Cartas a Tora LXX

Querida Tora: Querida Tora:     El chavo del 7 había estado muy tranquilo y no se aparecía por la vecindad; sólo para dormir, y no siempre. Lo bueno es que su mamá ya se acostumbró y ya...

19 de enero, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

    El chavo del 7 había estado muy tranquilo y no se aparecía por la vecindad; sólo para dormir, y no siempre. Lo bueno es que su mamá ya se acostumbró y ya casi no lo siente. Lo extraña, claro; pero lo único que piensa es “Ojalá no sea otra como la Flor” (A esa no la puede ver; y cada vez que se la encuentra, hace una seña como de cuernos, que no sé lo que significa. Pero me voy a enterar). El caso es que el otro día llegó en un momento en que el del 56 (ése que siempre anda incróspido) estaba escandalizando en el patio. Entonces tuvo una idea (te digo que es bien listo), y trajo a una persona de una asociación que combate el alcoholismo para que diera una plática a los vecinos. Todas las viejas llevaron a sus maridos, a ver si los convencen de no irse de parranda los viernes, los sábados y algunos otros días de la semana. Todos fueron, oyeron la plática muy serios y corrieron a la cantina a comentarla. Sólo dos regresaron esa noche a dormir. Los otros fueron apareciendo poco a poco; y a uno tuvieron que ir a buscarlo a Chalchicomula, que nadie se explica cómo fue a dar allí (ni por qué).

El caso es que el portero se puso celoso y quiso hacer lo mismo que el del 7, pero mejor. Entones, se le ocurrió citar a los vecinos a una junta urgente y presentarles al del 56 y a su esposa, que estaban hasta las chanclas (En buen español, con una aguda intoxicación etílica. Ésto sí lo encuentras en el Diccionario Inter-galáctico, pues en todas partes ocurre). Los hizo pasar al frente, caminar (es un decir), hablar (no se les entendió nada) y cantar (peor aún). Los vecinos se echaron a reír. ¿Y qué crees que pasó? La señora se rió con ellos, más que ellos. Pero el señor se enojó; quiso pegarle al del 32, que estaba en primera fila; pero el golpe dió en el aire, él se cayó y no podía levantarse. Y los vecinos, a reír. El portero les decía que quiso demostrarles lo feo que era beber y el 56 se le fue encima; pero se equivocó, y que se cae en el hoyo del patio. Y más risas todavía. Total, que cuando los vecinos se fueron, el pobre incróspido no podía salir del hoyo; y su vieja se quedó ahí, en el borde, durmiendo y llorando. Ahí pasaron toda la noche y parte de la mañana, hasta que la Mocha organizó la Operación Rescate con una escalera y cuerdas, y los depositó en su vivienda (en la regadera de agua fría, para no perder tiempo).

La señora durmió todo el día, pero el señor estaba muy ardido (Moralmente, se entiende) por haber dormido en la suciedad del hoyo. Así que se bañó, se puso ropa limpia (de cuando era empleado de Gobierno), y salió al patio. Nadie lo conocía. Logró identificarse ante todos, y les dijo que había nacido un hombre nuevo, que se habían acabado las guarapetas (Vulgo borracheras), y que jamás lo volverían a ver ni siquiera a medios chiles (imagínatelo). Hubo gritos, silbidos, cuchufletas (Diccionario, por favor) de todo tipo. Pero él se mantuvo firme; dijo que iba a buscar un trabajo (las burlas subieron de tono) y que su vida entera iba a cambiar.

¡Hubieras visto cómo se puso el portero! Decía que él había hecho renacer a ese hombre, que él le había infundido ese valor, esa dignidad, y quién sabe cuántas cosas más. Hasta le ofreció trabajo en la portería, barriendo y trapeando. El señor le dio educadamente las gracias y le dijo que aspiraba a algo más; que, si era necesario, renunciaría a su jubilación, pero que quería un trabajo de verdad, y se fue a recorrer las dependencias oficiales en busca de un puesto, por lo menos, de archivista.




Cuando volvió sin haber conseguido nada, su vivienda le olía desagradablemente a alcohol (Lo que nunca había percibido), y su mujer seguía dormida. La despertó, la bañó (soportando patadas y golpes bajos), la vistió, y la quiso sacar a pasear. Pero ella corrió a echarse “un traguito” antes de salir, y ya no hubo manera de sacarla. El pobre hombre tuvo que cenar (cosa que no había hecho en mucho tiempo) lo único que había en el refrigerador; una salchicha. Nunca le habían gustado las salchichas; pero su mujer se las daba porque lo único que tenía que hacer era ponerlas en un sartén a la lumbre, y a veces sin sartén y hasta sin lumbre.

