Las pequeñas cosas: en lata

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12 de julio, 2021 Las pequeñas cosas: en lata

“Las etiquetas son para las latas no para las personas”. 

– Eslogan publicitario

 

La sopa, las verduras, el atún, la soda, el jugo, el aceite de oliva, la sardina, la fruta en almíbar, la cerveza, las galletas, los chiles, el café y hasta el cine pueden enlatarse porque todo cabe en una lata sabiéndolo acomodar. Existen latas inigualables, la de Coca-Cola sigue siendo irresistible o la de Campbell inconfundible y ambas aportan una sensación de tener la vida resuelta con solo abrirlas, pero la vida no está disponible en una presentación en lata, la vida simplemente es y ocurre mientras caminamos por una acera y nos encontramos una flor caída en el piso o una pluma de ave o una moneda de un peso o a un anciano platicando con su nieta en un café. Todo ello ocurre mientras seguimos en un eterno periodo pandémico. Y ¿qué hacer?

Parece increíble poder decir que ha transcurrido un año y cuatro meses desde que fuimos recluidos en nuestros hogares lejos de lo que llamábamos vida y hoy nos miramos en la calle entre cubrebocas, evitamos darnos la mano, abandonamos los cines, restaurantes, museos, plazas públicas, centros culturales, librerías, tiendas, lo dejamos todo. Y es que quizá resulte que estábamos acostumbrados a una vida en lata disfrazada de autos del año, casas en las que sólo dormíamos, oficinas, escuelas o bares que bastaba con abrir para sentir que lo teníamos resuelta la vida y entonces, llegó la pausa obligada.

No pretendo repetir lo que han dicho los especialistas ni hacer pronósticos (buenos o malos) respecto a lo que nos depara la COVID-a (como algunos la llaman), sino insistir en eso que está más allá de la vista y que a veces parece parte de la escenografía de nuestra vida, pero que tiene una intención si tenemos la sensibilidad para detectarlo.

Hace unos días leí en Twitter un pequeño relato: Una persona “N” llegó a un restaurante “X” en Toluca, el sitio estaba concurrido y le pidieron esperar, después de ella llegó una pareja de ancianos a los que pasaron de inmediato, la pareja le ofreció a la persona “N” un lugar en su mesa y ella aceptó; pasaron un rato magnífico, salieron a caminar un rato después del almuerzo compartido, se contaron anécdotas, intercambiaron números y la persona “N” declaró haberse sentido entre familia. El restaurante “X” pertenece a una familia muy cercana a mí y me dio un gusto especial que una historia tan peculiar lo hubiera tenido como escenario, compartí la historia y el círculo se cerró porque de lo que se trata es justo de recuperar los espacios, las relaciones y la vida no como era sino como es de forma natural, una vida en la que es posible conectar con extraños y en la que cada momento trae sus experiencias, sensaciones y emociones si nos damos el tiempo para valorarlo.

Ojalá que se pudiera encontrar la felicidad, el éxito o el amor en lata, pero no es posible no solo por tratarse de cuestiones intangibles, sino porque cada uno tiene especificaciones precisas y cambian de persona a persona justo porque no estamos hechos en serie (aunque la gestación in vitro o la clonación hagan parecer que sí) y porque 235ml de vida enlatada no alcanzan para descubrir la belleza de un atardecer o sentir la lluvia en la cara o reírse a carcajadas con una película de comedia o para llorar un profundo dolor o para enamorarse, hace falta más, mucho más.

¿Cuántas veces en la vida nos hemos quedado enlatados? En contraste a lo fast que puede significar la presentación en lata de ciertos alimentos o bebidas, se dice que aquello que causa hastío y disgusto se convierte en una lata y si llega al extremo de convertirse en fastidioso, molesto o pesado, se trata, sin duda, de algo o alguien latoso (como los trámites burocráticos). Nos quedamos enlatados cuando no tenemos más posibilidades, cuando nos achicamos, cuando caemos en la apatía, cuando hacemos las cosas pese al disgusto que puedan provocarnos o nos resignamos a ser uno más en el anaquel, a disposición de alguien más. 

