TU AMADA  25 a 1

"La suerte está echada". -Julio César (100 a. C. - 44 a. C.).

13 de octubre, 2022

Estás en el Hipódromo de las Américas, en el Jockey Club, tu lugar preferido. Es viernes, 15 de octubre. Han pasado aproximadamente cuatro horas desde que llegaste. Le has atinado a cinco ganadores. La tarde noche te sonríe. La suerte está de tu lado. Te sientes muy animado y, como plus, ya es fin de semana. Hablas, conversas con tus dos acompañantes acerca de varios y diversos temas. La velada transcurre con amenidad entre copas de vino, cerveza, otras bebidas alcohólicas y diferentes platillos que desfilan por la mesa circular. Son las siete treinta de la noche. Aparece la luna, asomándose por el enorme ventanal, digna de octubre. Un récord de asistencia de treinta mil aficionados gritan y se emocionan en las tribunas, anticipando la llegada a la meta de los nobles equinos. 

Tienes 41 años. Vistes de traje. Eres un próspero abogado. Trabajas en un reconocido bufete. Ahora lees y relees el programa. Escoges tu próxima apuesta. El número cinco, “Según tú, el secreto mejor guardado en toda la hípica nacional”. Te levantas de la mesa. Caminas a la taquilla. Esperas. Haces tu jugada. Cien pesos a primer lugar. Faltan 27 minutos para que arranque la carrera. Vas al baño. Regresas. Prendes un cigarro. Atraviesas de un extremo a otro el restaurante, que tiene cinco mesas ocupadas. Distraído, dejas que la ceniza del cigarrillo caiga encima de tus zapatos nuevos. De pronto sientes una señal. Un aviso. Como un golpe en el estómago. Súbitamente sientes que alguien te observa, que alguien te mira a lo lejos. La vez a la distancia, en la forma umbrosa de su cuerpo. Una figura atractiva, en un vestido marrón. Te paras en seco. Está en el bar, en la barra. Sentada sola, en una periquera. La noche de viernes se insinúa aún más prometedora. Avanzas con decisión hacia ella, advirtiendo la agradable taquicardia que produce cortejar a una mujer desconocida. Te preparas mentalmente. No hay nadie a tu alrededor que pueda tomarte la delantera, que pueda ocupar ese puesto vacío que está ahí, y que parece que te espera solamente a ti.  

Bajita, piel tostada. Tiene el pelo negro, no tan largo, cortado en capas.  Unos senos descollantes. Cuerpo como rifle, ojos oscuros, nariz recta y la boca, bellísima, abierta, no deja de sonreír. Puedes ver sus enormes dientes. Pasas por detrás de ella. Te sientas. Apagas, destruyes tu cigarro en el cenicero. Apoyas tus manos en la barra. La golpeas rítmicamente con los nudillos. Pides un tequila. Metes la mano izquierda en la bolsa trasera del pantalón. Tocas la billetera, gorda, repleta con parte de tu quincena. Sientes una leve erección. Sonríes. La mujer te aborda. Se nota que le gustas. Se acerca aún más a ti. Su cara está a dos pulgadas de la tuya. Sus ojos se encuentran fijamente y sientes algo que en muchos años no has sentido. Te suspira. Con un dulce y suave tono se presenta: Hola, soy Paola, y te pregunta a bocajarro si quieres acompañarla. Estás seguro de haber escuchado esa voz antes. Es la voz en tus sueños. La miras intensamente. Transpiras un poco, casi nervioso. Reconoces ese atrevimiento, toda esa provocación, su autenticidad. Te hace trizas. Atónito llegas a una conclusión: “Es ella, es Paola Lynch”. El primer amor. Aquella vieja pasión. La razón de todos tus desvelos juveniles. “Tu Kentucky Derby”. La que si antes era bella, ahora francamente luce sensacional. La sangre se aglomera en tu cuerpo. Te presentas, mientes, pides prestado un nombre, privilegias a los Gustavos. 

