Cartas a Tora LXXX

Querida Tora… Querida Tora:     El portero anda muy nervioso, porque oyó que el chavo del 7 ya va a empezar su campaña política con vistas a las próximas elecciones. Y aunque siempre anda diciendo que va...

6 de abril, 2018

Querida Tora…

Querida Tora:

    El portero anda muy nervioso, porque oyó que el chavo del 7 ya va a empezar su campaña política con vistas a las próximas elecciones. Y aunque siempre anda diciendo que va a ganar y anunciando lo que va a hacer, es indudable que le tiene miedo, y ya no sabe qué hacer para ganarse las simpatías de los vecinos. El concurso de la canción vernácula que organizó hace poco le quitó más puntos de los que le dio, pues muchos se enojaron por el premio a la Flor y  a su prima. Total, que ordenó a sus guaruras que averiguaran qué es lo que más quieren los vecinos.

    Ahí estuvieron los muchachos platicando con ellos, tratando de sacarles información. Pero son tantas las carencias en la vecindad, que les costó trabajo decidir que el mayor problema que tienen ahora es el agua. Claro que eso no es culpa del portero, pues él no tiene influencia sobre cuánta agua les manden, pero por sí o por no les prometió resolver el problema. Y es que sólo les mandan agua un rato en las mañanas, y cada quien tiene que llenar la tina (Los que la tienen), las cubetas, las jarras, los vasos y hasta las corcholatas antes de que se las corten. Cada vez que le preguntaban, el portero decía que ya estaban trabajando en eso; pero la verdad es que no sabía qué hacer.

    Por fin se le ocurrió lo que consideró una gran idea, y mandó a sus guaruras a averiguar cómo abastecían las vecindades vecinas. No fue fácil, pero lograron averiguar por dónde pasan los tubos y dónde están las válvulas que abastecen a cada una de ellas. Y así, una noche, poco antes de las tres de la madrugada, colocaron una manguera en la toma de la vecindad más cercana, y el agua destinada a ella fue a parar a nuestros tinacos. Poco antes de las cinco, que es cuando se empiezan a levantar los madrugadores, la desconectaron. Y ese día, la vecindad tuvo más agua que nunca. En cambio, a a la otra sólo le llegaron unas gotas, y sus habitantes tuvieron que venir a la nuestra a pedir que les permitieran lavar los trastes o la ropa, o que les dieran unos tragos de agua. Algunos les dieron; otros, no.

    Lo malo fue una señora que trajo a su perro porque lo tenía que bañar. Así dijo: que lo  tenía que bañar, porque esperaba visitas y el perro era muy zalamero y seguro que se les echaba encima. Y es un perro que parece oso en cuatro patas, ¿eh? Total, que la del 33 le permitió usar su tina. Pero la señora le pidió jabón y shampoo y loción para los piojos y no sé cuántas cosas que no tenían, y que tuvieron que salir a comprar.




    Tardó como dos horas en bañarlo, y pidió una toalla para secarlo. Pero antes de que se la dieran, el perro se sacudió. No te extrañe. Así se secan ellos, los maleducados (Si no me crees, consulta la Enciclopedia Inter-galáctica). El caso es que todo el baño quedó lleno de jabón, de shampoo, de loción para los piojos y de no sé cuántas cosas más. Ella también. No se le veían ni los ojos que, además, le escocían por la loción contra los piojos. La señora pidió permiso para bañarse, y se lo tuvieron que dar. Pero cuando llegó la hora de secarse se encontraron con que la única toalla que tiene la familia (Son muy pobres) estaba empapada. La señora no podía irse así, chorreando. Lo único que pudieron hacer fue enrollarle papel higiénico en todo el cuerpo (que eso sí tenían; pero como es de la misma rodada que su perro, emplearon como tres rollos, y los dejaron sin provisión para el resto de la semana. La señora parecía momia, salvadas las distancias (Y digo distancias porque las momias suelen ser esbeltas, y ésta ocupó muchos metros de papel). En la calle la gente se apartaba para dejarla pasar, temerosa de recibir un mordisco (El perro iba a su lado, y tenía hambre). A su marido no le gustó nada verla llegar así, desnuda (El papel se le fue cayendo por el camino, y cuando llegó sólo tenía cubiertos como diez centímetros de piel), y dijo que la iba a castigar. Pero ella se le echó encima, así como estaba, y el señor se olvidó de todo.

    Eso fue el primer día. Después, le robaron el agua a otra de las vecindades; pero ya nadie permitió que sus inquilinos se bañaran en la nuestra. No por maldad, por si acaso. Y hubieras visto cuando le robaron el agua al hotel de la esquina. Salieron todas a bañarse en el parquecito, a manguerazos.  Lo pasaron muy bien ellas, y todos los que quisieron desnudarse al mismo tiempo. Los niños, no; ellos lo pasaron muy bien sin necesidad de desnudarse. Pero a todos se los llevó la policía por escandalizar en la vía pública.

    Los vecinos están muy contentos porque a nosotros no se nos ha acabado el agua. Pero en los alrededores hay mucha inquietud. Ya están hablando de que es muy raro que nosotros no tengamos ese problema y ellos sí; y han prometido hacer una investigación a fondo. Por lo pronto, el portero ya ordenó a sus guaruras que no roben agua en unos días, a ver si así se les olvida lo que ha pasado.

