Las pequeñas cosas: fe

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.” ...

5 de abril, 2021

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.” 

– Madre Teresa de Calcuta / Misionera libanesa, naturalizada india (1910 – 1997).

El primer trimestre del año llegó a su fin y el mes de abril se asoma tímidamente entre vacacionistas pandémicos, campañas de vacunación a las personas de la tercera edad, spots políticos sin nada nuevo que ofrecer y de la mano con la celebración de la Semana Santa y la Pascua marcada por la religión cristiana, lo cual nos obliga a hacer una pausa (aunque sea simbólica) en nuestras rutinas diarias. Hace algunas décadas, este periodo vacacional se distinguía por la ausencia de actividades y los llamados “días santos” carecían de comercios abiertos, por lo que había que abastecerse lo suficiente para sobrevivir, pues era un tiempo dedicado a la oración y a una serie de ritos religiosos que se han ido disolviendo con el paso del tiempo.

Sin duda, la pandemia nos ha cambiado los usos y costumbres. Este es ya el segundo año que la representación del viacrucis realizado en el Cerro de la Estrella en la alcaldía de Iztapalapa se transmite por televisión sin público presencial. Las misas también siguen con restricciones, pero de todo este “tiempo de guardar” como solían llamarlo nuestras abuelas, surge el momento ideal para revisar lo que pasa con nosotros, en nuestro entorno, con nuestras familias y en el mundo entero. Por ello cabe preguntar ¿qué es la fe?

Originaria del latín fides (lealtad, fidelidad), la fe es la seguridad y/o confianza en una deidad, cosa, doctrina, enseñanza, religión o filosofía sin la necesidad de contar con evidencias que demuestren la veracidad en lo que se cree. Tal vez hemos escuchado aquello de “tener fe ciega” y que llevado al extremo puede derivar en fanatismo (pero esa es otra historia que atañe principalmente a la religión y la política) o quizá nos suene familiar eso de que la “fe mueve montañas” cuando escuchamos hablar a los coaching en desarrollo humano o en la “fe que nos salva” cuando creemos que todo está perdido. Leon Tolstoi (escritor ruso) escribió: “No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”. Para quien ha desarrollado un pensamiento lógico matemático puede resultar difícil aceptar la fe porque todo tiene una explicación racional; sin embargo, necesitamos de la fe como quiera que la entendamos o la apliquemos o la representemos pese a ser algo intangible e inmaterial porque le da sentido a nuestra existencia y nos mantiene de pie, aunque Bertrand Russell (filósofo y escritor británico) advirtiera que al hablar de la fe se sustituía la evidencia por la emoción lo cual ponía en riesgo la razón dando lugar al proselitismo e incluso, la guerra. Desde el budismo, la fe es parte esencial de las enseñanzas de Gautama Buda y se describe como la convicción de que algo es una determinación de lograr las metas personales que da como resultado un estado de dicha y satisfacción. 

Tras un año de confinamiento total o parcial según se esté viviendo, es oportuno preguntarse si hemos sobrevivido gracias a nuestra fe cualquiera que esta sea, a pesar de los contagios, del desempleo, de la crisis económica, de las defunciones, de las múltiples pérdidas que hemos sufrido en mayor o menor grado. Hace algunos años asistí a un evento que consistía en una serie de ponencias en torno a la maternidad. Ahí escuché a una reconocida maestra de yoga que cerró su intervención diciendo: hay algo allá arriba (gráficamente sobre nuestra cabeza) que nos trasciende, pueden llamarlo Dios, universo o energía pero es lo que nos mantiene vivos más allá de respirar y existir. Y hoy lo podemos confirmar porque pese a todo, seguimos vivos y tal como escuché en alguno de los filmes o documentales que miré en estos días de inactividad simbólica: si estamos vivos hasta el día de hoy, algún propósito debemos tener.




Es en #laspequeñascosas que se haya la sustancia de la vida, la fe no se refiere únicamente a lo religioso, es primordial tener fe en nosotros mismos, en nuestra capacidad para encontrar soluciones y aprovechar oportunidades para seguir adelante, siempre adelante.

