En la Ciudad de México somos cada vez más individualistas, menos preocupados por el prójimo y menos por el próximo. Personalmente confieso que poco me ocupan mis vecinos, con algunos intercambio saludos y hasta ahí, con los del chat de vecinos mantengo una ríspida relación vía Whatsapp porque me desespera que se quejen de todo.
Les voy a contar algo que no pedí y que la vida me da. Un regalo matutino excepcional y es que pueden sentir envidia de mí: todas las mañanas mientras tomo café que ya de por si disfrutaba a la sombra de un árbol, ahora la experiencia subió 100 niveles, pues escuchamos los y las habitantes de esta casa la música de piano de las prácticas de nuestro vecino de al lado.
Él no lo sabe pero nuestras mañanas son inconmensurables (e incluyo mi opinión la de mis hijas, la de Francis y hasta la del perro y los gatos) gracias a sus prácticas. Él no solo toca el piano, no es cualquier persona que toca el piano: es uno de los concertistas mas importantes de Latinoamérica así que ya se imaginarán el nivel de los conciertos que disfrutamos cada mañana. No solo toca el piano con maestría, también cocina delicioso, usa ingredientes únicos que trae de Tabasco y Veracruz en recetas que le heredaron y que el perfeccionó, nos convida cuando prepara salsa macha o tamales de guayaba y piloncillo. Nos invitó a comer un día y nos contó su historia además de explicarnos qué es el “oído absoluto” y a la suertuda de Francis le regala patitas de flores para que las siembre porque él como Francis es hijo de la diosa Demeter y tiene un conocimiento ancestral y placer por el cuidado de las plantas increíble, tiene un microuniverso de plantas en su patio, plantas de muchas partes del mundo, muchas que yo jamás había visto y que solo creo se dan en su casa.
Si yo ya creía en la suerte de tenerlo de vecino les cuento que este viernes que pasó tuvimos la oportunidad de escucharlo en un recital en “La Casa de las humanidades de La UNAM” para que me entiendan por qué me encanta vivir en CDMX y por qué he peleado tanto y he sido tan necia de vivir en Coyoacán.
Siempre me gusta pensar que las calles de la ciudad están llenas de sorpresas y misterios y que nadie que camine por afuera se imagina lo que puede estar sucediendo tras las puertas, en el interior de cada lugar.
Estoy segura de que en esa hora aproximadamente que duró el concierto, el resto del mundo vivió como si nada extraordinario estuviera pasando, incluso tal vez pasaron por afuera del recinto sin imaginar la explosión de sensaciones que los de adentro estábamos experimentando, una sala a puerta cerrada, asistentes que poco teníamos que ver entre nosotros pero que, estoy segura, fuimos transportados por la música que interpretó el Maestro Alberto Cruzprieto al piano, con un repertorio arriesgado: Franz Liszt y su poética narrativa épica, Granados y De Falla. En lo personal y no quiere decir que considere que fue lo mejor pero a mí lo que más me gusto fue la Danza Andaluza Op. 5, una de las 12 danzas Españolas de Enrique Granados y es que creo que la música así de bien ejecutada tiene el poder de regalarte la sinestesia, de lograr que de repente entre a tu sistema no solo como música, también en colores, en sabores y como una caricia, se vuelve una experiencia onírica en la que prefieres cerrar los ojos y dejarte llevar, no permitir que nada te distraiga y realmente sentir que flotas en un mar de notas musicales.
Todas las Bellas Artes me parecen excepcionales, pero componer, inventar música desde el silencio y que suene así para mí es el logro máximo de la humanidad en cuestión de arte.
Esta columna te la dedico a ti querido amigo y vecino Alberto Cruzprieto a manera de agradecimiento por tus conciertos matutinos que me alimentan el alma, de tus deliciosos tamales que me alimentan la tripa y como homenaje a todo el arte y la generosidad que en ti habitan.
A mis lectores les recomiendo desde el fondo de mi corazón que busquen su música y que si tienen la oportunidad regálense la experiencia de escuchar su piano y que nunca se nieguen a las nuevas experiencias ni a la búsqueda del arte como alimento del alma.
Casa de las humanidades / Cashum Calle Venustiano Carranza 162, Barrio de Sta Catarina Coyoacán.
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