Sindrome de FOMO: ¿está afectando la vida de mis hijos?

Alejandra Ruiz Sánchez explica los riesgos de las redes sociales y los trastornos que pueden ocasionarnos cuando no se modera su uso.

27 de junio, 2022

Por sus siglas en inglés (Fear Of Missing Out), el hoy tan famoso Síndrome de FOMO, consistente en una extrema ansiedad por “no perderse de nada de lo que sucede en las redes sociales”. Además de constituir un grave riesgo psicológico, se ha convertido también en un fenómeno social que altera el ritmo “sano” de la vida de adultos jóvenes (generalmente, entre los 25 y los 45), pero principalmente de los adolescentes, quienes se encuentran aún en la búsqueda y construcción de una identidad propia.

Las causas

Desde que las redes sociales forman parte de nuestras vidas, diversas actitudes, comportamientos, hábitos, conductas y, lo más importante, aspectos esenciales de nuestra salud psicológica, se han visto influenciados, modificados y, en el peor de los casos, afectados por la interacción, demanda y reconocimiento que supone el mero hecho de ser parte de ellas.

Es aquí donde el “Miedo a perderse de algo” toma un rol protagónico para el bienestar psicológico de nuestros adolescentes y jóvenes, ya que quienes padecen FOMO viven eternamente pendientes de sus dispositivos y temen, con gran ansiedad, perderse de cualquier comentario, like, post, video, live, trending topic, o similar en Instagram Facebook, TikTok, Whatsapp, Snapchat, Twitter o cualquier otra red social de la que formen parte.

De esta forma, ese mundo cibernético al que accedimos, inicialmente con la intención de hacer amigos, divertirnos, informarnos, comunicarnos, estar al día o trabajar, va convirtiéndose en una “pequeña prisión infernal” que, de acuerdo con los especialistas, puede llevarnos a desarrollar diversos trastornos psicológicos y/o mentales. 

En el caso de los adolescentes y según un estudio realizado por la agencia de publicidad multinacional JWT, aproximadamente el 40% de los encuestados reportó experimentar intranquilidad, angustia, miedo o ansiedad, con frecuencia o de vez en cuando; cifra que los expertos pronostican irá en aumento si no se toman cartas en el asunto.

Los síntomas

Además de la imperiosa necesidad de estar conectados permanentemente a los dispositivos electrónicos (incluso en comidas, trabajo o escuela, al manejar, en el baño o al “dormir”) y contar con internet activo, quien padece de FOMO manifiesta, entre otros síntomas:

  • Baja autoestima, altos niveles de insatisfacción social, inseguridad personal, habilidades comunicativas poco desarrolladas (todo esto aun cuando parezca contradictorio, dada la falsa autoimagen “atractiva e ideal” presentada en las redes). 
  • Gran ansiedad de estar al tanto, en todo momento, de qué hacen los contactos a los que se sigue y quienes lo siguen, ver qué hacen, que dicen, a dónde han ido y comprobar si han dejado likes o mensajes (aún en los casos en que dichas acciones ni siquiera demandan una respuesta).
  • Angustia extrema por responder de inmediato, por la creencia de que, de no hacerlo, se perderá cosas importantes y quedará fuera de la conversación.
  • Incapacidad de apagar o dejar lejos el teléfono móvil (esto último reconocido también, oficialmente, como otro trastorno psicológico denominado nomofobia).
  • Presencia de otros síndromes, como el de la alerta o llamada fantasma, que consiste en percibir sonidos ilusorios, que se cree salen del móvil, como la notificación sonora de un mensajes o likes, combinado después con la desilusión de descubrir que no hay nada nuevo en el teléfono.
  • Más allá del deseo natural de “pertenecer”, verdadero pánico de ser excluido socialmente.
  • Inversión excesiva del tiempo que se pasa en las redes sociales.
  • Necesidad constante de mostrar lo que hace o piensa (a dónde va, qué come, qué ropa usa, qué le sucedió, etc.).
  • Comportamientos y actitudes compulsivas, obsesivas e incontrolables para evitar, a toda costa, estar offline.
  • Aceptación de todas las solicitudes de amistad recibidas, así como para todas las fiestas y eventos, por temor a perderse de algo o sentirse excluido.
  • Pérdida de la capacidad de “vivir el momento” porque todo el tiempo “deben” tomar fotografías o grabar videos para poder compartir sus “experiencias” de manera inmediata.
  • Malhumor, enojo, irritabilidad y aislamiento como consecuencia de los reclamos o reproches de familia o amigos (mejor me encierro para poder seguir conectado y no perderme de nada). En los entornos laborales esto puede llevar, incluso, a la pérdida del empleo.
  • Desarrollo de distorsiones cognitivas que provocan la pérdida del sentido de realidad, deteriorando la visión crítica de lo que es realmente ficción o un hecho relativo en un contexto mucho más amplio, desconocido, que el que aparece en la pantalla.
  • Sensación (o certeza) de que todos los demás son más atractivos, tienen vidas más interesantes o felices que la propia.
  • Pérdida o alteración de los ciclos de sueño y horarios de alimentación, para poder permanecer online.
  • Desarrollo de ideas erróneas en cuanto a la formación de vínculos y el apego  (se cree que se tienen vínculos más íntimos con los contactos o “amigos virtuales” de lo que realmente son).
  • En los casos más graves: ansiedad incontrolable, depresión profunda, estrés (con manifestaciones físicas y psicológicas) aislamiento (físico) total, violencia física, verbal y psicológica, e ideas o consumación de un suicidio.