Estás realmente sorprendido de verla, de encontrártela así, aquí. Sabes que en cualquier otro momento estarían teniendo una conversación incómoda, discutiendo abiertamente esa tormentosa relación de hace años. Pero ahora no hay tiempo para eso. Ésa no es tu mejor apuesta. Prefieres mantenerte en el anonimato. Esperas no ser reconocido. Ser un extraño. Entonces le haces preguntas, le invitas un trago, le escuchas hablar de su nueva vida, con una notable coquetería en los movimientos de su boca. Con innegable admiración erótica analizas sus labios carmín, tan sensuales, mojados por el vodka. La oyes respirar, sientes su aliento, lo inhalas. Ella te seduce, te seduce aliviándose con el dedo meñique, como casualmente, una repentina comezón entre los senos. Eso hace que su persona reluzca aún más, con su dedo hundido en el escote tal vez invitándote a perderte en él.  

A lo lejos, tus acompañantes, con sus cámaras por ojos, sus cacahuates por cerebro, te echan porras. Se corre la octava carrera. La bandera arriba, y Arrrrrrrancan

Emocionado miras la competencia. Tu caballo llega en segundo. Le gana un tordillo  llamado Lucky, con momios de 25 a 1. Ganó Suertudo contra todos los pronósticos. Lo piensas. Con eso en  mente. Te tomas otro caballito de tequila. Dos. Te aflojas la corbata, cotizándote. Aclaras un poco la mente. Consideras tus posibilidades. Esta también es una carrera en la que quieres apostar. 

Primero. Te imaginas en la habitación de un hotel. Paola regresando del baño, relajada, feliz de volverte a ver, con sus ojos bailando con la luz lunar que perdura tenue. Tan extrema, bella, absoluta. Se quita los zapatos. Desabotona el fresco y entallado vestido. Lo deja caer por sus hombros. Explota al máximo su erotismo. Tú estás sentado en el borde de la cama, deseándola descaradamente, con los labios húmedos, preguntándote a qué huele esta noche su pelo, a qué sabe su piel. Está desnuda, encantadora, delante de ti. Admiras su cuerpo bruno, bronceado, incitante, al cual no has tenido la oportunidad de acariciar y besar hace tantos años. Te lanzas sobre ella, la cargas hasta llevarla al centro de la king size. Ella te desviste rápidamente. Tu boca toma posesión de sus voluptuosos senos. Juegas con el resto de su cuerpo. Acusa recibo, se te sienta encima, te monta. La abrazas. Ella agradece tu afecto, se entrega al son de tus brazos. La besas. Entras en ella. Libra un gimoteo extenso de satisfacción. Hacen el amor. Todo entre ustedes es delicado, asombroso y largo. Terminas cayendo hacia atrás, con la barbilla, la boca y la nariz empapadas de su saliva. 

Segundo. Soñando despierto succionas los recuerdos, te fumas las escenas. Haces números en tu cabeza, restas 240  meses, llegas otra vez al mes de octubre. Hace veinte años. Piensas, cavilas, en lo que alguna vez fue resplandeciente y después se convirtió en penumbra. Anhelas, deseas que todo regrese a ser como cuando tenían veintiuno, cuando la conociste, aquella noche como ninguna otra. Recuerdas, evocas también, que sonreía distante, asombrosamente encantadora en su holgada vestimenta. Estabas parado frente a ella, admirando la ruta imaginaria de su muy tostado cuello que llegaba hasta el paraíso. Te devastó. Pensaste para ti: “Me deslizaré en su mundo”. No olvidarás jamás esa tarde en la playa. Un bikini color blanco, y te sentías demasiado contento de estar ahí, lejos de la sociedad, acostado en la arena, escuchando el constante rumor del mar, con el sol brillando en todo su esplendor, mirándola, compartiendo unas vacaciones con ella. Con cuánta nitidez la recuerdas sentada en el camastro, con su peculiar estilo, cruzando las piernas bronceadas. 

