Las pequeñas cosas: regreso

“En un casino, la regla máxima es mantener a la gente jugando y que regrese. Mientras más juegan, más pierden y, al final, nosotros nos quedamos con todo”.  – Casino, filme dirigido por Martin Scorsese, 1995. Se...

6 de septiembre, 2021

“En un casino, la regla máxima es mantener a la gente jugando y que regrese. Mientras más juegan, más pierden y, al final, nosotros nos quedamos con todo”.

 Casino, filme dirigido por Martin Scorsese, 1995.

Se cumple una semana del tan esperado y polémico “regreso” a clases presenciales, pero posturas y decisiones aparte, la cuestión es que no podemos hablar de un regreso cuando no estamos en igualdad de circunstancias, tan simple como que (parafraseando a Pablo Neruda) “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Y nada lo es si tan solo nos detenemos a pensar en las millones de personas fallecidas alrededor del mundo a causa del COVID-19 (ya no digamos en México), porque la muerte es un suceso que marca definitivamente y ante una pandemia no solo tenemos una cicatriz como humanidad, sino que estamos viviendo un momento de transición en el que nada es igual a como lo conocimos antes.

Tan solo pensemos en el crecimiento exponencial de la tecnología y las redes de comunicación a raíz del confinamiento, algunos previamente ya realizaban ciertas actividades a distancia gracias a las videoconferencias, pero eran excepciones; hoy podemos ver edificios convertidos en pueblos fantasma ante la práctica del home office que, si bien ahora funciona en una modalidad híbrida (mitad en casa y mitad en oficina) redujo las oleadas de oficinistas por las calles.

Se nos habló durante meses (o se nos habla) del anhelado “regreso” como una bocanada de aire puro, como una señal de esperanza, como un paliativo ante el dolor del confinamiento y de la lejanía con nuestras actividades cotidianas, nuestros lugares favoritos y lo más importante: las personas que amamos y que no pudimos visitar durante meses enteros por miedo al contagio; pero no se nos dijo que tal regreso (del latín regressus acción de volver hacia atrás) no existe o al menos, no de la forma en que imaginamos porque no hay vuelta atrás.

Regresamos por las llaves olvidadas en la cómoda de la casa, por un delicioso café en la cafetería del barrio, el producto caducado; regresamos a la casa de nuestros padres o a la universidad a estudiar el posgrado, pero no regresamos a la etapa infantil (sería un retroceso) ni a la época medieval (mucho menos a la época prehispánica aunque hoy tengamos una avenida recién nombrada México-Tenochtitlan), simplemente porque –parafraseando a Ágatha Cristie–   “La esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida en realidad es una calle de sentido único”. Para muestra de ello, basta ver las escuelas en condiciones de abandono, los docentes que murieron a causa del COVID-19, las escuelas particulares que cerraron sus puertas: el mundo cambió.

Entonces ¿cómo regresar a un momento en el tiempo que no existe más? No se trata de un “regreso a la normalidad” puesto que tampoco tenemos certeza de que tal normalidad existiera antes de la pandemia. Regresar me suena más a la acción de revisar cuadro por cuadro la escena o escenas de una película (al mero estilo de formato VHS) y entonces sería un recurso de nuestra memoria para recordar, pero no existe tal regreso en la vida cotidiana; en todo caso, estamos aprendiendo un método diferente susceptible de mejora continua por novedoso e inusual para ciertos sectores como lo es la modalidad híbrida para clases mitad virtuales y mitad presenciales para las materias prácticas. 

El presente es hoy. No hay un regreso ni hay situación igual previa a la pandemia y por creerlo así es que muchos asumen que el riesgo se terminó y han relajado las medidas de bioseguridad (uso de cubrebocas, distancia mínima, toma de temperatura, quedarse en casa, vacunarse, acudir al médico ante el primer síntoma, etc.). El mensaje ha sido ambiguo y el riesgo es que cada quién lo asuma como mejor le parezca (o le convenga), porque si “regresamos” a las actividades presenciales, es posible retomar nuestra “vida de antes”.

Mucho ha ocurrido desde aquél 16 de marzo en que fuimos confinados en nuestros hogares. Hoy estamos frente a un nuevo escenario que requiere de nuevas habilidades, hábitos y costumbres, porque #laspequeñascosas que solían darle sentido a nuestra vida, hoy tienen y deben ser renovadas también para seguir adelante, siempre adelante.

 

Comentarios
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Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.  – Eduardo Galeano (1940 - 2015), escritor y periodista uruguayo. ¡La nueva era ya está aquí! El lenguaje, los usos y costumbres están cambiando. Hoy es posible hablar de aborto legal, de licencias por paternidad, de convivencia entre peatones, ciclistas y automovilistas, de inclusión y si bien queda mucho por hacer, nos enfrentamos a un cambio de paradigma apoyado en la ciencia y la tecnología; sin embargo, todo esto es el resultado de los pequeños pasos que hemos dado como humanidad a lo largo de los años y que nos han situado en el punto en que nos encontramos. La célebre frase “Es un pequeño paso para un hombre pero un gran salto para la humanidad”, pronunciada por el astronauta norteamericano Neil Armstrong al pisar la luna por primera vez en 1969, junto con la estrofa “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, del gran poeta Antonio Machado, son la muestra clara de que todo cuanto alcanzamos en la vida es resultado de una sucesión de pasos (cortos o largos), aunque haya que cruzar el universo para lograrlo o aprender a darlos como parte de una disciplina para ser escritoras, bailarinas, científicas, artistas o madres (y lo mismo para todos los géneros).  La enorme brecha que ha dejado la pandemia como resultado de la inactividad prolongada, nos ha permitido descubrir de qué estamos hechos como civilización y si bien muchos han visto sus vidas derrumbarse, algunos otros han sabido salir adelante, mantenerse o crear aún en medio de la crisis. 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Septiembre se ha convertido en el mes de los temblores, pero también es el mes de la patria al conmemorarse la Independencia de México y aunque hoy los reflectores están puestos en una reflexión en torno a la mexicanidad y la hispanidad: los españoles, los mestizos, la Conquista, pueblos indígenas. No obstante, lo cierto es que en México existen todavía rincones con tradiciones y costumbres arraigadas porque somos resultado de una fusión de culturas no exclusivas de Europa y de eso está construido nuestro folklore, sus danzas, su música y sus autores. 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