Querida Tora:
En el 16 vive una chava muy mona que se viste muy bien y anda siempre a la última moda (dentro de sus posibilidades, claro); y a todo el mundo que se deja, le dice que la vida de la vecindad no es para ella, que va a ser muy rica y poderosa. Claro que nadie se lo cree. Sobre todo, porque es novia del chavo del 27, que tiene todavía menos que ella.
Pues resulta que un día la vinieron a dejar en un coche último modelo, blindado, con todas las comodidades y caprichos que las armadoras han inventado. Todo el mundo salió a ver y la miraron despidiéndose de beso de un muchacho muy guapo, muy bien vestido y con tipo de artista de cine. Y todos dijeron: ésta ya cambió al del 27 por el futuro del que tanto habla.
Pues no: sigue saliendo con el del 27, y si le preguntan a ella o a él qué ha pasado, dicen que nada, que todo va bien. Pero no es cierto, porque yo he visto que el del carrazo la deja a veces a una cuadra de la vecindad, a veces un poco más lejos, para que el del 27 no se entere de que la viene a dejar. Pero el del 27 no es tonto; ya se las olió, y anda patrullando los alrededores a ver si la descubre con el otro.
En la vecindad los chismes andan a todo lo que dan, y hasta se cruzan apuestas sobre quién se va a quedar con la chica, como si fuera película de Hollywood. Y casi todos dicen que se quedará con el pobre (influencia de las películas de la Edad de Oro del cine mexicano). Pero yo vi a la chava con el ricachón el otro día discutiendo, porque él le exigía que se fuera ya con él; y en cuanto llegó a la vecindad, el del 27 le salió con algo parecido. ¿Y sabes lo que hizo ella? Se echó a llorar y se encerró en su vivienda.
Bueno, pues el del cochazo le trajo serenata. Tuvo que convencer (léase untar la mano) al portero, pero trajo un mariachi bastante grande, y lo metió al patio, hasta la ventana de la chica. Y se arrancaron con el repertorio más escogido del romanticismo. Toda la vecindad se levantó y salió a los pasillos y al patio, y cada canción la premiaban con entusiastas aplausos; y cuando se hacía el silencio, volteaban a ver la puerta del 27.
Al cabo de un buen rato, la puerta del 27 se abrió y salió el chavo con sus ropitas de diario y una guitarra; se plantó junto a la ventana del 16 y se puso a cantar un bolero (no de ardido, sino de esperanzado). Para sorpresa de todos, cantó de maravilla, y el aplauso no se hizo esperar. Empezó entonces un duelo entre el mariachi con sus trompetas y estruendo y la voz fina y agradable del chavo. Los vecinos estaban entusiasmados, y cada uno pedía su canción favorita, y al final se habían olvidado de la chava, para gozar del inesperado concierto. ¿Pero qué crees? La ventana del 16 no se abría, y ni siquiera encendían la luz.
A mi me picó la curiosidad, y por la ventana de la cocina me metí al 16. Y allí estaba la chava, a oscuras, porque no quería que los pretendientes se dieran cuenta de nada, llorando y tratando de decidir cuál de ellos le gustaba más. La madre le aconsejaba que escuchara a su corazón, y el padre le urgía a pensar en el coche del ricachón. Pero ella quería a los dos. Así como lo oyes: a los dos. Y la cosa no tenía solución (aparentemente).
La solución vino de donde menos se esperaba. El riquillo (le voy a decir así, porque después de todo me cayó bien) se acercó al del 27 y lo felicitó por la forma en que cantaba. El otro, sin perder seriedad ni aplomo, le dio las gracias (lo cortés no quita lo valiente), y le pidió que saliera con él a la calle para “hablar” más a gusto. Los vecinos se alborotaron, esperando quién sabe qué. Pero el del coche le dijo al chavo que no había necesidad; que él era productor de televisión; y le ofreció presentarlo en un programa folklórico cantando. El chavo se quedó patitieso: era lo que siempre había querido, pero no sabía cómo lograr. Y sin pensarlo mucho, le dijo que sí. Total, que quedaron en verse en la oficina de la televisora hacia mediodía.
Igualito que una película mexicana: el chavo se presentó en el programa, tuvo éxito, y ahora anda por todo el país cantando en palenques, teatros y fiestas particulares. Gana lo que quiere, le sobran las chamacas y ya se olvidó de la del 16. El riquillo no ha vuelto a la vecindad, ocupado en coordinar la carrera del chavo. Y la del 16 sigue trabajando en la misma zapatería de antes, y acariciando sueños de grandeza.
Creo que, aquí, la única que perdió fue ella.
Te quiere
Cocatú
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