83 Aniversario de la Preparatoria Número 3 de la UANL

En la imagen: Dra. Susana Guadalupe Pérez Trejo, Directora de la Preparatoria 3, UANL. En 1937 se crea la Escuela Preparatoria No. 3 (Nocturna para Trabajadores) de la Universidad Autónoma de Nuevo León a partir de la...

10 de diciembre, 2020

En la imagen: Dra. Susana Guadalupe Pérez Trejo, Directora de la Preparatoria 3, UANL.

En 1937 se crea la Escuela Preparatoria No. 3 (Nocturna para Trabajadores) de la Universidad Autónoma de Nuevo León a partir de la inquietud de los jóvenes que tenían  que laborar en el día, pero deseaban continuar sus estudios por la noche. Bajo el lema “La misma oportunidad para todos iniciaron las gestiones necesarias para hacer realidad su propósito.

Albores

Para ello escribieron una carta al Lic. José María de los Reyes, quien había tenido éxito al fundar en la Ciudad de México una serie de escuelas nocturnas, entre ellas, una de bachillerato. En la misiva, le pedían ayuda y asesoría para efectuar las gestiones necesarias y sacar adelante el proyecto. El Lic. José María se compromete a visitarlos el 14 de julio de 1937 para darles las indicaciones necesarias para que triunfaran en su propósito.

Motivados, los jóvenes integrantes del Comité Pro-bachillerato Nocturno, dirigieron un escrito al Gobernador del Estado de Nuevo León, General Anacleto Guerrero,  para solicitarle la creación y sostenimiento de un centro de bachillerato nocturno. Sin embargo, la respuesta escrito no fue satisfactoria, ya que lo único a lo que se comprometía era a facilitar local y alumbrado. No decayendo su ánimo, continuaron con sus gestiones ante las autoridades respectivas. En esta ocasión se dirigieron al Dr. Enrique C. Livas, Presidente del Consejo de Cultura Superior a quien pidieron ayuda, obteniendo una respuesta negativa. El obstáculo principal para contar con una escuela nocturna de bachilleres era el económico. Por ello, el Lic. José María de los Reyes gestionó ante la Universidad Nacional que ésta se hiciera cargo de los demás gastos que la escuela de bachilleres ocasionara, lo cual fue aceptado por el Gobernador del Estado de Nuevo León. Los esfuerzos realizados por los jóvenes trabajadores tal vez no hubieran fructificado sin el apoyo y comprensión de las personas que los alentaban a continuar con su propósito.

La Escuela Nocturna de Bachilleres (hoy Preparatoria No. 3, Nocturna para Trabajadores de la U.A.N.L.) se inaugura oficialmente el 8 de  diciembre de 1937, en un acto celebrado en la Escuela Normal del Estado “Miguel F. Martínez”.




 Con el lema La misma oportunidad para todos” lucharon aquellos primeros alumnos, dando la oportunidad de acceso a su recinto, a todas aquellas personas que trabajan y que, por lo mismo, tienen dificultad para asistir a escuelas con modalidades tradicionales que operan bajo horarios rígidos.

La modalidad abierta: una alternativa para autodidactas.- En 1975 se crea el Sistema de Educación Individualizada (SEI) y posteriormente surge el Departamento de Educación Abierta (DEA), el que se mantiene hasta el presente y representa, a más de 45 años de su fundación.  En septiembre de 1976, se crea el Departamento de Educación Abierta (DEA), el cual tuvo su sede en el edificio ubicado en las calles de Juárez y Cinco de Mayo, en el Centro de Monterrey; surge la combinación de modalidades: Sistema Curricular Flexible, servicio externo: estudiantado en el trabajo.

En febrero de 2001 el H. Consejo Universitario autoriza a la Escuela Preparatoria No. 3 a trasladarse del edificio que ocupaba en el centro de la ciudad, el Colegio Civil, al edificio “Álvaro Obregón”.  Esta oportunidad de espacio físico permitió, el 4 de noviembre del 2002, implementar el Sistema de Educación a Distancia.

Cronología de los Directores

 Prof. Ricardo Villegas Ortiz; Dr. Zaragoza Cuéllar, Ing. Bernardo Dávila Reyes, Dr. Oscar Decanini, Dr. Roberto Flores Escobar, Ing. Leonardo Siller, Q. T. Manuel Rangel, Prof. Francisco M. Zertuche, Lic. Genaro Salinas Quiroga, Lic. Alfonso Cavazos, Dr. Mateo A. Sáenz, Lic. Eleazar T. González Peña, Lic. Francisca Marroquín Vda. De Zamora, I.Q. Carlos Caballero Lazo, Ing. Héctor González Faz, Lic. Raúl S. Montoya Retta, I.Q. Elvia Jiménez de Sáenz, Lic. Felipe Ortiz Morales, Dr. Máximo de León Garza, Lic. José Manuel Pérez Sáenz, M. E. C. Juan Edelmiro Moya Barbosa, C. P. Martha E. Arizpe Tijerina, Lic. Salvador González Núñez, M. E. S. Jaime César Triana Contreras, Dra. Gloria Alicia Sáenz Vázquez, Dra. Linda Angélica Osorio Castillo y Dra. Susana Guadalupe Pérez Trejo (Directora actual)

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Felicitaciones a la Preparatoria 3 de la UANL por sus primeros 83 años de fructífera labor institucional y a su Directora Dra. Susana Guadalupe por compartir los antecedentes que enmarcan el surgimiento de una institución exitosa de ésta Máxima Casa de Estudios.

