Querida Tora:
La señora del 37 anduvo unos días tristona, sin ganas de platicar, y llena de moretones. Por eso, cuando fue a ver a doña Sura corrí a acomodarme en la ventana de la “bruja”, a ver de qué me enteraba. La señora le dijo que ya no aguantaba a su marido, que le pegaba y la maltrataba mucho, y que ella había oído que se podía darle un tratamiento de “endulzamiento”, y que esa podía ser la solución de su problema.
Doña Sura le dijo que sí, que inmediatamente; y le dio un frasquito lleno de un líquido de color rosado “como la esperanza”, le dijo, y la del 37 corrió a ocultarlo entre los cachivaches de la azotehuela, donde sus no hijos no pudieran alcanzarlo. Estaba tan contenta que ni se acordó de pagar, y Doña Sura tuvo que ir a buscarla para que le pagara. Y hasta eso que no fue mucho, pues con lo que le sobró pudo hacer el mandado de tres días en vez de cuatro. Pero no le importó; los otros días, alguien le prestaría, o ya se las ingeniaría para conseguir el dinero.
Así, esa misma noche le echó el líquido a la cuba de su marido. Doña Sura le dijo que 10 gotas, pero ella le echó veinte… mejor treinta, para que tuviera más efecto. Y al día siguiente pudo comprobar los efectos del hechizo. Cuando abrió los ojos vio a su marido que la contemplaba, y en cuanto se dio cuenta de que despertaba empezó a recitarle “La Amada Inmóvil”, con un entusiasmo y un fervor dignos del premio de declamación que obtuvo en la secundaria con esa poesía. Luego desayunaron juntos, intercambiando ternezas a cada bocado. La señora quedó muy impresionada, y en cuanto se fue el marido corrió a contar a las vecinas lo ocurrido. Consecuencia: esa tarde, se formó una fila muy larga ante la vivienda de doña Sura.
Y así transcurrieron varios días. Y no era sólo con ella, pues en cuanto el marido se tropezaba con alguna vecina en la escalera o en el patio, le soltaba algunos versos de “La Amada Inmóvil”. Eso llegó a preocupar un poco a la del 37, y para contarrestar “lo que fuera que estaba ocurriendo”, una noche corrió a sus hijos de la casa y le hizo al marido una cena romántica. El marido quedó muy satisfecho. Y ella también, aunque cuando se fueron a acostar tuvo que aguantar la recitación de todo el poema. Y después de ese día, a la menor provocación se soltaba el hombre con algún trozo de “La Amada Inmóvil”, con los ojos llenos de lágrimas. Y llegó el momento en que la señora del 37 empezó a decir en voz en cuello que debían matar a todos los poetas. El marido la alcanzó a oir, y se retiró a un rincón de la casa, a llorar a todo trapo. La del 37 empezó a arrepentirse de lo que había hecho.
-Prefiero que me pegue – dijo.
Dicho y hecho. En cuanto dejó de administrarle las gotas, el marido empezó a ponerse bravo, y no tardó en largarle una bofetada porque los huevos del desayuno estaban fríos (Pero fríos por él tardó mucho en emperifollarse, en perfumarse y en lustrar los zapatos nuevos). Y en unos cuantos día volvió a ser el de siempre.
Lo malo fue que el portero se dio cuenta de que Doña Sura daba consultas en su vivienda, y fue a pedirle el “impuesto”. Ella se puso lista, y dijo que en vez de eso le iba a dar una poción para conquistar a las muchachas rejegas, y que se las dejaría como a él le gustan: encendidas pero obedientes. Sin embargo, tuvo que dejar de dar consultas en la vecindad, y se consiguió una accesoria a la vuelta de la vecindad que decoró con toda suerte de adornos astrales y esotéricos, y hasta pudo vender sus pociones a gente que pasaba por la calle a mejores precios y sin tener que andar escondiéndose. En cuanto a la poción que regaló al portero, creo que no le sirvió para nada, aunque él dice que sí, que eso deberían darle a todas las mujeres en edad casadera.
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Cocatú
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