Cartas a Tora LXXXII

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20 de abril, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

La Flor, efectivamente, encontró una solución para el portero y llamó a su prima, que es experta en postizos y muy habilidosa con las manos. Ella pidió tela fuerte, cintas de diversos tipos, hule espuma, tiras de cuero, pegamentos y globos (Por si acaso, dijo), y se puso a trabajar. Tardó toda la noche, y al día siguiente presentó una especie de corset que se sujeta a las caderas con tiras de cuero y pedazos de tira adhesiva. El portero quedó desconocido, pero ningún pantalón le entraba; tuvieron que comprarle la talla más grande, descoserlo y volvérselo a coser ya puesto. [La prima de la Flor aprovechó para manosearlo todo (Eso se lo cobró aparte), pues hace rato que le tiene ganas.] Enseguida salió al patio a exhibirse.

Los primeros que lo vieron fueron los del 41, que le preguntaron qué se había hecho; y él les contestó que iba a un gimnasio en el que desarrollan los músculos que el cliente pide. “ Eso sí: es muy caro”, añadió, para que no le preguntaran la dirección. Caminar le costaba un poco de trabajo, porque las almohadillas que le pusieron atrás le rozaban, y a las dos horas de usarlas ya le habían escocido todo. Pero él estaba muy contento, porque el pantalón tan apretado hacía que por delante pareciera que tenía dos en vez de uno, y no uno al lado del otro, sino el primero encima del segundo, amenazando romper la tela en cuanto empezara a moverse.

A mediodía se metió a su vivienda, a descansar. Pero junto a la ventana de la sala se estacionaron la del 46 y  sus comadres, y empezaron a hablar de las protuberancias del inquilino nuevo, y la del 46 propuso lanzarlo como candidato a presidente del Consejo de la vecindad. Las otras aplaudieron entusiasmadas, seguras de que  todas las mujeres votarían por él, “porque está muy guapo por detrás”.

El portero se alarmó muchísimo, llamó a su guarura consentido y se pusieron a elaborar un plan de acción. Por lo pronto, aprendió a caminar como las estrellas de cine, levantando una al  tiempo que bajaba la otra. Pero lo más que logró con su paseíllo fue arrancar un suspiro a la del 8, que enviudó hace más de 40 años y desde entonces se mantiene inmaculada. Como el jabón para la cara. que lo más que hace es convertirse en espuma.

Entoces, decidió lanzar su campaña inmediatamente (Por eso de que el que pega primero pega dos veces). Puso un templete en el patio y anunció que iba a dar a conocer su plan de trabajo el domingo siguiente  a las doce en punto. Y así lo hizo. A la hora señalada se subió al templete, y en vez de enfrentar al público (Todos los vecinos se hallaban presentes), empezó a escribir en un pizarrón muy grande que había, y de vez en cuando se volvía para añadir algo (Pero sólo de vez en cuando) Ya había aprendido a mover los postizos en forma conjunta o individual,  temblorosa o decidida, y arrancaba verdaderos alaridos de la concurrencia. En el momento álgido de su presentación pidió a las personas interesadas en lanzarse como candidatos que subieran al templete para exponer sus programas.

Nadie subió.

El portero repitió su invitación. El del 56 se levantó, pero no consiguió subir las escaleras, de tan borracho que estaba. El chavo del 7 dijo que eso era un circo, y él no se prestaba a hacer de payaso; que a él le interesaba ser presidente del Consejo, pero que lanzaría su campaña en una forma seria, y abandonó la reunión.

La del 46 pidió al inquilino nuevo que subiera, y  todas las mujeres se pusieron a aplaudir. El inquilino decía que no, que era muy nuevo allí y no conocía la vecindad, pero las viejas lo vitoreaban y le decían “¡Guapo!”, “¡Sabrosón!” y otras cosas por el estilo. Por fin, con gran renuencia , el inquilino nuevo aceptó subir.

El portero se acercó a la parte posterior del templete y le hizo una seña a sus guaruras. A mi, eso me dio muy mala espina; y para evitar una desgracia, me lancé sobre el portero. Al verme brincar, otros gatos me siguieron; y entre todos le bajamos los pantalones al portero, exponiendo los postizos que llevaba .

Todos se echaron a reir. El portero trataba de colocarse todo en su lugar, pero no podía. El inquilino nuevo quiso ayudarlo; la del 46 también, pero lo único que lograron fue enredarse los tres en los a arreos del portero. Todas las viejas acudieron al quite, pero se atropellaban y se caían, y se enredaban más.

Tuvieron que llamar a la Cruz Roja para que los desenmarañaran, porque aquello era un amasijo de seres humanos sin orden ni concierto, y las bocas y las manos estaban en los lugares más inverosímiles. Pero lograron sacarlos a todos completos, menos al portero. Es decir, el portero original estaba completo, pero sus postizos volaron. Nadie los encontró.

El portero estaba furioso, pues le habían costado mucho dinero y mucho esfuerzo. Se ausentó unos días. Cuando volvió, lo hizo al natural, sin postizos. La gente lo saludó como si nada. El inquilino nuevo se había ido, y todo era como si no hubiera ocurrido nada. Por lo visto, la gente no tiene memoria.

¿Entiendes lo que quiero decir? A mi me dio mucho coraje todo, porque la gente no aprende. Por un momento se indignan, pero luego todo les vale (Entiendes lo que eso significa, ¿no?). Y aceptan al que los engañó. al que se burló de ellos. La del 46 ya le volvió a echar los perros al portero, y él los recibió con agrado. ¿Te imaginas?

Y termino, porque los gemidos de la del 46 (¿De placer o de desilusión? No lo puedo definir) no me dejan concentrarme. Voy  a dar la vuelta por las azoteas vecinas; a tenderme a la luz de la luna, a ver si se me pasa esta depresión. Hasta la próxima.

Te quiere,

Cocatú

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Suena raro, ¿verdad? Pues así fue: de película de la Edad de Oro del cine mexicano. Resulta que la enfermera se puso a jugar con la computadora que tiene en el consultorio, y entró en contacto con un individuo ya de cierta edad, viudo y solo, que solicitaba “acercamiento con fines amorosos con mujer de más de 40 años, educada, responsable y religiosa”. No es que la enfermera cumpla con todo eso (sobre todo con lo religioso), pero la mujer contestó, y se empezaron a escribir regularmente. Y llegó el momento en que el hombre le pidió una cita a la enfermera. Ella aceptó inmediatamente, y le dijo que se verían esa tarde en el King’s (Nunca se arrepentirá suficientemente de esa imprudencia). Y es que a mediodía fue el portero a decirle que la Flor se había ido a una gira, y que solicitaba sus servicios para esa noche y las cuatro noches siguientes. ¡Y ella le dijo que no! Ya te imaginarás el coraje que hizo el portero, quien subió corriendo al Seguro, cerró por dentro con llave y quiso obligar a la enfermera a satisfacer sus necesidades. Pero ella se defendió más que dignamente, y le dijo que mientras tuviera algún tipo de interés por un hombre no iba a ceder a sus “molestas insinuaciones”; y para remachar el asunto, le dijo que tenía un pretendiente muy en serio, y que esa tarde lo iba a conocer en el King’s. Y lo amenazó con gritar si no la dejaba en paz (Igualito que en aquellas películas). Temeroso de un escándalo, el portero se fue, con la cola  entre las patas. Pero se fue al King’s (Te acordarás que es el dueño oculto, ¿no?). Y dio orden a todo el mundo de que si veían a la enfermera con algún hombre le pusieran (a él, nada más) el veneno más fuerte que encontraran (Así, con esas palabras). 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