Ya cumplimos tres décadas de casados. Lo cierto es que Amanda nunca me llamó la atención, por más que todos los días, de lunes a sábado, nos tuviéramos que ver, sí o sí, en la oficina. Antes de iniciar nuestra relación amorosa, me invitó a su casa para ver la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en el verano de 1992 con su mamá.
Luego de casi dos horas de bailes típicos y desfiles bastante aburridos y trillados para ese tipo de ceremonias deportivas, vino el momento del encendido del pebetero, momento mismo en el cual mi hoy suegra se aprestó a abrir una botella casera “con el mejor mezcal”.
Acordamos la idea algo necia y absurda de tomar los tres una copita del licor exactamente al tiempo de que se encendiera la llama Olímpica. Un arquero profesional catalán sacó una flecha, se encendió con el fuego de la última antorcha y procedió, cual Cupido, a lanzar su flecha cielo arriba, con rumbo directo al gran pebetero del estadio de Montjuïc. No sé qué diablos sucedió, pero casi de inmediato, al tomar mi copita mezcalera y al ver cómo la flecha daba en su blanco, ya comenzaba yo a ver a Amanda distinta, por qué no decirlo, especial. El sábado siguiente salíamos ya al cine, al siguiente a una discoteca y para la ceremonia de clausura de los juegos ya éramos novios.
Perdidamente enamorado yo, insistí en casarnos ese mismo año del 92, así fuera (que así fue) en diciembre. Mi Madre siempre dijo que, sinceramente, era fea para mí, poco agraciada también en lo referente a su simpatía y por si fuera poco, de pocas luces. Me repetía que me habían “dado a tomar toloache”, y que no podía haber otra explicación.
Lo del mezcal nunca nadie lo supo. Amanda, mi tan querida esposa, siempre me dijo que todo se había originado por la flecha impecablemente lanzada con tino por el Cupido olímpico; yo, eso siempre he tratado también de pensar, y recordar con mucha gratitud a esos olímpicos de Barcelona y obvio que, más aún, a “nuestro ángel del amor”. Ya que más…
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