CARTAS A TORA 274

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Todos los días le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana.

15 de julio, 2022 cartas a tora

Querida Tora:

Hay un señor que vive en el 34, ya grande y casi impedido de caminar, que tiene muy mal humor y siempre está peleando con los vecinos, aunque casi no sale de su vivienda. Pues resulta que un día, cuando su hija y sus nietos regresaron lo encontraron de muy buen humor, cantando y riendo con cualquier cosa que dijeran los niños. A la hija le extrañó, pero no dijo nada.

Pocos días después, la señora fue a buscar el dinero que guardaba en una olla de la cocina, y ¿qué crees? No encontró nada. Ni un centavo. Buscó por todas partes, hasta debajo de la alfombra, y no hubo nada; tuvo que pedir prestado para traer su mandado de ese día. Y (coincidencia tal vez) el señor estaba de un humor de los mil demonios. Pero la mujer guardó silencio también.

Pero la cosa se repitió, y la mujer decidió hacer algo, porque no podía permitir que le robaran impunemente el poco dinero que ganaba. Pero no creas que le preguntó al padre o que hizo averiguaciones en la vecindad. ¿Y qué crees que hizo? Fue a ver a doña Sura para que le resolviera el problema. Pero doña Sura, después de consultar su bola de cristal, le dijo que en ese momento no podía decirle nada, que volviera en dos días.

Dos días que la mujer vivió en la incertidumbre, pues no se atrevía a salir ni a trabajar, temerosa de otro robo. Pero escondió el dinero en la caja del excusado y se fue, más muerta que viva. Afortunadamente, cuando regresó el señor estaba más alegre que unas castañuelas; y el dinero, en su escondite.

Por su lado, doña Sura se puso a trabajar. Pero no creas que consultó a los espíritus o a su bola de cristal, no. Se vistió de pordiosera y siguió al señor cuando salió de la vivienda. Y así, averiguó la verdad. El hombre había caído en las garras del vicio.

Te lo digo así, en forma tan melodramática, para que te des cuenta de la gravedad de la situación, porque si te lo cuento en forma más sencilla vas a pensar que era poca cosa. Pero no: el señor se había aficionado a los juegos electrónicos, y se pasaba la mayor parte del día en un changarro que tiene ese tipo de juegos, apostando con los escuincles del barrio. ¿Y qué crees? Que a veces les ganaba, y era cuando se ponía de buen humor; y la murria le entraba cuando perdía. Y sí, era él quien le robaba a la hija.

Doña Sura informó puntualmente de todo a la señora, y la pobre mujer quedó hecha un mar de lágrimas. ¿Cómo le iba a quitar a su papá la única diversión que tenía? Además de que, si lo hacía, se pondría de muy mal humor. Pero a la adivina se le ocurrió un plan bastante bueno.

La mujer se vistió de fantasma amistoso, se metió al cuarto del señor una noche de tormenta y se le “apareció”. El señor estaba muerto de miedo, pero escuchó atentamente lo que el “espíritu” le decía, que era, palabras más palabras menos, lo siguiente: “Si sigues jugando así, si le sigues robando a tu hija, llegará el día en que no tendrán para comer, ni tus nietos irán a la escuela o tu hija a trabajar. ¿Quién los va a mantener?”. Pero llenó el discurso de efectos especiales: humo, ruidos extraños, ulular de espantos, descargas eléctricas, luces fantasmagóricas, etc. El pobre hombre no pudo dormir esa noche ni las siguientes, y andaba siempre pegado a las paredes para que no lo asaltaran los espíritus por detrás.

La hija se conmovíó al verlo en ese estado, cada día más flaco, más amarillo y más asustado. Y entonces le dio unas monedas y le dijo que se fuera a dar una vuelta, que se gastara ese dinero, que a ella no le hacía tanta falta y que se divirtiera un poco, que buena falta le hacía. Ni corto ni perezoso, el señor corrió a los juegos, donde lo recibieron con una ovación, porque había faltado varios días, y se puso a jugar. Pero el susto le cayó tan bien que en cuanto perdía lo que llevaba se iba, pretextando un trabajo; y si ganaba, se ponía tan contento que regalaba parte de sus ganancias a los chavos que andaban por allí, y hasta guardaba algo para dárselo a los nietos.