Se notaba contenta, relajada, y hasta un poco borracha, pasando suavemente la mano y haciendo dibujos con las uñas sobre tu estómago, mientras estirabas el brazo y abrías los dedos para que los tomará, para que los alcanzará, y ¡WOW! ¡Las autopistas en tu mente! ¡Las extensas carreteras en tu cabeza!  El uso de pocas palabras, con ecos de humor negro, y un toque de entretenida perversión. Manos inquietas, cuerpos sudados, corazones latentes y labios en el lugar indicado. Bienvenido fue el romance, o aquello que algunos llaman intimidad. Fueron esas cosas, todas esas cosas las que te movieron, las que te llegaron, las que te conquistaron. Un amorío breve, así le llamaron. Una relación fugaz. Pero pasó  un año y nunca te dejó entrar. No te dejó entrar del todo. Así como nunca dejó entrar a nadie. Se hacía muchas preguntas. Sospechaba y juzgaba. Y tú seguiste ahí, nervioso, impaciente. Queriendo limpiar ese hermoso desastre. Queriendo conocerla a fondo, sacar lo mejor de ella, renovarla, renovarla una vez y otra. Pero ella, tan mártir y pavorosa, decidió que ya no te quería a su lado, que ya no te quería más en su vida. Optó por irse, dejarte, no mirar atrás. Quedarse con la fantasía, con la imaginación, con la seguridad, con su conformidad, aplazando su amor hasta convertirlo en mito, en dulce fracaso, porque así duraría por siempre.  

Son las ocho treinta. Tus acompañantes, borrachos, se retiran. En la pista termina la última carrera. La tuya apenas comienza. Paola, sigue sin reconocerte. Intentas no manifestar tu atracción por ella. Pasas el antebrazo por la frente para quitarte el exceso de sudor, esperando que la transpiración no delate tus sentimientos. La miras con cariño, ella te corresponde con los ojos, que nunca parpadean. Tú la esquivas. Llenas el repentino silencio con un chiste. Echa a volar esa contagiosa carcajada que tanto te gusta, que tanto recuerdas. 

Las bebidas desaparecen, se han acabado. Ella se levanta lentamente. Con mesura observas al monumento, fracción por fracción. La recorres de arriba abajo. Admiras su rostro, su busto, sus manos, sus muslos bellísimos. El paisaje es perfecto. Un banquete visual de principio a fin. Se disculpa para ir al baño. Derrochando frescura te pasa un dedo por la nariz; pandeando hacia delante su cuerpo se pega a tu entrepierna y se desliza con suavidad. Deja su bolsa, te susurra al oído que se la cuides, que en unos minutos vuelve. Te paralizas por un momento. De pronto, algo no te cuadra. Meditas. Meditas. Respiras profundamente. Analizas todo lo que has logrado, construido en estos veinte  años. También, y sobre todo, lo que puedes destruir, arruinar. Has cambiado. Eres un hombre distinto. Ya no estás en condiciones de perseguir el arcoíris. Con eso en mente, decides no repetir el pasado. No caminar por esa tumultuosa ruta otra vez. Piensas en tu casa, recuerdas a tu  esposa, a tu hijo de siete  años. Ambos  te esperan. Detienes tu caballo. Sacas el anillo de la bolsa lateral del saco, y vuelves  a colocártelo en el dedo anular de tu mano izquierda. Escribes, con tinta roja, tu nombre en una servilleta. El verdadero: Jerónimo Gracián. La depositas en su bolsa.    

Cuando Paola regresa, tú ya no estás. Pagaste y te fuiste. En el coche, por cinco minutos, piensas y te preguntas. ¿Lo volvería hacer? ¿Irme? No lo sabes. Pero simplemente hoy eso decidiste. Esta noche, tú y solo tú Jero, te diste el lujo de perder una gran apuesta. 

