto de vista fisiológico, pero nada más). Las otras gatas la rechazaron un poco, porque nunca se la vio aceptando galanteos de nadie, y les parecía una preñez inmoral. El caso es que la rubita buscaba un rinconcito donde refugiarse, un lugar calientito y discreto, y si no es porque yo… ¡Sí! ¡Yo! Es que ella ha sido muy atenta conmigo, y tenía que corresponderle. Yo la llevé a la vivienda de la mocha, y le dije que se metiera en el horno. No sabes qué mirada de agradecimiento me lanzó. Y es que la mocha nunca usa el horno. Pero ese día quiso hacer unas galletas, y lo encendió. Hubieras visto el maulladero. La pobre salió con los pelos de punta, sus nueve gatitos también, y eso que apenas podían arrastrarse. Y las galletas, ni se diga: pelo y cenizas por todos lados, que nadie se las pudo comer.

Una señora dio asilo a toda la familia, la que se juntó con el del 41, que ya no vive allí, sino con la señora, ¿te acuerdas? Pero como a medianoche llegó un gato grande, fuerte, negro, y se puso a maullar muy raro. La gatita empezó a arañar la puerta y las ventanas, desesperada por salir, y maullaba a más no poder. Lo peor fue que todas las gatas se pusieron a hacer lo mismo; luego rodearon al gato ese y empezaron a lengüetearlo. La gatita logró salir y se echó encima de ellas, rasguñando y mordiendo como si le fuera en ello la vida. Sus gatitos se quedaron solos, llorando de miedo y de frío.




El escándalo fue tan grande, que hasta el portero se asomó a ver qué pasaba; y al ver lo que era pidió que le trajeran una manguera. El gatote se dio cuenta y le plantó cara. Y antes de que el portero pudiera abrir la llave, saltó a su cabeza y le cuadriculó la cara. Hubo que llamar a dos guaruras para que se lo quitaran. Y cuando el gatote volvió a la azotea, todas las gatas empezaron a besuquearlo (a la manera felina, así que imagínate), y la gatita ya ni protestó. Luego se fueron todas detrás de él, sirviéndolo y apapachándolo, y quién sabe qué pasó detrás de los tinacos, que toda la noche se oyeron suspiros.

A los gatitos los cuidó la señora del señor que era del 41 con verdadero amor de madre, que si no…

A propósito de la señora. ¿Te acuerdas que hace tiempo violentó al señor del 41 y se lo llevó a vivir a su casa? Pues él ha cambiado tanto, que ya ni su sobrino lo reconoce. Anda siempre fuera, vuelve a altas horas de la noche (o de la madrugada) y no da razón a nadie de lo que hace. Yo sí lo sé, porque me lo dicen los otros gatos. Y fíjate, pon mucha atención: Tiene un comercio erótico-pecuniario con una de las muchachas del hotel. Entiendes, ¿verdad? Es que no quiero ser muy crudo para no ofenderte. Saca su buena lana de ahí. Pero, además, se entiende con la vieja del 12 (todas las tardes la va a ver, y todas las tardes pone en acción sus dotes más masculinas). Y, encima, sigue platicando con la señora con la que vive. ¿Te imaginas cómo acaba?

Alguien se lo dijo a su actual pareja, ¿y qué crees que contestó la indina? Que no le importa, que mientras él le siga platicando tan sabroso como el primer día, no le importa lo que le diga a otras, al fin que las palabras no se gastan. El otro día hasta le prestó la alfombra de su sala para que llevara a la del 12, que se la dejaron toda arrugada, y plancharla le tomó tres días. Lo de la chica del hotel no lo sabe (creo yo); pero yo creo que tampoco le importará, porque después de que la va a ver le lleva siempre unos tamales o unas gorditas, por lo menos. Yo no podría comer esas cosas tan mal habidas, pero como dicen por aquí “Se necesita de todo para hacer un mundo”.

El caso es que entre el gatote y el señor del 41, me han puesto de malas. No, no, perdón. Me he puesto de malas por la forma de obrar de la gatita y de estas viejas, que ya no sé quién es peor. ¿Tu qué opinas?

Te quiere,

         Cocatú

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