Las soluciones

Aunque, como todo lo referente a la mente humana, cada caso tendrá sus particularidades propias, algunas de las estrategias que podemos utilizar para apoyar a nuestros hijos son:

  • Ayudarlos a darse cuenta de que lo presentado en las redes es sólo una interpretación (e inclusive, una distorsión) de la realidad, a partir de las propias experiencias que ellos publican (comparando su realidad con lo que postean, por ejemplo).
  • Involucrarlos, tanto como sea posible, en actividades que les ayuden a vivir en el aquí y el ahora (paseos, juegos o actividades varias en familia, leer, ver películas, pasear a las mascotas, etc.).
  • Mostrarles la importancia de dar prioridad a las personas.
  • Reducir, gradualmente, la utilización de smartphones, tablets, computadoras o cualquier otro dispositivo con internet.
  • Plantear metas que deban cumplir a corto plazo y con fechas límite: proyectos personales, tareas de casa, metas familiares comunes, etc.
  • Establecer horarios u ocasiones familiares “sin internet o dispositivos” (que deben aplicarse a todos los integrantes de la familia).
  • Enseñarles, con límites amorosos y razonables, a tolerar la frustración.
  • Mostrar el valor de tomar decisiones y asumir consecuencias.
  • De ser necesario, buscar ayuda de profesionales en el campo.

“Ni tanto que queme al santo…”

No se trata de satanizar a las redes, ni mucho menos a la tecnología, sino de enseñar a nuestros hijos, tan tempranamente como podamos que todos los excesos acarrean consecuencias negativas, que estas herramientas deben estar a su servicio y no al revés y, lo más importante que la clave del bienestar es encontrar un equilibrio adecuado entre todos los aspectos que integran la vida de un ser humano.

Por ello, y como en muchos otros temas que nos preocupan como padres y docentes, la clave se encuentra en brindar a los niños una educación de calidad, que, al tiempo que se preocupe por desarrollar la inteligencia, brinde una verdadera formación socioemocional que les permita autoconocerse, autorregularse y sentirse seguros de su identidad, sus talentos y sus capacidades.

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Pero, a poco más de dos años y medio desde las primeras noticias que indicaban una enfermedad de preocupación descubierta en Wuhan, ¿qué hemos aprendido como humanidad? He aquí cinco reflexiones.
  1. La ciencia con recursos funciona. La relevancia que tuvo el gremio científico en la pandemia, por la misma naturaleza del acontecimiento, fue indispensable para que hoy en día, a pesar de que el número de casos diarios de infectados rompe records, la tasa de mortalidad se mantiene en niveles mínimos en gran parte de los países. Muchos países, hasta antes de 2020 veían la ciencia como un lujo, recortando programas, el PIB ofrecido a la investigación y los limitados puestos laborales ofrecidos a científicos. Hoy en día, se hace notar que la ciencia es una necesidad, dado que el aporte a nuevos descubrimientos y conocimientos es indispensable para la detección, diagnóstico y tratamiento oportuno (y por supuesto efectivo) de cualquier enfermedad o padecimiento desconocido.
  2. Las vacunas previenen muertes. A mitad de 2020, los llamados “grupos anti vacuna” tuvieron relevancia en el escenario internacional de la incertidumbre. Dichas organizaciones “velando por los intereses de la libertad” satanizaban las vacunas, colocando en su estandarte supuestas muertes causadas por los biológicos y que fueron “ocultados del ojo público”, reclamando su ineficacia contra la enfermedad y “revelando” que el motivo de las vacunas era el control de masas. Hoy, seguimos comprobando día con día, que las vacunas han salvado innumerables vidas, requieren rigurosos procesos de fabricación e investigación, y han provocado que, a fecha de julio de 2022, el COVID-19 no parece ser ya la amenaza que en 2020 y 2021 parecía incontenible.
  3. No estamos listos para una nueva pandemia. Las instituciones que parecían incorruptibles, líderes en el conocimiento y dirigidas a un estable y correcto manejo de un evento de importancia de salud pública, fallaron a nivel nacional e internacional. La discordancia de información entre una institución a otra, la débil respuesta de éstas a la par de los nuevos conocimientos, la desigualdad en la distribución de pruebas, vacunas y acceso a la salud; y el imperioso ego de políticos que sostuvieron ideologías erróneas con tal de no admitir sus fallos, culminaron en que una enfermedad viral originada en Wuhan se convirtiera en un punto de inflexión en la historia moderna de la humanidad.
  4. Somos egoístas. Todos conocemos a alguien que por estar vacunado dejó de usar cubrebocas, alguien que fue a otro estado de la República con un comprobante de domicilio de un familiar o modificado para vacunarse, alguien que, contagiado por la enfermedad, no realizaba su periodo de cuarentena y generaba el riesgo para contagiar a demás personas, o a alguien que falsificaba su comprobante o prueba COVID. Todos estos eventos concluyeron en el aumento de casos y la extensión del periodo pandémico por más de 2 años, y hasta el día de hoy.
  5. No somos una especie tan inteligente como pensábamos. El mundo de desinformación originado tras las teorías conspirativas, las fake news, las pseudociencias y la desconfianza de la población hacia la nueva información generada, ocasionaron eventos tan surreales como escasez de papel higiénico, violencia hacia el personal de salubridad, destrucción de torres de comunicación con tecnología 5G, marchas en contra de los confinamientos y la realización de fiestas y reuniones clandestinas. Lo anterior, representa el nivel de crítica que tenemos como especie y lo distante que estamos de ser capaces de reunirnos en pro de una causa que amenaza nuestra integridad.
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Las pequeñas cosas: Mnemósine

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