Cartas a Tora XXV

Querida Tora: Querida Tora:          Siéntate, no te vayas a ir de espaldas cuando te cuente lo que te tengo que contar: suspendieron la obra del patio. No por falta de dinero, sino porque el que tienen lo...

17 de febrero, 2017

Querida Tora:

Querida Tora:

         Siéntate, no te vayas a ir de espaldas cuando te cuente lo que te tengo que contar: suspendieron la obra del patio. No por falta de dinero, sino porque el que tienen lo van a usar para construir un muro. El chavo del 7 se enojó mucho, y le gritó al portero delante de todos los vecinos. Pero el portero gritó más, y acabó ganando.

Resulta que las azoteas de esta vecindad y la de junto están casi parejas, y se puede pasar de una a otra sin problemas; un saltito, si acaso. A todo el mundo le ha venido bien, porque pueden pasar a visitar a los vecinos sin peinarse para salir a la calle, a curarse los entripados y a tener todo tipo de aventuras nocturnas (y hasta diurnas; la mocha del 45 es experta en descolgarse por los cubos de luz. Pero no seas mal pensada: ella va a dar clases de religión a unos niños y a sus papás, que van a hacer la primera comunión. Los papás, no los niños).

En la otra vecindad ya hay mucha gente, y como aquí hay cuartos de azotea vacíos, han empezado a pasare para acá, y viven sin pagar renta, ni luz ni agua.

Mucha gente sabía que estas personas vivían ahí; pero no decían nada porque les hacían trabajos que ya nadie quería hacer: uno, por ejemplo, les arreglaba las macetas, las regaba y podaba y cuando no había flores, les ponía unas de papel muy bonitas que sabe hacer: otro les barría los patios; o cocinaba los domingos, para que las viejas tuvieran un día de descanso; o lavaba enaguas y planchaba. Sólo hubo una mujer a la que echaron el mismo día que llegó, que dijo que era “calienta camas”; la tiraron de la azotea, le rompieron las dos piernas, y ahora ejerce su oficio en una vecindad cercana, arrastrándose, porque no quedó bien; y ha tenido tanto éxito, que ahora ya tenemos aquí dos viejas que la imitan: llevan un sartén con carbones encendidos y los pasan por las sábanas en las noches de invierno, para que puedan dormir calientitos.




Me estoy desviando. El portero dijo que eso era un delito, y los echó. Muchos los defendieron. Los dueños de los cuartos dijeron que se podían quedar, si les pagaban una renta. El portero exigió un impuesto altísimo por esas rentas, y empezaron a pelear. Cuando el portero vio que iba perdiendo, les recordó la dignidad de la vecindad, el honor de los pobres y la santa obediencia  a los reglamentos de construcción. Bueno, hasta se puso a cantar “Quinto Patio”, una canción muy vieja que exalta esos valores.

Pues los expulsaron. A todos. Pero esa misma noche, ya estaban regresando dos o tres. El portero se dio cuenta, y allá va con sus guaruras a echarlos. Nueva trifulca.

Esa noche no durmió nadie, y el nuevo día amaneció en tensa calma. Entonces, el portero llamó a junta, y anunció la construcción de un muro en la azotea para que nadie pudiera pasarse. Algunos le dijeron que estaba loco; otros lo aplaudieron, y los del Consejo dijeron que saldría muy caro. El portero dijo que la construcción del muro la pagarían los inquilinos de la otra vecindad. Los otros contestaron que “ja, ja, a ver cómo nos cobran. El portero dijo que no importaba, que el material para el hoyo del patio lo usarían en ese muro, que era tan importante para “salvaguardar el honor de la vecindad”.

Otra vez el honor. ¿Qué tendrán que ver las guayabas con la fiebre de malta? El caso es que sacó un tocadiscos viejo, puso “Quinto Patio” y todos se pusieron a bailar entusiasmados. Al poco rato ya estaban subiendo tierra y piedras para la construcción. ¿Para qué la tierra? Pues como no tenían mezcla le pusieron agua, y con eso quisieron pegar las piedras. Cuando eso no funcionó, las viejas se pusieron a hacer ollas de engrudo, que tampoco sirvió para maldita la cosa (Así se dice. No preguntes). Hicieron una columna de piedras sobre la primera vivienda para amarrar ahí elmuro; pero el peso hizo que se hundiera el  techo. Entonces se dieron cuenta de que la habían colocado sobre la portería, y el flamante escritorio nuevo del”Administrador” se convirtió en astillitas (pero lo que más le dolió fueron sus videos porno, importados todos ellos). Tres viviendas más allá hubo otro hundimiento, que arrastró los tubos del agua e hizo brotar una catarata en la esquina del patio, que algunos usaron como regadera el día siguiente, a pesar de los aspavientos de la mocha y sus secuaces.

Lo peor fue cuando llegaron al 37, que una piedra cayó en la azotehuela y rompió un tanque de gas. Cundió la alarma de que el gas iba a ahogar a todos los vecinos de la zona; y el 56, que ya estaba bastante ahogado, le echó un cerillo encendido, diciendo que era mejor quemar el gas que aspirarlo. Afortunadamente, el tanque estaba casi vacío y no causó muchos daños. Pero la explosión se oyó en toda la cuadra (no, no es corral para caballos, sino cuadra para gente), y suspendió todos los trabajos. Los de la vecindad de junto se asustaron, y prometieron respetar la frontera. Y así se solucionó el incidente, al menos por el momento. Pero como el portero no se fía de los de junto, contrató más guaruras (10 más) para vigilar la azotea todo el día y toda la noche. Además, hay que bajar todo el material que subieron; pero eso lo van a hacer los vecinos, para no gastar más (el portero, no; ese dijo que bastante tenía con pensar cómo resolver losproblemas que le ocasionaban “las estupideces de los vecinos”.

El chavo del 7 y el Consejo celebraron que el incidente hubiera terminado con tan pocos heridos (y de gravedad, sólo los del 37 que resultaron golpeados por los pedazos del tanque que volaron por toda la vivienda; pero algún día tendrán que curarse), y felicitaron a todos por la unión y la solidaridad, y les pidieron que siguieran siempre así.

Ya ni te conté ningún chisme; pero es que esto del muro estuvo muy interesante. Hasta salió en los periódicos, con el portero en primera plana rodeado de sus guaruras. La próxima te contaré otras cosas, igualmente interesantes.

Te quiere, hoy más que nunca,

                                             Cocatú

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