Querida Tora:
Creo que 190 se escribe CXC en números romanos, pero ¿qué crees? No estoy seguro. ¿Qué te parece si de ahora en adelante numero mis cartas con números arábigos (normales, para que me entiendas)? No sé a quién recurrir para que me informe cómo emplear los números romanos. Además, ya me cansé de escribir tantas letras; los números arábigos son más prácticos, ¿verdad?
Hoy te voy a contar lo que le pasó a la señora (perdón, señorita. Ella es muy particular respecto al tratamiento) del 17. Es una mujer ya mayorcita (por eso lo de señora, porque yo aún no sabía su historia), muy correcta, muy seria (en el buen sentido de la palabra, porque con las amigas es hasta bromista). ¿Y qué crees que le pasó? Se enamoró como una idiota (y nunca mejor empleada la palabra) de uno de los ninis que viven en la azotea.
Dije lo de idiota porque, en primer lugar, le lleva más de 20 años. ¿Te imaginas lo que eso es entre una mujer y un hombre? Y luego, porque estaba dispuesta a hacer lo que él dijera, aún en desdoro de su buena reputación. Lo seguía a todas partes (ella suponía que disimuladamente, pero toda la vecindad se daba cuenta); le hacía pasteles, lo invitaba a comer (siempre aceptaba porque, si algo necesita el niño son sus tres comidas diarias), lo llevaba al cine (muy correctamente, por cierto), y una vez hasta lo invitó al teatro (el fulanito se aburrió, porque cantaban mucho). En fin, que empezaron a correr apuestas en la vecindad sobre el momento en que se convertiría en señora.
Claro que él se lo propuso más de una vez, pero ella no consintió. Y cuando los vecinos lo veían salir del 17 después de las diez de la noche y correr al hotel de la esquina, ya sabían que habían perdido la apuesta de ese día. Así siguieron las cosas hasta que una noche la señorita se armó de valor y subió a la azotea dispuesta a todo (confieso que yo estaba seriamente preocupado). Llegó hasta el cuarto del “novio” (lo llamaré así a falta de una palabra más adecuada), y se metió sin llamar. Pero salió inmediatamente, asustada, humillada y arrepentida. ¿Sabes por qué? Porque el niño estaba en la cama con una sirvienta que trabaja en la vecindad de al lado. Él salió corriendo, desnudo como estaba, y le pidió perdón. Ella no se lo quiso dar; le dijo que era un lascivo, un lujurioso, un abusivo y un desgraciado (la puritita verdad), y se fue.
Llegó a su vivienda hecha un diluvio de lágrimas, y se tiró en la cama, la cual empapó en pocos minutos. Y se fue quedando dormida poco a poco, sin darse cuenta. Me dio tanta lástima, que me acosté con ella.
No, no, ¡no! Mucho cuidado con lo que estás pensando, que te conozco. Yo soy incapaz de traicionarte así. En primer lugar, fue un acto de humanidad pura, exenta de todo pensamiento impuro. Me puse a su lado para que tuviera alguien (¿o será algo?) que abrazar, algo que la hiciera sentir menos sola (que, en el fondo, es su más grave problema), y me puse a ronronear. Y puedo asegurarte que fue eso lo que la ayudó a dormir, lo que la consoló en su aflicción. Ni como gato ni como alienígena podía yo hacer otra cosa en su cama. Y conste que te cuento esto para que entiendas lo que soy y lo mucho que te quiero, que ni aún en esas condiciones era yo capaz de aprovecharme de una pobre mujer herida. Y no hagas caso de lo que te digan tu mamá ni el desgraciado ese que te ronda, queriendo aprovechar mi ausencia.
Y no te digo más. La señorita del 17 sigue con su vida ejemplar, y ya ni siquiera voltea a ver al nini de la azotea, a pesar de que él le pasa por las narices a todas las sirvientas del barrio.
Te quiere,
Cocatú
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