Querida Tora:
La vecindad ha estado muy tranquila estos días, y eso me ha permitido descansar un poco, así que me paso los días tomando el sol y las noches mirando a la Luna. Doña Sura ha querido emplearme para sus brujerías; y aunque me ha prometido no hacerme daño y utilizarme sólo como decoración, ando medio escamado (no es que me hayan salido escamas. Es una forma de decir que los veo con desconfianza, con cierto temor, aunque no sé qué tenga eso que ver con las escamas de nadie).
Últimamente he estado pensando en…. ¡Espérame! Oigo un alboroto tremendo en el patio. Voy a ver qué pasa.
Ya volví. Me tardé un buen porque la cosa se puso medio fea. Y es que entró una señora que debe haber sido guapa, pero ahorita ya… Ya pasaron sus mejores días, ¿me entiendes? Pero en cuanto entró se puso a gritar” ¡A ver! ¿Dónde está mi galán? (en realidad, no dijo galán. Pero no quiero poner su nombre, no sea que se te salga algún día y se arme un problema) Que salga, si es tan hombre”.
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Los que salieron fueron los vecinos. Sin distinción de sexos. Y se pusieron a preguntar quién era el galán, quién era ella, por qué lo llamaba, y otras cosas que la decencia me obliga a callar. Pero ella, venga gritar lo mismo una y otra vez Por fin, que sale el del 37 (no salió, la esposa lo hizo salir), y la vieja se fue directa a él y lo empezó a insultar porque no la había ido a ver en más de una semana. Y le pegaba. Y la esposa le preguntaba por qué se dejaba pegar, que qué le sabía esa vieja desgraciada para dejarse tratar así. El decía que no sabía, que a la señora esa ni la conocía, que debía tratarse de una loca escapada del manicomio, y otras lindezas por el estilo. Pero como él no le hacía caso, se fue enojando más y más, y llegó un momento en que desafió a la esposa a enseñar quién estaba mejor arriba de la cintura y abajo del cuello. Y como la esposa no le contestaba, ella tomó la iniciativa, y de un tirón se quitó la blusa.
Los vecinos lanzaron un grito: algunos, de angustia; otros, de sorpresa, porque lo que vieron fue un brassiere grande, muy bien relleno, que hasta le salía la carne por los bordes. Pero la esposa no contestó; se veía que esperaba algo. Y de pronto le gritó a uno de sus hijos: “¡Ahora, Pijotero!” (no te inquietes. El niño se llama Ismael, pero así le dicen. No sé por qué). Y el escuincle, más rápido que una centella, le arrancó el brassiere a la señora.
Y todos vimos que aquella gallardía del pecho turgente era una mentira, una estructura que soportaba unas glándulas que al contacto con el aire, se vinieron abajo y quedaron colgando, flácidas, sin sustento, llegando casi a la cintura de la señora. Y entonces, el Pijotero dijo a gritos: “¡Son de calcetín con canica!”
Estoy de acuerdo contigo. Es una majadería decir eso. Pero si vieras la carcajada que lanzó la vecindad…. Porque fue la vecindad, no los vecinos. Hasta el del 37 de rió. Pero la intrusa no, ella no sabía cómo taparse y cómo salir de esa situación tan embarazosa; y lo único que pudo hacer fue echar a correr… pero en dirección a los lavaderos, porque estaba desorientada por la sorpresa y la vergüenza. Allí la detuvo alguien y la llevó a la puerta. Pero la carcajada seguía atronando el espacio, y hasta el del 37 se unió a los demás.
La esposa lo abrazó y lo besó y se fueron a su vivienda seguidos por el Pijotero; pero al chamaco no lo dejaron entrar, y yo me vine a contarte lo que había pasado.
Es curioso que una carcajada sea capaz de deshacer una situación tan embarazosa.
Te quiere
Cocatú
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