Te cuento ésto para que veas que no todo son dramas en la vecindad; y que las personas se entienden de muchas formas, cediendo un poco y recibiendo otro poco. ¿No crees que esa es la mejor forma de convivir?

Te quiere

Cocatú

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Así conocemos numerosos episodios que narran la confrontación entre fuerzas rivales, en los que una de ellas predomina y cuenta para la posteridad.   Para nuestra fortuna vivimos en una época en la cual la investigación en todos los órdenes está a un clic de distancia, de modo que podemos consultar la “versión oficial” y las versiones alternativas, para formarnos una concepción de cómo ocurrieron las cosas en un tiempo y en un lugar en el que no habríamos podido estar para atestiguarlo. Hay otro modo de conocer los hechos que los grandes tratados señalan.  No es la versión de los ganadores ni la de los vencidos (como diría Henestrosa).  Es la experiencia de quienes vivieron en forma directa lo ocurrido, ya sea a través de testimonios que la crónica reúne, ya mediante la ficción que, no por serlo, se desvincula de las circunstancias originales en que se desenvolvió la historia. Comencé a leer una maravillosa antología editada por Liliana Pedroza. En tres tomos de simpática hechura reúne 100 cuentos de 100 escritoras mexicanas, rescatados de muy diversas publicaciones en las que fueron divulgados durante poco más de 100 años. Algunos de ellos, en particular los de  inicios del siglo pasado, se dieron a conocer con seudónimo que alejaba el foco de atención de su autora original. Tal era el pecado social de expresar por escrito las ideas propias para una mujer. Como bien señala Liliana Pedroza, la invisibilidad en la que se desarrollaron las primeras cuentistas les dio la libertad de escribir  tomando riesgos. Estoy terminando el primer libro en el que encuentro muchas autoras completamente desconocidas para mí; todas con propuestas, de suyo, muy originales. Tienen la capacidad de presentar, mediante la ficción, los problemas de época que marcaban a sus protagonistas.  Muchos de tales problemas, por desgracia, siguen estando presentes en nuestra sociedad.   Como los tamales del bote, “hay de dulce, de chile y de manteca”. Modos de presentar problemáticas como la violencia contra la mujer o  trastornos de conducta propios de la discapacidad intelectual de un modo único, entrañable; recorremos las líneas de cada texto esperando que, contrario a su estructura breve, no se termine nunca. Hay un cuento que me pareció fantástico. Es una sátira que describe la crítica social y los prejuicios que en forma tan frecuente aventuramos, tanto, que es difícil no reconocernos en alguno de los personajes: “Tres juntas” de Hortensia Elizondo, neoleonesa nacida en 1908, periodista, cronista, escritora y defensora de los derechos de la mujer, fallecida en 1953, precisamente en el año en que México promulga la reforma constitucional que reconoce el voto de la mujer. Son incontables las emociones que me viene despertando cada cuento, cada página. La fineza rulfiana con que se describen rasgos de comportamiento en la zona rural, como es el caso de dos personajes: Prócoro y Tanasia en el cuento “La cuesta de las ballenas” de Emma Dolujanoff, médico psiquiatra y escritora nacida en 1922, oriunda de la Ciudad de México. Vale aquí mencionar que una de las inquietudes de la antologadora Pedroza, era incluir en su obra a cuentistas de provincia, que en un sistema centralista como el que se vivió hasta finales del siglo veinte, quedaban con pocas o nulas oportunidades frente a las de las grandes capitales, en particular las de la Ciudad de México. A golpe de linterna de Liliana Pedroza es el título de la colección de cuentos que nos presenta al otro México, al que habría quedado fuera de la conciencia de quienes habitamos el actual siglo, si no fuera por las historias de ficción. 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