 

Comentarios
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valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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A lo largo del día, las personas sentimos emociones muy diferentes y experiencias distintas capaces de desestabilizarnos en menor o mayor medida en función de la gestión que hagamos de ellas. Estas van a  estar vinculadas a nuestras propias capacidades como persona, a nuestra autoestima y a nuestra propia autoconfianza. ¿Cómo cuidar la salud emocional? La calidad de vida es un concepto amplio que abarca tanto el bienestar personal como el social, pasando por el bienestar de nuestro entorno físico, mental y también emocional. Por tanto, el concepto de bienestar emocional recoge la importancia de cuidarnos como seres humanos desde la visión más holística, es decir, cuán importante es atender a la ausencia de enfermedad como al tratamiento en caso de que aparezca; y cuán primordial es prestar atención al cuidado de nuestro cuerpo como a los sentimientos, a una dificultad emocional o la tolerancia de una experiencia negativa que pueda acontecer en cualquier momento de la vida.  Debido al COVID-19 se ha visto afectada  la vida de millones de personas en el mundo. La adolescencia y la juventud presentan serias afectaciones de manera especial. Experiencias que antes eran comunes, como asistir a la escuela, salir con amigos, ir al cine, practicar deportes, etc., se han limitado por la emergencia sanitaria que ha provocado el cierre de escuelas, espacios sociales, distanciamiento y la mínima interacción física posible. Al desafío de enfrentar el confinamiento, se suman el miedo al contagio y la incertidumbre por el futuro. En situaciones como estas, es normal sentir emociones como tristeza, enojo, frustración, ansiedad, entre otros. A todas las personas y en especial, a los y las adolescentes y jóvenes que están atravesando momentos de estrés, queremos decirles que no están solos y que hay cosas que pueden hacer para sentirse mejor.  Algunas recomendaciones para cuidar el bienestar emocional
  1. Reconoce tus emociones. No ignores tus sentimientos. Sentir tristeza o enojo es normal, no te exijas estar siempre positivo o feliz. Escribir sobre tus sentimientos puede ayudarte a comprenderlos de mejor manera. Escribe en un papel o haz notas mentales expresando cómo te hace sentir tu nueva rutina diaria.
  2. Piensa en lo que puedes hacer para distraerte. Cocina, baila, mira películas, lee un libro, participa en retos saludables, ejercítate desde casa o juega con tus amigos en línea. Haz cosas que te hagan feliz, el crear distracciones es una buena forma de enfrentar  la tensión emocional.
  3. Mantén el contacto con tus seres queridos. Ponte en contacto con un amigo o amiga, tus padres, un profesor o algún adulto de confianza para hablar sobre cómo se siente cada uno. Conversar con alguien te ayudará a sentirte mejor y a cuidar tu bienestar emocional.
  4. Fíjate en las cosas buenas. Aunque no todos los días sean buenos, se puede encontrar algo bueno en cada uno. Cada noche, antes de dormir, piensa en algo por lo que estés agradecida o agradecido, aunque sea algo pequeño, el hacerlo te hará sentir mejor.
  5. Sé amable contigo y con los demás. Recuerda que cada persona está viviendo la pandemia de diferente manera. Debemos tener en cuenta que lo que compartimos o lo que decimos puede afectar a los demás. Ahora más que nunca, necesitamos ser solidarios y apoyarnos mutuamente.
  6. No descuides tu salud. Tu cuerpo experimenta y reacciona a cómo te sientes. Aliméntate bien, mantén hábitos saludables y pon atención a las sensaciones en cada parte de tu cuerpo. Fíjate si sientes cualquier tipo de tensión, dolor o presión, desde la cabeza hasta llegar a los dedos de los pies. Reconocer dónde sientes tensión puede ayudarte a liberarla.
Cada individuo tenemos el compromiso de mantener una salud integral y cuidar de esta manera nuestro entorno, es decir, a las personas con las que a diario interactuamos. Para mantener una salud emocional, independientemente de las circunstancias que se presenten se va a requerir de nuestro esfuerzo y actitud en la vida cotidiana, ¡si te cuidas, cuidas a los demás! Referencias https://quierocuidarme.dkvsalud.es/ocio-y-bienestar/salud-emocional  https://www.unicef.org/ecuador/historias/c%C3%B3mo-cuidar-tu-salud-mental-en-tiempos-de-pandemia  Contacto [email protected]  https://www.facebook.com/draelizabeth.cruzgarza.9         https://www.facebook.com/RIEHMTY/  www.ruizhealytimes.com @DraElizabethCr1" ["post_title"]=> string(29) "¿Qué es la salud emocional?" 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A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. Terapia sexual con Gestalt, Primera Edición, México, Pax,  2020, P. 43" ["post_title"]=> string(49) "Era Covid: Liderazgo y Conciencia de Ejemplaridad" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(48) "era-covid-liderazgo-y-conciencia-de-ejemplaridad" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-16 16:48:55" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-16 21:48:55" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64183" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(10) ["max_num_pages"]=> float(5) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "f2f3019bc4875b1214936847a118c259" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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