Cartas a Tora XCVI

Querida Tora: Querida Tora:          Las cosas están bastante tranquilas estos días. El portero ya se calmó, y no cita a los vecinos a tantas juntas. Pero el otro día hubo un problema en el Seguro Vecinal....

10 de agosto, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

         Las cosas están bastante tranquilas estos días. El portero ya se calmó, y no cita a los vecinos a tantas juntas. Pero el otro día hubo un problema en el Seguro Vecinal.

Resulta que el portero fue con la enfermera “a que le hiciera un chequeo”. Eso dijo. Y en cuanto llegó se encerró con ella. Unos minutos después llegó la señora del 23 muy apurada, con su hijo llorando y deteniéndose el brazo izquierdo, que le colgaba como sin vida, y se puso a llamar a la puerta. Pero no le abrían. La señora siguió llamando y gritando, y se juntaron algunas vecinas. Nada. Alguien dijo que la enfermera estaba adentro, que la había visto unos minutos antes. Entonces, el del 35 propuso romper una ventana para entrar, vista la urgencia del caso. Se me olvidaba decírtelo: el niño se rompió el brazo, y había que atenderlo.

Ya alguien tenía una piedra para romper el vidrio, cuando la puerta se abrió y apareció la enfermera, pidiendo perdón por haberse quedado dormida “porque había pasado muy mala noche”. El portero se quedó en el cuarto del fondo, sin salir (Aquí entre nos, estaba en calzoncillos). Cuando supo lo que pasaba, la enfermera dijo que ella no podía hacer nada, porque eso era una curación mayor; y, además, no tenía yeso. Los vecinos empezaron a gritar, exigiéndole que atendiera al niño, que para eso le pagaban. Ya estaban por meterse a la enfermería, cuando apareció el portero (Ya había tenido tiempo de vestirse), molesto por la falta de yeso. Llamó a uno de sus guaruras y le habló en voz baja. Pero yo oí lo que le decía: que fuera al agujero del patio, y que hasta abajo encontraría algo de material de construcción; seguramente allí habría algo de yeso.

Así lo hizo el muchacho; y volvió al poco rato, arrastrando un costal que parecía muy pesado. Pusieron al niño en una silla; y la enfermera,  sin dejar de protestar porque aquello no le correspondía a ella, se puso a trabajar. El portero sujetó el brazo del niño, porque la madre no podía soportar la situación y se retiró a platicar con las vecinas (Para distraerse, según dijo); y en menos de cinco minutos ya habían entablillado el brazo. El portero entregó el niño a la madre, los echó fuera a todos (Se veía que tenía prisa) y cerró la puerta con todos los cerrojos que tenía.

El niño seguía llorando. La madre le dió una cucharada de azúcar; pero el padre le dió dos trompadas y una patada “para que se portara como hombre”, y se fue a la cantina “para bajarse la preocupación”.

Los vecinos se quedaron cerca de la enfermería, para ver si podían oir algo. Les preocupaba que el portero se hubiera quedado dentro, y temieron que se hubiera puesto enfermo “ahora que empieza a ser presidente del Consejo, y ni siquiera Consejo tenemos”. La Mocha les dijo que no debían andar hurgando en las vidas ajenas, y que mejor harían en dar de comer (O de desayunar, según se viera) a sus esposos. Le chiflaron y le dijeron que se largara, cosa que ella se apresuró  a hacer.

En eso, que llega la Flor (y su prima). Entró a la portería, vió que el portero no estaba, ypreguntó a dónde había ido. Cuando le dijeron que estaba en la enfermería no pareció preocuparse; pero corrió hacia allí y empezó a golpear la puerta y a llamarlo. ¿Y qué crees? Salió enseguida, con los pantalones mal abotonados. En cuanto lo vió, la Flor (y su prima) le arrimó un santo catorrazo (Busca en el diccionario), y a patadas lo bajó a la portería, llenándolo de improperios. Las vecinas quedaron esputrefactas (Creo que ya te dije que esta palabra no existe; pero se oye mejor que la correcta, que es “estupefacta”).; y se dijeron que iban a hacer lo mismo con sus maridos cuando los sorprendieran con la enfermera (O con cualquier otra desgraciada).