    En la azotea todo sigue más o menos igual. Pero hay más gatos, así que los pellejos que nos echan ya no alcanzan como antes. Vamos a tener que hacer algo al respecto. Además, el gatote negro ya se dejó ver anoche en la azotea de junto. La gatita rubia (A veces pienso que es tonta) ya anda muy entusiasmada, lamiéndose los bigotes y comiendo poco para bajar de peso (Vieras lo caderona que se puso con el último embarazo… Pero ni así aprende).

    Bueno, mi amor, eso es todo lo que tengo por ahora. Espero que no lo pases bien sin mi, para que te arrepientas de no haber querido venir conmigo. Y si ya sabes quién te vuelve a rondar, ya sabes lo que tienes que decirle; pero con fuerza, con muchas ganas, para que no se te vuelva a acercar.

Te quiere,

Cocatú

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No está el respetable para saberlo, pero los colaboradores que gracias a la generosidad de este espacio vertimos nuestras palabras de manera habitual –la tan fina la metáfora que tenía preparada con los ríos de tinta ya no sirve de mucho–, tenemos una “sala de conversación” (que sería la forma de llamar en español al consabido chat que tal vez algún día, si el uso y la práctica lo autorizan, tenga carta de naturalización en el diccionario). En esa sala virtual se cocinan las pláticas, se comparten ideas y puntos de vista y, desde luego, también palabras. Es algo así como el cajón del sastre donde tiramos los retazos y los hilos, donde se dejan las agujas; algo como el gran fogón donde alguno tira una cebolla y otro más un tocino para generar este guiso colectivo que, esperamos, siempre satisfaga el hambre de información y nuestra necesidad de cocinarla. En ella, como en todos los casos en que las redacciones de mínimos mensajes se ven sometidos a la tiranía de la inteligencia artificial –que a veces no es tan lista– en el formato de corrector ortográfico, sufrimos sus ataques y algunos de ellos resultan hilarantes. Hace poco nos sucedió y la plática fue derivando del inocente error ortográfico a los diccionarios ficticios, juguetones y a veces chocarreros con que algunas buenas y magníficas plumas han tendido trucos y transformado las palabras. Diccionarios de esos hay varios, pero entonces y ahora me refiero a algunos de mis preferidos: el de Coll, editado en España hace ya décadas y que ahora resulta una rareza editorial; el Diccionario del Diablo, escrito por Ambroce Bierce, el escritor norteamericano al que Carlos Fuentes convirtió en mito cuando lo bautizó como el “Gringo Viejo” y al Diccionario de lugares comunes de Flaubert. Como se aprecia, en todos lados se cuecen habas y a los escritores de todo el mundo les da por jugar con sus instrumentos de trabajo. Alfonso Reyes dedicó algunas páginas a sus jitanjáforas, poemas sin sentido basados solo en la sonoridad de los vocablos y escribió alguno sobre una palabra a la que tuvo que desnaturalizar para llenarla de todo contenido posible en El canto del Jalibut… “por la orillita del mar flordelicado los negros cantan jalibut”. Si bien es cierto que en ningún caso y por ningún motivo la palabra “ocupar” es sinónimo de “necesitar” y nadie en realidad jamás “ocupa tomar un taxi”, sino “necesita tomar un taxi”, o que el principio activo del verbo presidir es presidente –dícese del que preside – y nunca presidenta, como tampoco se puede decir atacanta o ignoranta, aunque el lenguaje incluyente merezca reflexión aparte; también es verdad que las palabras nos ocultan juegos y bromas que, de hecho, nunca son inocentes sino siempre van dirigidos a zaherir errores y defectos propios, ajenos y colectivos. El ingenio con las palabras es ejercicio conocido de algunas plumas, como la invitación de George Bernard Shaw a su amigo, el Primer Ministro Winston Churchiill, convocándolo a la primer función de su nueva obra de teatro y conminando a llevar a un amigo “si lo tiene…”, y la respuesta del estadista excusándose por no poder asistir en esa ocasión pero ofreciendo ir a la segunda “si la hay…”; Camilo José Cela diputado a Cortes en España que roncaba plácidamente en su curul sin mayor culpa porque decía que no estaba dormido sino durmiendo pues no es lo mismo “estar jodido que estar jodiendo”, más ruda la respuesta de Salvador Novo a alguna provocación de Luis Spota, 21 años más joven el segundo y que me parece que no sabía con quién se estaba metiendo y que recibió un acre epigrama… “que en el apellido paterno lleva el oficio materno”. En fin, como dice mi mujer, sabia mujer, madre de mis hijos y a la que le dedico estas palabras en un sentido 10 de mayo, a veces, solo a veces, “entre broma y broma, la verdad se asoma”.  Porque nuestros tiempos parecieran no estar para bromas, pero qué va, al contrario, si no ejercemos el humor, si no nos aventuramos a encontrar dobles  y triples significados a la realidad, ya el encierro nos hubiera dejado más locos –estultos decía Erasmo de Rotterdam–. Así que revisando y reanudando lecturas doy con definiciones como estas de Coll: “administraidor”, el que maneja los bienes ajenos quedándose con buena parte de ellos y que más o menos nos hace pensar en los que debiendo dar mantenimiento a una columna se lo gastan en otra cosa, por ejemplo; o “virgilante”, aquella que está despierta o vela para no perder su virginidad en un descuido pero que, en cambio, se le escapan los perversos y pervertidos que empujan ballenas con las manos con el macabro propósito de hacerlas caer; si para todo hay, como “calmaleón”, voz destinada a calmar a las fieras y que bien visto se puede aplicar a la multiforme y policrómática charla de cada mañana destinada a disimular nuestros problemas. 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