 

Comentarios


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el Tribunal Revolucionario decidió convocar a una reunión con carácter urgente dado que había asuntos apremiantes por atender, aún y cuando se trataba de un decadi o día de descanso; cabría mencionar que el escenario que se desarrollaba había sido previsto desde hacía semanas, por lo que en sólo un par de horas, veintidós hombres fueron acusados de contrarrevolucionarios y condenados a muerte acorde con la Ley 22 de Prarial, entre ellos su cabecilla, Maximilien François, el líder de la fracción de los jacobinos, diputado de la Convención y antiguo dirigente del Comité de Seguridad.   La sentencia debía consumarse dieciséis horas más tarde en la Plaza de la Revolución, el mismo lugar donde un año y medio antes había sido ejecutado el ciudadano Capeto, también conocido como Louis XVI.   Respecto de aquel hecho Phillipe Le Bas, también diputado de la Convención, anotó en su diario: “Henos aquí, lanzados hacia el futuro, los caminos han quedado rotos tras nuestros pasos”.  Día 9 de Termidor Aunque no era una noche particularmente calurosa aquella de finales de julio, el líder jacobino sudaba copiosamente debajo de la empolvada peluca de rizos blancos perfectamente peinada (una notable anomalía, ya que sólo la aristocracia lucía peluca de dicho color, la peluca “del pueblo llano” era de color oscuro), mientras sus dedos tomaban la pluma para firmar el documento que estaba en sus manos; aquella proclama era su último intento de salvación, no quedaban ya más cartas por jugar ni recursos de los cuales echar mano. Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. 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El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. 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Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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Agrega: “espero no morirme sin ver el cambio enriquecedor en la danza”. Su notable trabajo en la danza y sus aportaciones en más de cinco décadas activo le permiten continuar promoviéndola desde sus trincheras, convencido de que no se trata solo de repetir pasos. “Esto no es nuevo”, nos comparte, “todavía hay cierto menosprecio (a la danza), y la verdad es que esta práctica nos transforma”.  “En México hay personajes como Lucina Jiménez (directora del INBAL), quien desde hace más de 30 años ha dado un lugar destacado a la danza y comenzó a incluirla desde el nivel básico. Le otorgaron el Salón México, donde estuvo capitaneando un gran proyecto.  “Dieron cursos de danza en secundarias y preparatorias, trajeron a un bailarín extranjero que hizo maravillas con 200 o 300 jóvenes, al poco tiempo de llevar a cabo un proyecto en el centro de la Ciudad de México, antes DF, los niveles de violencia comenzaron a bajar drásticamente, un éxito la participación de tantos jóvenes que se podría decir estaban rebasados, y es que en aquel entonces con 120 millones de mexicanos, cómo lograr que los niños vieran el mundo a través de la danza.  “¨¡Viva la llama de la danza! He ido y venido para mantener viva la experiencia, todo mundo podría ser mejor ser humano, además, mover el cuerpo es reconciliarse, es de carácter social, psicológico, bandera, la danza no es solo hacer ballet y danza contemporánea, ya que muchas son formas para la salud, comunidades tradicionales bailan para sus dioses, recuperan la posibilidad del movimiento y disciplina, toda la preparación, todos requieren de un método, entrega, una meta, la relación con otros seres, ver el mundo a través de la danza, favorece arrancarnos del celular o la PC, soltar el cuerpo para la salud del alma, de la solidaridad social que nos hace falta.  “Cuantos más espacios generemos, la vida será mejor. No será lo único, hay muchas maneras de hacer danza, mover el cuerpo, disfrutar el cuerpo, donde hasta las personas con paraplejia pueden reaccionar a los estímulos musicales. Está el caso de una mujer que de joven fue bailarina y a pesar del alzhaimer al escuchar la música conecta y mueve su cuerpo al recordar lo que hay en su memoria corporal. “La discapacidad es un obstáculo al que hay que enfrentarse. Hace 25 años en el Centro Nacional de las Artes hubo una coreografía en silla de ruedas, una presentación excelente. Lo físico no es impedimento, sin brazos o piernas la dedicación hace maravillas, hay danza y teatro para invidentes, también pueden leer partituras en braile. De una andadera se pueden levantar a bailar, esto me hizo reforzar la idea de que la danza es para todos en cualquier edad. “He visto milagros de personas de la tercera edad que caminan al ejercitarse con la danza. “La Reina Isabel I, tenía un amante con el que se metía en un salón y bailaban con gallardía, se agitaban, todo eso hace la danza, es un encuentro. “Siempre se debe atender el cuerpo. El alma también sufre. Hay riesgos de lastimarse en la danza, teatro, música”.  