Durante mucho rato se oyeron gritos en la portería, y siempre predominaba la voz de la Flor (Y su prima). Luego salió el portero, llamó a su guarura consentido (El feo, ya sabes) y le dijo que fuera a ver a la enfermera y le dijera que estaba bien, que no se preocupara. El muchacho subió enseguida. La enfermera le abrió inmediatamente (Se veía que estaba inquieta), y no salió hasta el amanecer. La del 48, que le llevó un té de tila para que se tranquilizara, dice que oyó quejidos y sollozos; pero no le abrieron, y se tuvo que tomar ella todo el té.

En la noche, el niño seguía llorando. La madre, que ya sabía lo de la tila, pensó que no tenía caso llevarlo a la enfermería, y obligó a su marido (Mareado, como estaba) a llevarlo a un puesto de socorros. Allí le dijeron que lo que le pusieron no era yeso, sino cemento; y que no habían acomodado el hueso, se lo habían dejado chueco; y que tenían mucha suerte de que no tuvieran que operarlo. El padre dijo que los iba a demandar. La madre dijo que cómo iba a demandar al presidente de la vecindad, que a esos no les hacen nada, y que lo mejor era olvidarlo todo. Así que a martillazos le quitaron el cemento al niño; y con lo que le hicieron luego dejó de llorar y se quedó dormido.

Cuando llegaron a la vecindad, la discusión seguía todo grito en la portería, pero  ya a nadie le importaba. Los guaruras daban sus vueltas por el patio o se metían debajo de las escaleras a…. Eso no te interesa, y mejor no te lo digo.

Bueno, mi amor. A ver si la próxima vez tengo algo más interesante que contarte.

Te quiere,

              Cocatú

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Se pusieron a tocar y a cantar, y una muchachita bailó unas piezas muy bonitas. Y digo ésto no sólo porque a mi me gustaran, pues todos los que los estaban viendo aplaudieron mucho. Los vecinos no tardaron en pedirles que entraran a la vecindad y que trabajaran en el patio, para que pudieron verlos los que están impedidos (por ejemplo, la señora del 27 que no puede caminar, el señor que está todo el día en la cama por no sé qué enfermedad y la gorda del 18, que ya no pasa por la puerta). Los gitanos obedecieron, y se armó la función en el patio. No sé cuántas cosas tocaron y bailaron; y hasta representaron pequeñas comedias muy graciosas y bastante picantes algunas de ellas. Hasta el portero salió a velos, y se reía más que nadie. Total, que estuvieron ahí hasta que empezó a anochecer. Entonces sacaron sus sombreros y se pusieron a pedir la cooperación de los espectadores. Casi todo el mundo les dio, pues los habían entretenido todo el día, pero ¿qué crees? Cuando terminaron de recoger el dinero y se despidieron, el portero se acercó a ellos y les dijo que tenían que pagar su impuesto. Así dijo, textualmente: su impuesto. Los gitanos protestaron Los vecinos también. Y yo, por supuesto. Los gitanos habían trabajado todo el día, y el portero no había hecho nada. Luego les dijo que estaban ocupando el edificio de la vecindad, que era de los vecinos, para ganar dinero, y que era justo que pagaran por ello; entonces, los vecinos le dijeron que ellos no querían nada, que no tenía que cobrarles si ellos no querían. La gitanilla, que es chiquita pero muy brava, lo encaró y le dijo que se fuera a robar a Río Frío. El portero mandó cerrar las puertas, y afirmó que no saldrían de ahí hasta que pagaran su impuesto. Los gitanos deliberaron, y la gitanilla fue luego a enfrentar al portero; pero antes de que pudiera decir algo, el portero hizo una seña, y los guaruras sacaron sus pistolas. Los gitanos retrocedieron y se apelotonaron en una esquina del patio. Verdaderamente, tenían miedo: Hablaron entre ellos y parecieron tomar una decisión, pero antes de que pudieran decir nada, se oyó el vozarrón del señor del 37. -Son de chin… Un bofetón del portero le impidió continuar. Además, se le cayeron dos dientes; y la inflamación le impedía decir palabra alguna. El portero hizo una seña, y los muchachos amartillaron las armas. El jefe de los gitanos sacó un pañuelo blanco, se adelantó y dijo que estaba bien, que pagarían el impuesto; y preguntó cuánto era. El portero contestó que generalmente pedía el diez por ciento; pero que como ellos se habían mostrado rebeldes y majaderos, les cobraba el quince por ciento. El jefe sacó el dinero, lo contaron y luego, moneda a moneda le dio al portero lo que exigía. Los guaruras bajaron las armas y abrieron las puertas, y los gitanos fueron saliendo, con malas caras y maldiciendo por lo bajo al portero y a toda su familia. 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CARTAS A TORA 267

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