La mujer le invitó un trago, pero él lo rechazó. Se le veían las ganas de tomárselo, pero se las aguantó. La mujer pasó toda la noche llorando, insultándolo y abofeteándolo. Él se mantuvo firme.

Naturalmente, los vecinos oyeron el escándalo y se enteraron de todo. Les pareció maravilloso que el hombre luchara por reformarse, que fuera capaz de aguantar tanto por convertirse en un hombre de honor. Y empezó a correr el rumor (propalado por el del 11, que es un oportunista) de que un hombre así les convenía para presidente del Consejo. A todos les pareció genial la idea.

A los dos minutos, el portero ya estaba enterado. Y se alarmó. Ni tardo ni perezoso, llamó al señor del 56; le empezó a hablar de un amigo que podía conseguirle un buen trabajo en Tijuana y le ofreció una copa. El señor lo escuchó atentamente, dijo que no le interesaba irse tan lejos y rechazó la copa. El portero no podía insultarlo ni abofetearlo, y le dijo que era de los que buscan trabajo rogando no encontrarlo. El señor le contestó que no le interesaba ser pollero.

Breve interludio (Muy breve).-  Ser “pollero” no es comerciar con pollos, sino con seres humanos, que pasan al otro lado. ¿Por qué? Misterios de la ciencia.

Los vecinos lo ovacionaron cuando salió de la portería y todos le confirmaron su voto para presidente del Consejo, y querían que iniciara su campaña al día siguiente. Él aceptó, agradecido, y corrió a decírselo a su mujer. Pero ella le cerró la puerta en las narices y no lo dejó entrar.

El hombre se fue a sentar en una piedra que hay en el patio, y allí se quedó, pensando, pensando…

Eran casi las 12 cuando llegó el chavo del 7, y se fue a sentar con él. En pocos momentos se enteró de todo lo que había pasado. Y sin perder tiempo, trazó un plan de acción (Te digo que es listísimo).

Lo primero que hizo fue llevar al señor al King’s, a probar sus nuevos “Texas Tomato Tacos with Pressed Chicharrón”, y nada de salchicha. Y allí le empezó a hablar de la dulzura de los brazos de mujer dándole la bienvenida por las noches, de los momentos pasados a su lado en la intimidad del hogar, del contacto de unos labios ardientes y de… No pudo ir más lejos. Al del 56 se le llenaron los ojos de lágrimas, y empezó a suspirar. Y a cada suspiro, el chavo le echaba un chorro de tequila en su refresco de tamarindo.

Dos botellas le hizo tragar antes de que la lengua empezara a trabársele. Un momento después se aflojó la corbata y la camisa, y a la media hora se paró en la mesa gritando: “¡Al diablo con la presidencia del Consejo! ¡Al fin que ni quería!” Y se fue corriendo a la vecindad. Subió los escalones a gatas y aporreó la puerta; pero no le abrieron hasta que gritó “¡Ábreme, que vengo muy urgido!”.

Y toda la vecindad fue testigo de la reconciliación de la pareja.

No sé si estar contento o no, porque hay para todo. ¿Tú qué opinas?