En un encuentro a la distancia con el maestro Schwartz, su voz nos revela entusiasmo, fuerza y pasión al abordar su adolescencia en la que nos comparte:  “El inicio fue con pantalones apretados, zapatos de torero, comencé haciendo ballet con el maestro Pedro de la Sota (puerto de Veracruz), acumulando conocimiento. Era un muchacho inquieto. En la adolescencia fui a la escuela municipal de música, una escuela-teatro, sentí con la danza que me reconciliaba en mi corporalidad, comencé por el ballet a llenarme de energía, encontré un camino para la vida, nunca más volví a salir del camino de la danza. Estudiaba y vivía un poco escondido”.  “Viajé de Veracruz a Xalapa, me inscribí en la carrera de Filosofía, la que abandoné para dedicarme a la danza, entre mis maestros está Antonio de la Rosa. Luego estudié en la Escuela Nacional de Danza, audicioné en la Compañía Nacional en la que me aceptaron como becario”. En su formación, tiene presente al maestro Sanders, quien le hizo sacar lo mejor como intérprete en la Compañía Nacional de Danza. De Francis, gran mentor, aprendió la manera de ver el mundo, la coreografía. Con Rodolfo Reyes en el Ballet Contemporáneo de Xalapa, aprendió de la relación con el entorno social.  “Siempre he sido rabiosamente autodidacta, me enriquece como bailarín. Entre mis compañeros tuve esta capacidad de liderar, hacerme maestro, luego funcionario, buena parte de mi vida en la Facultad de Danza de la Universidad Veracruzana desde 1975 a la fecha, como director en dos periodos (1980-1986), (1990-1994)”.  El maestro Schwartz es director artístico desde 1986 de la Compañía de Danza Módulo. Director en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (1994-2000). Director en el Centro Veracruzano de las Artes “Hugo Arguelles (2007-2010). Director del Centro Cultural Atarazanas del IVEC (2010-2014). La danza también lo llevó a países como Guatemala, Brasil y El Salvador.   “Su inclinación a un pensamiento abiertamente de izquierda y tras el movimiento del 68´, por aquellos años le acarrearon que no pudiera trabajar en algunos espacios, abriéndose puertas en otros.  “Siempre he sido fiel a la danza en diferentes y grandes compañías trabajando con Silvia Pinal, actuando en teatro y comedia musical cada noche durante largas temporadas en “El violinista en el tejado” y “El hombre de la mancha”. “Sobreviví al Covid con la danza, doble razón de estar feliz. Este año en el Día Internacional de la Danza en Ciudad de México, en Xalapa como en distintos espacios de nuestro país, hubo actividades presenciales y talleres, una clara señal que salimos del confinamiento. Es corre y vuela, el mundo gira, en alguna parte del planeta se está danzando, presente en la vida de la humanidad”. Entre las gratas y emocionantes memorias del maestro Alejandro está el haber tomado por asalto a las instalaciones universitarias con las coreografías, acudir a la Facultad de Música, Artes Plásticas, donde bailaron, así que a partir del año siguiente se estableció que se montaría en el patio un escenario en la Unidad de Artes, para unirse en el Día Internacional de la Danza, y ser parte de las actividades, también en los teatros, “donde los seres humanos se unen, porque somos seres danzantes”, expresa. “Tengo un hijo bailarín excelente. Estoy muy satisfecho como maestro de la Facultad de Danza de la UV”.  “A la fecha me relaciono con los que están vivos de mi generación”. “Comparto a mis alumnos que la danza es un campo de acción maravilloso, toda mi vida la he dedicado a ella”. “Esto es apasionante. Sigo avanzando en este terreno que me gusta. Mantener el éxito nos marca, por lo que debemos aprender a transitar en la vida cotidiana al ritmo de la danza”." 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Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible.   Día 10 de Termidor Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados.  Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité.  Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible.  La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución.  La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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