Querida Tora:
En el 22 viven una señora y su hija, que es bastante bonita, por cierto, y siempre han sido muy serias las dos. Pero el otro día armaron un escándalo muy grande, porque la muchacha sacó a la madre de la vivienda casi a rastras, gritando;
-¡Vecinas! ¡Vengan a ver lo que me hizo mi madre!.
Y en cuanto alguna se acercaba, le enseñaba una foto en su celular. Las vecinas, todas., abrían la boca; y si no se les escurría algo fuera era porque tenían la boca seca de la impresión. Porque la foto mostraba a la madre y a un muchacho muy joven, ambos desnudos en la cama. Pero lo peor de todo era que el muchacho era el novio de la hija, que también era considerado muy serio.
-¡Me lo bajó! – sollozaba la chica – ¡Me lo bajó a la mala!
Las vecinas no sabían a cuál de las dos atender, y las más intrépidas se pusieron a llorar también, al grado que el portero salió a preguntar qué estaba pasando. Pero en el acto lo corrieron , diciéndole que era “cosa de mujeres”, y lo encerraron en la portería. Claro que el portero no se conformó, y las estuvo espiando por una de las ventanas, pues necesitaba dinero para comprarle algo a la Flor. Y así fue como se enteró de que la madre que vive en el 22 se había acostado con el novio de muchos años de la hija, y que ésta no se conformaba con lo ocurrido, sino que exigía explicaciones.
Pero la madre se limitaba a bajar los ojos y a exhalar unos suspiros que parecían ventarrones. Hasta que llegó el momento en que no pudo resistir, y exclamó:
-¡Porque yo también tengo derecho!
La declaración fue acogida con rechazo por todas, rechazo que fue acallado por el nuevo lamento de la hija:
-¿Y también tienes el derecho de publicarlo en las redes sociales?
-Eso fue para taparles la boca a tus tías y a tus primas, que todavía me critican el ser una esposa fiel a un marido muerto.
Todas censuraron esa manera de obrar de sus parientas, y le dijeron que esa fidelidad era antes motivo de orgullo, y ahora se había convertido en censurable; que esa era una actitud muy del Siglo XXI, que estaba trastornando los principios elementales de la convivencia humana, lo cual no tardaría en llevarlas a la relajación de las costumbres y al desprecio de los valores. Y que ese era el principio de la degradación, porque si la chica no iba a poder confiar en la madre, ¿en quién iba a confiar ahora?
Eso fue la puntilla. La madre, deshecha en llanto, pidió perdón a la hija, Y se fueron las dos a su vivienda, a hablar. Mucho iban a tener que hablar para perdonarse de verdad, pero valía la pena intentarlo. Las vecinas se quedaron bastante tranquilas, viendo que las cosas parecían volver a su cauce, y cada una se fue a sus actividades habituales.
El único que se quedó con un palmo de narices fue el portero, que no hallaba la manera de sacar dinero de aquel suceso, y ni siquiera iba a poder chantajear a la madre, pues todo el mundo sabía lo que había hecho. Y se quedó encerrado en la portería, rumiando el asunto para ver qué se le ocurría. Pero hasta este momento, nada se le ha ocurrido, y ya está pensando en consultar a un abogado de lo Familiar, a ver si a él se le ocurre algo.
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