Contacto:

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Comentarios
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Usted, amable lector, seguramente ha leído algún post, nota, artículo o libro que lleve por título algo similar a lo anterior.  Cada vez que alguien propone la destrucción como la solución a cierto problema de la sociedad, recuerdo La naranja mecánica de Anthony Burgess. Al leer este título, lo más probable es que recordemos la película de 1971, dirigida por Stanley Kubrick y estelarizada por Malcolm McDowell. Es una película cuyos valores cinematográficos innegables la volvieron un clásico del séptimo arte y que merecería, por sí misma, varios artículos.  Sin embargo, hoy no deseo hablarles de la película, sino del final de la novela, el cual no aparece en la adaptación de Kubrick. ¿Recuerda usted el final del filme? ¿Ese en el que Alex, el protagonista, dice con un tono algo ambiguo “sí, yo ya estaba curado” y parece volver a su antigua vida de violencia? Ese no fue el final que Anthony Burgess, escritor británico, dio al personaje de Alex DeLarge en su obra. La permanencia de la historia “truncada” en la memoria colectiva se debe a que Kubrick adaptó la versión estadounidense de la novela. En esta versión, el final original fue eliminado por el editor, al considerarlo “poco realista” y “poco atractivo” para los lectores norteamericanos.  La novela fue escrita, de acuerdo con las propias palabras de Burgess, en un lapso de tres semanas con el fin de ganar un poco de dinero. La obra fue publicada en 1962 y narra la historia de Alex DeLarge, un adolescente amante de la música de Ludwig van Beethoven y líder de la banda formada por él y sus amigos Dim, Georgie y Pete. Los jóvenes asisten, noche tras noche, al bar lácteo Korova a beber moloko-plus (leche adicionada con drogas). Después de tomar esta bebida, el grupo sale a las calles a realizar actos aleatorios de “ultraviolencia”. La espiral de destrucción que comienza con robos y golpizas a transeúntes inocentes rápidamente se transforma en una vorágine delictiva sin freno.  Alex DeLarge es detenido y condenado a prisión después de una violación que termina en asesinato. En prisión, el antiguo líder será sujeto a una novedosa terapia experimental de aversión desarrollada por el gobierno cuyo fin es quitarle todos los impulsos violentos.   No le cuento más para que experimente usted mismo la travesía de Alex si es que aún no ha visto la película o leído el libro. Le recomiendo que busque alguna de las dos opciones y si puede conseguir ambas, mejor.   ¿Una novela o una fábula? La historia narrada en La naranja mecánica es más profunda que el nadsat (la jerga juvenil, conformada en su mayoría por palabras de origen ruso) o los actos de “ultraviolencia” que cometen los adolescentes. Burgess nos presenta varias cuestiones al final de la novela: ¿es aceptable la intromisión de la ciencia para modificar la conducta humana? ¿Es ético que el gobierno utilice a los individuos como conejillos de indias usando como pretexto del “bien común”? Sin embargo, la cuestión que me gustaría comentar es la que se expone en el último capítulo de la versión inglesa original. En un prefacio a la edición de 1986 de la novela, Burgess escribió lo siguiente al respecto de la omisión del capítulo final, el número veintiuno, en la adaptación cinematográfica:    El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando solo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La naranja mecánica norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela. Anthony Burgess, de acuerdo con sus propias palabras, termina su novela en el capítulo veintiuno porque este número representa el momento de la madurez humana plena. En dicho capítulo, se nos muestra a un Alex DeLarge que ya no encuentra satisfacción en los actos de violencia. Un cambio se gestó dentro de él: desea un mejor futuro que el que la destrucción sin sentido puede ofrecerle. Alex piensa en formar una familia. Construir, por fin lo comprende el protagonista, es la única forma de labrarse un mejor futuro.  Actualmente, nos encontramos en una encrucijada similar a la del drugo Alex. Vivimos en una época cuyas condiciones sociales, políticas y económicas nos han llevado a pensar que la destrucción es el camino más adecuado para la sociedad. Solo es necesario abrir cualquier periódico para darse cuenta de esta mentalidad: “Destruir… (lugares, instituciones, personajes públicos y un largo etcétera) parece ser la orden del día en las agendas de diferentes grupos”. Es entendible esta posición, que apela a nuestra parte adolescente: para atraer adeptos a alguna causa en particular, siempre es más atractivo llamar a la gente a quemar un puente que convocarla para construir uno.  Las redes sociales son un ejemplo perfecto de esto, ya que ahí encontramos un volumen enorme de críticas negativas, burlas o memes que pretenden “destruir” a cualquier ente con el que no se esté de acuerdo. Una pregunta que debemos hacernos en el aquí y ahora es, ¿qué tanta energía y tiempo estamos dispuestos a utilizar para construir algo valioso en lugar de desperdiciarla en destruir? Destruir algo es cosa de segundos; construir lo que sea, en cambio, puede tardar meses, años o décadas y requiere de madurez y paciencia. Esta es una verdad de Perogrullo, pero que muchas veces olvidamos, especialmente en una sociedad obsesionada con la satisfacción que provoca la inmediatez moderna (con entregas de artículos “al día siguiente” y demás servicios ultrarrápidos). Destruir nos permite liberar temporalmente nuestras frustraciones y nuestra ira, pero en la resaca únicamente encontraremos vacío y aislamiento. Construir, en la faceta que sea, al contrario: nos llena y nos hace humanos.  Esta disyuntiva es la que se encuentra Alex DeLarge al final de la novela: si decide hacerse más humano o convertirse en un agente de destrucción perene. El momento actual nos pide a gritos hacer esa misma elección. Decantarnos por una opción u otra, en gran parte, decidirá el futuro que tendremos como personas y como sociedad. 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