Las utopías de Morricone

Así las cosas, con estas modas que ya no están en las carteleras de los cines sino en las listas de los servicios de películas...

7 de julio, 2020

Así las cosas, con estas modas que ya no están en las carteleras de los cines sino en las listas de los servicios de películas y series en internet, el tiempo se ha vuelto el gran tema de reflexión. Nunca como ahora las utopías, ucronías, contrautopías y los viajes en el tiempo se han puesto de moda, tanto porque quisiéramos escapar a la espiral de violencia, indolencia y fatalidad que al parecer nos ha tocado vivir, como por la necesidad de pensar qué hubiera pasado si…, qué habría sido de nosotros si hubiéramos tomado la decisión que desdeñamos o que no avistamos en su momento. El tiempo, aquella regla recta y rígida se volvió una especie de resorte, de montaña rusa, que nos da tregua y de pronto corre en enloquecidas desbandadas; Einstein no debe tenerse en pie de la risa (es decir, si de alguna manera o en alguna dimensión puede tenerse en pie), por la forma doméstica y sensiblera en que hemos traducido su teoría de la relatividad del tiempo y el espacio.

    Hoy, por ejemplo, me he levantado con la noticia de que ha muerto Ennio Morricone. Lo lamento tanto, claro que a su edad y con la enormidad y dulzura de su obra el golpe es mucho más llevadero, pero es que, sin duda, Morricone fue siempre, ahora lo sé cuando se ha ido el maestro de mis añoranzas y mis nostalgias. A veces, ahora más con los entretenimientos que a la comunidad se le ocurren en las redes sociales, nos preguntan sobre los libros, las películas o los discos que más nos han influido, aquellos que nos han tocado, eso me ha obligado a tener pronta y ensayada la respuesta y aunque en materia de literatura la lista me cuesta mucho trabajo y tengo que reeditarla constantemente, en materia de cine el primer lugar es irrebatible: Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore con música de Morricone. Hoy me ha despertado la tonada principal de la banda sonora y es que me trae recuerdos de un tiempo que se me fue y en el que todo era sencillo, en el que iba al cine con mis amigos como se iba a un ritual y aunque nací muy lejos de aquellas añoranzas, me enseñó que no hay nada más triste que recordar aquello que no vivimos, pero que nos hubiera gustado vivir. Morricone siempre estaba ahí, en La Misión, la película que me hacía creer que se podía vivir una vida heroica aún en el universo pequeño burgués y chato pero entrañable de mi adolescencia; estaba ahí en Stanno tutti bene (Estamos todos bien), con el gigantesco Marcelo Mastroianni y que me hacía pensar en que algún día haría mundo y mi familia sería un recuerdo tormentoso y no es que quisiera ver a mi familia desperdigada, es que a esa edad lo que urge es vivir; y estaba ahí, siempre, yendo y viniendo en La mejor oferta, que ya en mi edad madura me puso a pensar si esas tonadas no son ya las de mi recta final.

    Pero en Cinema Paradiso lo que extraño más son los besos censurados, es decir, aquellos besos que nunca di a nadie, no porque fuera falto de afectos o de caricias, sino porque representan vidas inhabitables, circunstancias imposibles y por fortuna –o por desgracia– sólo me fue dado vivir una vida y no tendré otra, pero la habré multiplicado leyendo, yendo al cine y escuchando música de la mejor factura.

    Veo así, que el daño o la transformación más profunda ha sucedido en nuestra concepción del tiempo: perdimos prisa pero ganamos ansiedad; todo será pronto, estaremos bien pronto, la crisis se resolverá en un futuro cercano y vivir, lo que se dice vivir, se fue volviendo un proceso interno donde el tiempo fue adquiriendo matices diferentes; mientras tanto, los que han tenido que vivir la epidemia en la calle, a matacaballo ganándose la vida como mejor se puede, el tiempo endureció sus colmillos y extendió sus garras en las alas del murciélago en el que se convirtió después de ser golondrina, así que el tiempo se nos hizo pedazos.  Ahora que estamos volviendo con miedo y desconfianza a la calle, el tiempo es el viejo herido al que no podemos acercarnos porque no sabemos sus aviesas intenciones.

    Los más jóvenes añoran los años que no vivieron, rescatan las mejores memorias de un tiempo y entiendo que nadie se cree aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, es más bien que construimos un imaginario para un mañana posible que se parezca a ese pasado en el que sobrevivimos y parece haber sido mejor; veo a los viejos y a los maduros escapar del tiempo pensando en las posibilidades perdidas, construyendo ucronías, ese extraño centauro literario que construye futuros a partir de las posibilidades que no fueron. Es triste esa imagen, pero también es poderosa, porque nos permite rehacernos, encontrar el punto de quiebre en que todo pudo haber sido diferente y si no podemos volver a ese lugar, sí podemos echar a andar los mecanismos que nos permitan enderezar el camino; veo también, mientras escucho por cuarta vez en el día la banda sonora de Cinema Paradiso, que ya comenzamos a caminar así, que nos hartamos muy pronto de izquierdas y derechas, que esas denominaciones en nuestra realidad social y política se desdibujaron de tal manera que nos quedamos como el infantil protagonista de aquella película, viendo el pasado para labrarse el futuro a solas.

    Yo sé que no podré besar nunca a Audrey Hepburn, lo sé y no me duele, sólo pienso que algún día, otra vez, sí que podré besar a mi mujer, en un cine sin paredes, frente a una fuente, igual que en esos días que nunca existieron y en los que todo era posible.




@cesarbc70

Música de Ennio Morricone:

 

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