CARTAS A TORA 287

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Diario le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana.

21 de octubre, 2022

Querida Tora:

Ando medio triste. Es que la señora del 47 es muy buena gente, y me da muy rico de comer, pero se ha puesto enferma. Anda levantada, y hace todo lo posible para que nadie se dé cuenta, pero se empieza a notar cansada. El otro día le dijo a su comadre del 48 que se lo iba a decir a su marido, pero como que no se animaba, Por fin, anoche habló con él. Yo me enteré de que ya se había decidido, y me fui a acostar en su ventana del dormitorio. Allí oí todo.

-Viejo – le dijo – Me siento mal.

-Pos yo te veo muy bien – respondió él, mirándola de arriba abajo con ojos libidinosos.

(Te pongo todo lo que dijeron para que puedas juzgar mejor).

-Estoy muy cansada, me duele el pecho, tengo unas bolitas por aquí….

-¡Me encantan tus bolitas! – rugió él, echándosele encima.

-¡No! ¡´pérate! – se defendió ella – Me salieron unas bolitas en el pecho.

-¿En las chichis?

Ella asintió levemente, entre quejosa y avergonzada.

-Pos hable bien, y llame a las cosas por su nombre.

-Me salieron aquí, y a veces como que me quieren doler. Dame para ir al doctor.

-¿Estás loca?

-¿Por qué?

-¿Le vas a pagar a alguien para que te agarre las chichis?

-Es doctor.

-Pero es hombre, y te las va a agarrar por todos lados; y luego le va a ir a contar a sus compas, y todos se van a reir de mi.

-¿Por qué?

-Pos porque son hombres, y para eso están.

-No es cierto.

-¿No? Luego te va a querer “desaminar” más a fondo, y te va a meter la mano entre las piernas. Y después de la mano, será otra cosa.

-Ay, no lo creo.

-Mira, yo sé más que tú.  A la vieja del Gúmer ya se lo hicieron, y el Gúmer se lo tuvo que tundir, y el que está en la cárcel es el Gúmer. ¿Tu quieres que yo vaya a dar a la cárcel?

-Ay, ni Dios lo quiera.

-Pos tu tampoco. No, es muy peligroso que un doctor te vea de las chichis.

-¿Y una doctora?

-Es lo mismo. Entre las doctoras hay muchas machorras; y si no lo son, se vuelven machorras. No, mejor ve con la enfermera de la vecindad, a ver qué te da. Pero que no te toque.

La enfermera no la tocó, porque el marido estuvo allí, vigilándole las manos; y apenas se acercaban a  los pechos de su señora, le daba un manotazo. Cuando acabó el examen, la enfermera le puso unos chiquiadores de ruda con papa blanca “porque el caso es delicado”, y la mandó a su casa.

Total, que la mujer está cada día más flaca y más débil. El marido le dijo que se iba a fijar cuando le agarrara las chichis si notaba algo extraño; pero cuando se las agarra, está pensando siempre en otra cosa, y se le olvida.

Yo les he llevado libros y folletos que reparten en la calle sobre el cáncer de mama. ¿Pero sabes lo que logré? Que el marido haya prohibido comprar papel higiénico, “al fin que todos los días les echan por debajo de la puerta hartos papeles que no sirven para nada”. Y es que a su mujer no le importa nada. Al fin que en la colonia de junto tiene otra.

Te quiere 

Cocatú

 

