DE EJOTE, DE JITOMATES Y DE NUBES

Apenas esta mañana, Brotaron de las macetas del balcón Macetas llenas con tierra de Alemania, Los colores de México. Tres pequeños jitomates y un ejote Cultivados por las manos sagradas De la mujer que amo; De esta...

23 de agosto, 2021 poemas de julio chavezmontes

Apenas esta mañana,

Brotaron de las macetas del balcón

Macetas llenas con tierra de Alemania,

Los colores de México.

Tres pequeños jitomates y un ejote

Cultivados por las manos sagradas

De la mujer que amo;

De esta flor alemana nacida en Núremberg

Flor cultivada en las chinampas de Xochimilco;

Estos tres jitomates y su ejote,

Trajeron un adelanto fresco y sencillo

Del septiembre patriota que ya  vuelve,

Retumbando sus ecos inconfundibles,

Desde el Paseo de la Reforma

De mi infancia.

Cosecha tricolor a la que se suman

Esas nubes que vienen desde mi patria;

Se agitan en mi pecho que rebosa

Con este corazón que no la olvida.

No  sé dónde habrá quedado la escalera

Nuestro palco portátil,

Desde el que desde pequeños,

Mis hermanas y yo,

Vitoreábamos alegres

El paso redoblado de las tropas.

En mi memoria nítida,

Reverbera el reflejo que se aproxima,

Cadencia resplandeciente de bayonetas

Que suben y que bajan acompasadas

Enmarcando los cantos;

Esos cantos mezclados con clamores.

Miro en mis manos el prodigio vivo

Tres tomates rojísimos

Y un ejote de verde inconfundible;

Unidos en bandera por la nube

Que los hizo brotar;

Esa nube llegada desde México,

Cargada de emociones y de lágrimas.

Conforme se aproximan los recuerdos

Su música marcial

Inundando el espacio que palpita;

Que anega el alma;

Que inunda la mirada;

Que congela la voz en la garganta.

Jitomates y ejotes, reguiletes

Matracas vegetales que desbordan

Este balcón de amor,

Este  balcón de sueños.

Dentro de una semana

Ya muy pronto

Cuando comiencen a emprender su  vuelo

Las blanquísimas cigüeñas

En su regreso al África,

Las campanas de Stahringen

En homenaje a México,

Cantaran con la voz de Guadalupe,

Repicarán la voz de Churubusco.

Apenas esta mañana

El mágico balcón de Dominguita

Comenzó a iluminarse

Jitomates y ejotes entre nubes

Con el color de México.

Comentarios


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Ya sea la actual o la histórica, de modo de enriquecer nuestra visión de las cosas. He estado leyendo Futurofobia, el libro más reciente del español Héctor García Barnés. La primera vez que tuve conocimiento de su publicación quise leerlo, cuestión que se facilita mediante la versión electrónica, para quienes no residimos en las grandes metrópolis. Desde los epígrafes iniciales nos atrapa hablando de dos términos que campean a lo largo del ensayo: Apocalipsis y nostalgia.  De inmediato nos introduce de manera ágil y clara a esos conceptos que hoy se hallan tan de moda y que a ratos son utilizados más como lugares comunes que otra cosa: distopía, metaverso y alguna otra que escapa a este primer abordaje.  Nos lleva de la mano a ver el momento actual que todos estamos viviendo, tras el enclaustramiento sanitario provocado por la pandemia.  A ratos este mundo se antoja desalentador. En la primera parte de la obra se llama nuestra atención respecto a algo que vivimos, muy probablemente sin acaso percatarnos de ello: dado que sentimos que el futuro nos ha sido arrebatado, volvemos con nostalgia al pasado, nos aferramos a él como a una tabla de salvación para no perecer en el agitado oleaje de la realidad. El autor ha nacido en los años ochenta del siglo pasado, pero aun así se toma la delicadeza de tener en cuenta a los nacidos a mediados de ese siglo, quienes hemos tenido que aprender a apropiarnos de la tecnología, puesto que no nacimos con el chip integrado, como las generaciones  del cambio de milenio. El autor parte de su España natal, que fue golpeada por cambios políticos, económicos y de inseguridad, desde Franco para acá.  Su óptica es, sin embargo, aplicable a cualquier otro rincón del mundo: El pesimismo de las actuales generaciones nos lleva a percepciones y decisiones fatalistas, desde el supuesto de que, si algo cambia, es para peor.  A partir de ello atisbé una luz, en este caso para mi amado México, comenzando así a entender por qué gran parte de la ciudadanía se aferra a aceptar, hasta con alivio, patrones de gobierno obsoletos que habrán de llevarnos de la mano en medio de este caos de inicios de siglo.  La libertad es vista como el riesgo innecesario de resultar dañados en el vuelo, invitándonos entonces a anhelar la seguridad de la jaula, donde nada puede ocurrirnos, así perdamos la capacidad de extender las alas para volar con libertad. “Rebajar las expectativas se impuso como un imperativo moral” afirma el autor. Hace hincapié en que a esta actitud de pseudoparálisis se acompaña el temor de perderlo todo, como ya ha venido sucediendo con salud, vidas y oportunidades laborales, entre otras cosas. Pudiera afirmarse, de modo temerario, que hemos optado por el pesimismo, actitud mental que finalmente no habrá de decepcionarnos. La esperanza ha sido cancelada como tesis de ilusos que tarde o temprano  habrán de estrellarse contra el duro suelo de la realidad. La ilusión, simplemente, no tiene cabida en esta corriente de pensamiento. Es interesante cómo la “futurofobia” mueve las fichas en el ajedrez político en Oriente y Occidente. Partiendo de la tesis de que el mundo está condenado a su extinción, surgen las figuras de los salvadores que prometen sacarnos de las tinieblas de la noche hacia ese mundo luminoso que todos anhelamos. Grandes aliados de estos propósitos populistas son los medios de difusión masiva, muy en particular las redes sociales, a las cuales se puede acceder desde el teléfono móvil más básico a cualquier hora del día.  Esperemos descubrir qué sorpresas nos tiene Elon  Musk con su compra de Twitter, pero de momento esta red ha servido para ideologizar y polarizar a los mexicanos, como ningún otro medio lo había conseguido. Un elemento que acompaña a este pesimismo, según la tesis del autor, es el cinismo.  Habla de un hedonismo cínico, que lleva a emprender acciones de diversa índole, así sean alejadas de los cánones ciudadanos éticos, y que a ratos se traduce en una risa irónica frente a los proyectos ilusos de quienes se niegan a aceptar este estado de cosas.  De momento viene a mi mente la sonrisa hasta sardónica de algún político cuando se le ha cuestionado acerca de tópicos que debe hallar incómodos, y evita responder de esta forma no verbal.  Nadie podría negar que la emergencia sanitaria con su cuota de desgaste orgánico y muerte, muy de la mano del encierro obligatorio, haya cobrado su cuota entre quienes seguimos aquí, capoteando los temores, las incertidumbres y los pensamientos sombríos de cada día.  Este estado de ánimo ha sido un caldo de cultivo para muchas expresiones, como es el caso de las películas y series fatalistas.  Su éxito radica justo en eso, en reafirmarnos que el mundo va de mal en peor, y que somos afortunados de que los zombis no nos estén contaminando su naturaleza pútrida cuando salimos a la tienda de la esquina.  Muy en lo particular entendí mucho de esa tendencia de los espectadores, cuando yo querría descansar viendo historias optimistas con finales esperanzadores. 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noviembre 23, 2022