Seguramente la próxima vez que abras una lata, tu experiencia será diferente después de haber leído esto, igual que ocurre siempre que ponemos atención a #laspequeñascosas de la vida.

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Hay días en que no ocurre nada o que simplemente la creatividad está de vacaciones. Uno de esos días ocurrieron esta semana porque soy una simple mortal a quien se le descompone el refrigerador, la regadera del baño y el boiler como cualquier ciudadana que habita en un condominio exclase mediero con más tintas de convertirse en sucursal de barrio bajo que de prosperar y regresar a sus buenos tiempos. 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Además de constituir un grave riesgo psicológico, se ha convertido también en un fenómeno social que altera el ritmo “sano” de la vida de adultos jóvenes (generalmente, entre los 25 y los 45), pero principalmente de los adolescentes, quienes se encuentran aún en la búsqueda y construcción de una identidad propia. Las causas Desde que las redes sociales forman parte de nuestras vidas, diversas actitudes, comportamientos, hábitos, conductas y, lo más importante, aspectos esenciales de nuestra salud psicológica, se han visto influenciados, modificados y, en el peor de los casos, afectados por la interacción, demanda y reconocimiento que supone el mero hecho de ser parte de ellas. 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De esta forma, ese mundo cibernético al que accedimos, inicialmente con la intención de hacer amigos, divertirnos, informarnos, comunicarnos, estar al día o trabajar, va convirtiéndose en una “pequeña prisión infernal” que, de acuerdo con los especialistas, puede llevarnos a desarrollar diversos trastornos psicológicos y/o mentales.  En el caso de los adolescentes y según un estudio realizado por la agencia de publicidad multinacional JWT, aproximadamente el 40% de los encuestados reportó experimentar intranquilidad, angustia, miedo o ansiedad, con frecuencia o de vez en cuando; cifra que los expertos pronostican irá en aumento si no se toman cartas en el asunto. Los síntomas Además de la imperiosa necesidad de estar conectados permanentemente a los dispositivos electrónicos (incluso en comidas, trabajo o escuela, al manejar, en el baño o al “dormir”) y contar con internet activo, quien padece de FOMO manifiesta, entre otros síntomas:
  • Baja autoestima, altos niveles de insatisfacción social, inseguridad personal, habilidades comunicativas poco desarrolladas (todo esto aun cuando parezca contradictorio, dada la falsa autoimagen “atractiva e ideal” presentada en las redes). 
  • Gran ansiedad de estar al tanto, en todo momento, de qué hacen los contactos a los que se sigue y quienes lo siguen, ver qué hacen, que dicen, a dónde han ido y comprobar si han dejado likes o mensajes (aún en los casos en que dichas acciones ni siquiera demandan una respuesta).
  • Angustia extrema por responder de inmediato, por la creencia de que, de no hacerlo, se perderá cosas importantes y quedará fuera de la conversación.
  • Incapacidad de apagar o dejar lejos el teléfono móvil (esto último reconocido también, oficialmente, como otro trastorno psicológico denominado nomofobia).
  • Presencia de otros síndromes, como el de la alerta o llamada fantasma, que consiste en percibir sonidos ilusorios, que se cree salen del móvil, como la notificación sonora de un mensajes o likes, combinado después con la desilusión de descubrir que no hay nada nuevo en el teléfono.
  • Más allá del deseo natural de “pertenecer”, verdadero pánico de ser excluido socialmente.
  • Inversión excesiva del tiempo que se pasa en las redes sociales.
  • Necesidad constante de mostrar lo que hace o piensa (a dónde va, qué come, qué ropa usa, qué le sucedió, etc.).
  • Comportamientos y actitudes compulsivas, obsesivas e incontrolables para evitar, a toda costa, estar offline.
  • Aceptación de todas las solicitudes de amistad recibidas, así como para todas las fiestas y eventos, por temor a perderse de algo o sentirse excluido.
  • Pérdida de la capacidad de “vivir el momento” porque todo el tiempo “deben” tomar fotografías o grabar videos para poder compartir sus “experiencias” de manera inmediata.
