Las pequeñas cosas: prisa

La prisa provoca que nos sumerjamos  en una carrera por producir, lograr, destacar, adquirir, demostrar, consumir… mientras la vida se pasa sin que nos demos cuenta.

15 de noviembre, 2021

“La rapidez que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa.”

 – Gregorio Marañón (1887 -1960), médico y escritor español.

Lunes, que parece domingo entre semana (aunque suene a chiste), para disfrutar de un Buen Fin con ofertas comerciales por todas partes y con ello la sensación de que es cuestión de vida o muerte comprar todo cuanto se pueda (que no para lo que alcance) con el aguinaldo, que por cierto muchos no han cobrado todavía y otros ni siquiera cobrarán (por obvias razones pandémicas). 

Cuando renuncié a mi vida laboral también lo hice a la idea de “nómina”, “quincena”, “aguinaldo”, “fin de semana”, “vacaciones” y todo ese argot laboral que utilizan quienes ocupan un lugar en las oficinas de esta ciudad, pero a cambio, disfruto de periodos vacacionales en momentos en los que todos laboran y de prestaciones que ningún puesto de organigrama otorga porque el mundo laboral funciona con fórmulas distintas a la vida cotidiana que lo hacen parecer enemigo de lo importante y esencial.

Hace algunos días leí un tweet que me hizo reflexionar respecto a la actual cultura laboral: “¿Qué tal esto? México es de los países en los que se trabaja más horas al día. Pero esto es algo que tendrían que cuidar las empresas. No tendría que llegar hasta el Estado para ponerle un alto”. El mensaje se refería a una noticia que informaba respecto a que Portugal hace ilegal que los jefes envíen mensajes fuera del horario laboral como una nueva política para el “teletrabajo”, algo muy lejano de suceder en nuestro querido México en tiempos en los que (y cito al personaje de Mafalda) “Como siempre, lo urgente no deja tiempo para la importante”. 

Y ¿qué es eso importante? Para algunos será su familia, para otros la salud, algunos pensarán en su pareja y otros más en la reunión de jueves con los amigos, pero también lo es el descanso, la alegría, el momento del ocaso, la sonrisa de nuestro hijo al nacer o el abrazo de quien amamos: todo eso que nos perdemos por la manía de la prisa (de priesa = prontitud y rapidez, necesidad o deseo de ejecutar algo con urgencia), creyendo que por ir más rápido somos más productivos. Olvidamos que ni “Roma no se hizo en un día” ni la semilla florece al día siguiente de ser sembrada.

En 2006 se estrenó “The Devil Wears Prada”, una comedia estadounidense que más tarde se volvió entrañable para el gusto popular y el cine comercial gracias a la entonces consolidación actoral de Meryl Streep y Stanley Tucci (actores principales del filme). En el clímax hay una diálogo entre Tucci y Hathaway en el que escuchamos decirle: “Avísame cuando toda tu vida esté arruinada, será el momento de un ascenso”. En las siguientes escenas, vemos cómo Andy (el personaje de Hathaway) alcanza el máximo nivel en su rango pero en contraste, descubre el entramado que exige el mundo laboral con jefes muy demandantes, horarios extremos, sacrificios personales e incluso, la pérdida de valores; lo cual no está dispuesta a sacrificar y decide renunciar para dedicarse a lo que realmente la apasiona. El guion está basado en la historia real de la asistente de Anna Wintour (editora de Vogue) y de él pueden desprenderse diversas lecciones pero eso será en otra colaboración.

Lo cierto es que vivimos de prisa, casi contra reloj sumergidos en una carrera por producir, lograr, destacar, adquirir, demostrar y un largo etcétera que nos separa de #laspequeñascosas de la vida y nos empuja a creer que un Buen Fin es sinónimo de aprovechar las “mejores ofertas del año”, pasar horas encerrados en centros comerciales y gastar lo poco o mucho que hemos ganado en el último año pandémico.

De la pluma de Virginia Wolf: “No hay prisa. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie salvo uno mismo”. Se decía que la pandemia nos dejaría grandes lecciones de vida, que marcaría un cambio de paradigma para todos; tal vez así fue o tal vez no, cada uno que juzgue según su experiencia, lo cierto es que bien podemos aplicar eso de “Vísteme despacio que llevo prisa” porque esta experiencia se trata de vivir y no de sufrir.

A manera de colofón: Se cumplen veinte meses desde que fuimos confinados en nuestros hogares a causa del COVID-19 y en distinta proporción tenemos una cierta necesidad de libertad, de divertirnos, de distraernos y de salir pero seguimos en pandemia, el virus sigue ahí fuera y desbordarnos ahora puede traer lamentables consecuencias. ¡No bajes la guardia!

Comentarios
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Entre muchos de ellos, algunos de los más relevantes que podemos encontrar son: La risa en las aulas: construyendo un sentido del humor positivo Cuando hablamos de educación y, especialmente, de reír juntos en al aula, debemos considerar que no solo se trata de reírnos juntos, ni de hacerlo por cualquier motivo (incluso pueden darse casos de docentes reacios a promover la risa en el salón de clases por temas a los chicos que aprovechan la situación para hacerlo a expensas de lastimar a otros compañeros), sino que necesitamos comprender que, además de reír, el aspecto más importante en el proceso de formación de nuestros alumnos, es enseñarlos a construir un sentido del humor positivo, que les permita encontrar el lado bueno de las cosas, transformar las dificultades en oportunidades y crecer con una sana autoestima como personas resilientes. Algunas estrategias que podemos poner en práctica en las sesiones de clase y que además ayudarán a desarrollar otras habilidades como el pensamiento figurativo, la imaginación, la creatividad, el trabajo en equipo, la redacción, la gramática o la ortografía, son:
  • Contar chistes de manera cotidiana en tiempos establecidos.
  • Dedicar 10 minutos a escribir cosas divertidas.
  • Hacer que los niños expliquen por qué son divertidas.
  • Escribir algo que ocurrió y ponerle un título positivo.
  • Cambiar cualquier cosa negativa en positiva.
  • Hacer listas de cosas graciosas.
  • Jugar juegos como “caras y gestos” o “teléfono descompuesto”.
La sociedad de la pandemia: volver a reír para reconstruir Cierto es que cuando no se tienen suficientes herramientas socioemocionales, los sucesos adversos pueden destruir con facilidad el espíritu, la fortaleza y, sobre todo, el buen humor de las personas e incluso de una sociedad entera; pero más cierto aún es que “un niño feliz siempre será un adulto fuerte y emocionalmente sano”. Hoy, todos podemos darnos cuenta de cómo la pandemia nos ha mermado física y espiritualmente (quizá nos sentimos agotados, cansados, enojados, apáticos o frustrados ante las circunstancias), pero también podemos ver que tenemos aún la fuerza y los ánimos suficientes para recuperar lo que hemos perdido en términos de estabilidad emocional y actitud ante la vida. Los colegios, por supuesto, tenemos el poder y la obligación de reconstruir el corazón de nuestros niños y jóvenes y devolverles las ganas de reír, el sentido de gratitud y el ánimo de ver siempre lo bueno de la vida y seguir adelante. 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