CARTAS A TORA CXC

Querida Tora: Creo que 190 se escribe CXC en  números romanos, pero ¿qué crees? No estoy seguro. ¿Qué te parece si de ahora en adelante numero mis cartas con  números arábigos (normales, para que me entiendas)? No...

7 de agosto, 2020 cartas

Querida Tora:

Creo que 190 se escribe CXC en  números romanos, pero ¿qué crees? No estoy seguro. ¿Qué te parece si de ahora en adelante numero mis cartas con  números arábigos (normales, para que me entiendas)? No sé a quién recurrir para que me informe cómo emplear los números romanos. Además, ya me cansé de escribir tantas letras; los números arábigos son más prácticos, ¿verdad?

Hoy te voy a contar lo que le pasó a la señora (perdón, señorita. Ella es muy particular respecto al tratamiento) del 17.  Es una mujer ya mayorcita (por eso lo de señora, porque yo aún no sabía su historia), muy correcta, muy seria (en el buen sentido de la palabra, porque con las amigas es hasta bromista). ¿Y qué crees que le pasó? Se enamoró como una idiota  (y nunca mejor empleada la palabra) de uno de los ninis que viven en la azotea.

Dije lo de idiota porque, en primer lugar, le lleva más de 20 años. ¿Te imaginas lo que eso es entre una mujer y un hombre? Y luego, porque estaba dispuesta a hacer lo que él dijera, aún en desdoro de su buena reputación. Lo seguía a todas partes (ella suponía que disimuladamente, pero toda la vecindad se daba cuenta); le hacía pasteles, lo invitaba a comer (siempre aceptaba porque, si algo necesita el niño son sus tres comidas diarias), lo llevaba al cine (muy correctamente, por cierto), y una vez hasta lo invitó al teatro (el fulanito se aburrió, porque cantaban mucho). En fin, que empezaron a correr apuestas en la vecindad sobre el momento en que se convertiría en señora.

Claro que él se lo propuso más de una vez, pero ella no consintió. Y cuando los vecinos lo veían salir del 17 después de las diez de la noche y correr al hotel de la esquina, ya sabían que habían perdido la apuesta de ese día. Así siguieron las cosas hasta que una noche la señorita se armó de valor y subió a la azotea dispuesta a todo (confieso que yo estaba seriamente preocupado). Llegó hasta el cuarto del “novio” (lo llamaré así a falta de una palabra más adecuada), y se metió sin  llamar. Pero salió inmediatamente, asustada, humillada y arrepentida. ¿Sabes por qué? Porque el  niño estaba en la cama con una sirvienta que trabaja en la vecindad de al lado. Él salió corriendo, desnudo como estaba, y le pidió perdón. Ella no se lo quiso dar; le dijo que era un  lascivo, un lujurioso, un abusivo y un desgraciado (la puritita verdad), y se fue.

Llegó a su vivienda hecha un  diluvio de lágrimas, y se tiró en la cama, la cual empapó en pocos minutos. Y se fue quedando dormida poco a poco, sin  darse cuenta. Me dio tanta lástima, que me acosté con  ella.

No, no, ¡no! Mucho cuidado con  lo que estás pensando, que te conozco. Yo soy incapaz de traicionarte así. En primer lugar, fue un acto de humanidad pura, exenta de todo pensamiento impuro. Me puse a su lado para que tuviera alguien (¿o será algo?) que abrazar, algo que la hiciera sentir menos sola (que, en el fondo, es su más grave problema), y me puse a ronronear. Y puedo asegurarte que fue eso lo que la ayudó a dormir, lo que la consoló en su aflicción. Ni como gato ni como alienígena podía yo hacer otra cosa en su cama. Y conste que te cuento esto para que entiendas lo que soy y lo mucho que te quiero, que ni aún en esas condiciones era yo capaz de aprovecharme de una pobre mujer herida. Y no hagas caso de lo que te digan tu mamá ni el desgraciado ese que te ronda, queriendo aprovechar mi ausencia.

Y no te digo más. La señorita del 17 sigue con su vida ejemplar, y ya ni siquiera voltea a ver al nini de la azotea, a pesar de que él le pasa por las narices a todas las sirvientas del barrio.

Te quiere,

Cocatú

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Sin embargo, lo más probable es que la mayoría del gran público la recuerde como la tercera gran compositora de Fleetwood Mac durante los años de gloria, desde el álbum homónimo de 1975 hasta el álbum Tango in the Night de 1987.  El periodo de 1975 a 1987 coincidió con la llegada de Stevie Nicks y Lindsey Buckingham, quienes inyectaron vida a una banda que estaba a punto de colapsar. Con ambos músicos estadounidenses, la banda, que inició como una conjunto hardcore de blues (y luego tuvo una época más cercana al folk), se convirtió en el grupo de pop rock que el mundo ama y conoce. Sin embargo, ante los talentos innegables de Nicks y Buckingham, Christine McVie fue a Mac lo que Harrison fue a los Beatles: una integrante más bien modesta, un tanto en el fondo, pero como contrapunto perfecto a la expresividad roquera de Buckingham y a la extravagancia mística de Nicks. Las aportaciones de Christine McVie ayudaron a moldear el sonido definitivo del grupo en  la misma medida que las composiciones de sus compañeros.  Para todos aquellos interesados en McVie, los álbumes Fleetwood Mac (1975), Rumours (1977), Tusk (1979), Mirage (1982) y Tango in the Night (1987) es donde se pueden encontrar se pueden encontrar sus mejores aportaciones al mundo de la música. Aunque tampoco se debe dejar de lado el menospreciado Behind the Mask (1990) y sus álbumes solistas (Christine Perfect de 1970, Christine McVie de 1984, In the Meantime de 2004) y la última colaboración que tuvo con su antiguo compañero de banda en el álbum que se conoce como Buckingham McVie de 2017. Dichos álbumes, aunque no son tan esenciales como la saga de Fleetwood Mac, son dignas adiciones a la colección de todo melómano.  Las aportaciones de McVie al catálogo de la agrupación no palidecen y muchas de ellas han llegado al proverbial museo dorado del rock. 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labios sensuales

Natalia

Te apareces debajo de mis párpados. Ya te reconozco. Ya te escucho hablarme. Ya me llega tu dulce aroma frutal.

noviembre 17, 2022
Gracias por la música, Christine McVie

Gracias por la música, Christine McVie

Homenaje a Christine McVie por su reciente fallecimiento el 30 de noviembre de este año.

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