  • Malhumor, enojo, irritabilidad y aislamiento como consecuencia de los reclamos o reproches de familia o amigos (mejor me encierro para poder seguir conectado y no perderme de nada). En los entornos laborales esto puede llevar, incluso, a la pérdida del empleo.
  • Desarrollo de distorsiones cognitivas que provocan la pérdida del sentido de realidad, deteriorando la visión crítica de lo que es realmente ficción o un hecho relativo en un contexto mucho más amplio, desconocido, que el que aparece en la pantalla.
  • Sensación (o certeza) de que todos los demás son más atractivos, tienen vidas más interesantes o felices que la propia.
  • Pérdida o alteración de los ciclos de sueño y horarios de alimentación, para poder permanecer online.
  • Desarrollo de ideas erróneas en cuanto a la formación de vínculos y el apego  (se cree que se tienen vínculos más íntimos con los contactos o “amigos virtuales” de lo que realmente son).
  • En los casos más graves: ansiedad incontrolable, depresión profunda, estrés (con manifestaciones físicas y psicológicas) aislamiento (físico) total, violencia física, verbal y psicológica, e ideas o consumación de un suicidio.
Las soluciones Aunque, como todo lo referente a la mente humana, cada caso tendrá sus particularidades propias, algunas de las estrategias que podemos utilizar para apoyar a nuestros hijos son:
  • Ayudarlos a darse cuenta de que lo presentado en las redes es sólo una interpretación (e inclusive, una distorsión) de la realidad, a partir de las propias experiencias que ellos publican (comparando su realidad con lo que postean, por ejemplo).
  • Involucrarlos, tanto como sea posible, en actividades que les ayuden a vivir en el aquí y el ahora (paseos, juegos o actividades varias en familia, leer, ver películas, pasear a las mascotas, etc.).
  • Mostrarles la importancia de dar prioridad a las personas.
  • Reducir, gradualmente, la utilización de smartphones, tablets, computadoras o cualquier otro dispositivo con internet.
  • Plantear metas que deban cumplir a corto plazo y con fechas límite: proyectos personales, tareas de casa, metas familiares comunes, etc.
  • Establecer horarios u ocasiones familiares “sin internet o dispositivos” (que deben aplicarse a todos los integrantes de la familia).
  • Enseñarles, con límites amorosos y razonables, a tolerar la frustración.
  • Mostrar el valor de tomar decisiones y asumir consecuencias.
  • De ser necesario, buscar ayuda de profesionales en el campo.
“Ni tanto que queme al santo…” No se trata de satanizar a las redes, ni mucho menos a la tecnología, sino de enseñar a nuestros hijos, tan tempranamente como podamos que todos los excesos acarrean consecuencias negativas, que estas herramientas deben estar a su servicio y no al revés y, lo más importante que la clave del bienestar es encontrar un equilibrio adecuado entre todos los aspectos que integran la vida de un ser humano. Por ello, y como en muchos otros temas que nos preocupan como padres y docentes, la clave se encuentra en brindar a los niños una educación de calidad, que, al tiempo que se preocupe por desarrollar la inteligencia, brinde una verdadera formación socioemocional que les permita autoconocerse, autorregularse y sentirse seguros de su identidad, sus talentos y sus capacidades. 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Descansar, regenerarse del impacto de una cruel y despiadada pandemia que no da tregua pero que nos ha golpeado de múltiples de formas, dañando no solo nuestra salud física sino también la salud mental y estamos cansados, hartos, hastiados, frustrados y sin esperanzas, porque no hay para dónde moverse y si el movimiento no es posible hay que buscar otras formas de movimiento como la flexibilidad del pensamiento para encontrar #laspequeñascosas que le dan sentido y sustento a la vida más allá de la fertilidad que todo terreno debe tener. Las pausas son necesarias en tanto nos ayudan a reconstruirlo todo de forma interna y externa.  A manera de colofón. Hemos corrido creyendo que podíamos retomar nuestras vidas, lo cierto es que nada es igual y que vale la pena replantearse los pasos a seguir en medio de una guerra que no es sólo bélica sino mental y de actitud porque vivimos peleados con un montón de cosas que vienen del exterior y que no podemos controlar. 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Las pequeñas cosas | Barbecho

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