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Nadie mejor indicado para coordinar los esfuerzos de pensadores mexicanos actuales, que dan cuenta de la situación que se vive con la contaminación y el cambio climático, como potenciales generadores de la catástrofe mundial que viene, si no para nosotros, sí para nuestros descendientes.   Inicia el doctor José Sarukhán con una presentación de la obra. La primera vez que conocí a este eminente biólogo fue en el Faro de Veracruz, al despuntar el alba: en compañía de un colega suyo, emprendía labor de campo en la investigación de las tortugas marinas. Aún evoco la imagen de un individuo en pantaloncillo corto, camisa de algodón y un sombrero del mismo material, perfilado por los primeros rayos del sol. Inclinaba su cuerpo para levantar crías rezagadas; las estudiaba por un momento y las dejaba seguir su camino. De esas acciones silenciosas que pintan de cuerpo entero a un individuo al margen de las luminarias y los altoparlantes. Dice mucho del amor a esa “casa común” que se utiliza más como eslogan publicitario que como lo que es: un sitio de todos, en el cual cada uno, independientemente de su contexto, tiene los mismos derechos.  Él da cuenta de las palabras de Rolando Cordera que señalan “una ilusoria fe en que la tecnología y la mano invisible de los mercados resolverán todos los problemas”. El tan criticado Neoliberalismo conlleva dos fenómenos que en nada abonan al mejoramiento del planeta: Uno es el individualismo y otro el cinismo. Podemos atestiguar uno y otro en los sitios públicos, a través de incontables acciones humanas que perjudican al ambiente. Un ejemplo muy nuestro en México es la forma como taponamos con basura los cauces naturales que atraviesan la mancha urbana. Frente a portentosas lluvias dichos cauces se desbordan, y nosotros mismos, quienes provocamos el problema, atribuimos al gobierno la responsabilidad por lo ocurrido.  Algo similar, aunque tal vez menos dramático, sucede con los efectos nocivos en la salud provocados por la contaminación del aire o del agua. No me refiero a las descargas contaminantes de las grandes industrias, sino a lo que cada uno de nosotros, como individuos, provocamos día con día, cuya suma resulta en consecuencias catastróficas para el planeta. Aquí quiero llegar justo al punto que señalan los autores: el de  la responsabilidad moral que a cada uno de nosotros corresponde asumir  frente al entorno. Al que más oportunidades de preparación ha tenido, corresponde una mayor responsabilidad sobre los hechos y sobre las personas de su entorno, para hacer valer esa verdad: Detener la destrucción de nuestros ecosistemas depende de la acción conjunta de todos los seres humanos. No se trata de niños “nerds” protestando por las calles, como se ha querido tachar a Greta Thunberg. Es, por el contrario, una convicción interna que será la tabla de salvación de todas las especies vivientes. El propio Papa Francisco apela a este sentido de solidaridad.  No es posible que pretendamos dejar la responsabilidad del cuidado de la Tierra a grupos ambientalistas, cuando los contaminadores somos todos y cada uno de nosotros.  Él apunta acertadamente hacia una “enseñanza social” que permita cohesionarnos como especie en una labor común y generosa: apostar por la naturaleza, y, en consecuencia, por la vida. 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Jacqueline Peschard, socióloga de formación, con maestría en Ciencia Política por la UNAM, hace señalamientos así de puntuales como valientes.  Habla de la democracia como el gobierno a través de la discusión, de manera que este  sistema sólo podrá sobrevivir siempre y cuando esté al alcance del ciudadano promedio (o “de a pie”, como me gusta llamarlo). Hace suyo el concepto de Herari de que los humanos pasamos de ser  asesinos ecológicos seriales para convertirnos en asesinos ecológicos en masa.  Viene a nuestra mente cualquier comparación entre los campos de exterminio nazi y los niños víctimas de las grandes hambrunas en países africanos y de Medio Oriente. Esas imágenes apocalípticas que circulan en redes para convencernos de donar a organizaciones internacionales que trabajan por salvarlos de la muerte.  Peschard  habla sobre “una relación ética y compasiva” entre personas y naturaleza, misma que sólo puede desarrollarse en un marco democrático en el que las políticas públicas deriven de un régimen  institucional, sustentado en leyes.  Lo que la autora coteja, dolorosamente, con nuestras frágiles democracias y los afanes ociosos de moralizar al pueblo mediante palabras impresas, huecas en su aplicación. Un libro que vale la pena leer con detenimiento, por la salvaguarda de nuestra casa común." ["post_title"]=> string(19) "Nuestra casa común" ["post_excerpt"]=> string(156) "Es urgente tomar conciencia de que el planeta es la casa de todos los seres vivientes. Como pensantes, los humanos somos los responsables de su salvaguarda." 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