Te quiere,

              Cocatú

P. D.- Lo de la señal de cuernos lo dejo para otro día. Orita no tengo ganas. Perdón.

Comentarios
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Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. Al salir me dijo muy amablemente: - ¿Te quieres tomar un café? - Claro que sí, padre, donde usted diga. - Hay un café muy agradable y tranquilo en Almirante Ortiz Monasterio cerca de la panadería de Icacos,  ¿sabes dónde es? - Claro que sé padre, ahí compramos los vidrios que le encantan a toda la familia. - ¿A quién no,  hijo? Llegamos rápido al cafecito porque no está lejos Icacos de Costa Azul y no había tráfico. - Hijo, mientras pido el café, ¿por qué no me regalas un par de vidrios? - ¡Claro, padre! –fui con el Señor Salas por cuatro vidrios–. Al regresar ya estaban servidos dos cafés humeantes que  olían delicioso. - Aquí están los vidrios, padre. - Gracias, hijo, y ahora dime ¿en qué te puedo ayudar? - No me vaya a regañar, Padre, pero quiero pedirle un favor que la verdad me da pena. - ¿Pues qué cosa horrible quieres que haga por ti? - No, padre, es que no sé qué santa se celebra el día que nací. El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. 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Me da mucho gusto haberme dado esta escapadita contigo, hijo. Si andas por aquí el sábado en la tarde, ayúdame con las lecturas en la Misa de 6.30 en la Capilla de la Paz. - Claro que sí padre, ahí nos vemos el sábado Dios mediante. - ¿Me das aventón de regreso  a Costa Azul, hijo? - A donde usted diga, padre. Llegando a la glorieta frente a la iglesia, cuando el padre se  bajó del coche, yo también, y entonces me dijo con cariño: - Te doy tu bendición, Pequitos; salúdame a Doña Rosita. - De su parte padre, con mucho gusto, y muchas gracias. - Rézale a tu santa patrona hijito, no lo olvides. - No, padre, y muchas gracias de nuevo. Cuando el padre Ángel me dijo que mi santa patrona es Matilda, Matilda Von Ringelheim, de inmediato comenzaron los  pensamientos a correr por mi mente, pero aparte de la coincidencia entre mi cumpleaños y el santo de Matilda Claymon, no encontraba yo nada más. Necesitaba ir a algún lugar donde pudiera tomarme otro café y pensar con calma y lo  más ordenadamente posible. En el Hotel Misión, allá por el centro, podría yo estar tranquilo bajo la sombra de sus mangos tomándome un café  haciendo tiempo para no llegar al Faro demasiado temprano. Llegué al Misión y muy amablemente me ofrecieron mi café servido en sus hermosas tazas de talavera, tomé asiento en una de sus inigualables mecedoras de varas, y finalmente pude ponerme a conjeturar la “coincidencia”  entre el nombre de Matilda y la fecha de mi nacimiento. Esta coincidencia no explicaba por sí sola la inscripción del día de mi nacimiento en la baldosa del palmar. ¿Pero a quién se le habría ocurrido grabar 14 de marzo de 1951 precisamente ahí? ¿A quién y por qué?  Esa baldosa no tenía explicación posible aisladamente; tenía que haber alguna razón para que alguien grabara exactamente esa fecha ahí. Al quién y al por qué, se tendría que agregar el cuándo. Me ofrecieron otra taza de café, pero ya había tomado suficiente; agradecí y pedí la cuenta. Alrededor de las doce y media del mediodía llegué al Faro y para mi buena suerte, ahí estaba Doña Rosita, platicando fuera del hotel con unos turistas americanos a los que les estaba contando de los clavadistas. Cuando me vio llegar, me hizo señal de que pasara al vestíbulo a esperarla un poquito. Cinco minutos después, entró diciéndome: - ¿Ya sabes quién es tu santa patrona? - Sí, es Santa Matilda Von Ringelheim. - ¿Te das cuenta hijo? - Realmente no, Doña Rosita; ¿de qué me podría dar cuenta? - Darte cuenta de que la fecha de tu nacimiento en la baldosa es la señal más clara de que tenías que llegar a esa casa alguna vez. Pero no nada más es la fecha de tu nacimiento sino la fecha del santo de Matilda,  y si reunimos las señales que has ido  encontrando,  todas regresan a esa inscripción en la baldosa. Si nada más hubiera estado inscrito el 14 de marzo sin precisar el año o señalando cualquier otro año, por mucho que coincidiera, no sería claramente relacionado contigo. Pero al haberse grabado precisamente la fecha del día que naciste, creo humildemente, que  es lo más  parecido  a una invitación personal dirigida a ti. ¿A cuántas otras casas has pedido entrar en Acapulco? - A ninguna otra. La vista de Doña Rosita se perdió de repente dando la impresión de que se hubiera ausentado; estuvo pensativa unos instantes, luego comenzó a pensar en voz alta. - Date cuenta que todas esas cosas que Don Marcelino y su esposa encontraron en Los Olvidos, no eran  basura ni  objetos sin importancia que hayan sido dejados atrás en una mudanza. Según me dijiste, ellos los fueron encontrando después de haber limpiado toda la casa de arriba abajo cuando no habían visto absolutamente nada. Esas señales no se las dejaron ni a  Marcelino ni a su esposa. Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. Pulsó su guitarra y comenzó a cantar imprimiéndole el sello de sus sentimientos que hacían de su interpretación un privilegio para quien lo escuchaba, como ahora lo hacíamos su nietecito y yo… “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez; bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después…”. - Espero que le haya gustado güerito, y ahora con su permiso, vamos a seguirle. Él siempre pedía lo que le quisieran dar por cantar, y cada vez, yo le decía que la belleza de su arte no tenía precio; esta vez se lo dije directamente a su nietecito que tenía motivos sobrados para sentirse orgulloso de su abuelo. Los vi alejarse hacia el revolcadero en tanto la tonada y su letra se quedaron conmigo… Mientras el sol se preparaba para irse a descansar,  la imagen de mi viejo amigo guiado por su nietecito se fue perdiendo en la distancia mientras yo sentía  que esta vez,  “bésame mucho” me había sido dedicada. Esa canción que con su bella tonada y su sencilla letra le había dado la vuelta al mundo  muchas veces y tantas otras a través  del tiempo; del pasado, el presente y el futuro." 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