Las pequeñas cosas: el inicio del camino

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22 de febrero, 2021

Seguir el rastro de las pequeñas cosas no es tarea fácil. En este espacio hemos apenas explorado los significados de ciertas palabras que resultan clave para acercarnos a uno de los procesos esenciales para el ser humano: la comunicación.

Así es como hemos seguido el rastro de la ficción, la esperanza, la contemplación, la conexión y de la palabra misma, pero si consideramos que todas ellas son términos con los que apenas alcanzamos a representar lo que percibimos, entonces será que nos encontramos al inicio del camino en tanto que se trata de meros simbolismos y parte del lenguaje que utilizamos cotidianamente.

Por ello, más allá de las palabras y también a partir de ellas es que nos vinculamos con el mundo interno y externo, a pesar de las imprecisiones en el plano de la definición. Sabines nos dijo en su poema “Espero curarme de ti”: “…las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada (…) Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho ‘ya es tarde’ y tú sabías que decía ‘te quiero’.” 

Como no creo en las coincidencias sino en las sincronías, mi interés por las pequeñas cosas me ha llevado a textos que abordan la palabra desde diversas aristas: comunicación, lenguaje, psicología y literatura. Todas ellas con notorias coincidencias y con particularidades muy específicas al mismo tiempo, pero que han reforzado mi pensamiento inicial: es en las pequeñas cosas que se haya la esencia humana.

Pensemos, por ejemplo, en el proceso de aprendizaje y el recorrido desde la percepción hasta la cognición o en la creación de una sinfonía que empieza con una nota musical hasta convertirse en una manifestación artística capaz de llegar a las entrañas emocionales de quienes la escuchan; también podríamos pensar en una pequeña mariposa y el efecto de su aleteo o en lo molesto de una mosca volando mientras escribo este texto.

En ese sentido es que me refiero a las pequeñas cosas de la vida. Hace dos semanas, una lectora me compartió por Facebook su experiencia al contemplar el movimiento de las aves que visitan el bebedero instalado en su jardín y que, confiesa, nunca se había detenido a observar. Pues bien, de eso se trata esta colaboración semanal que comparto con los lectores de este espacio: de hacer una pausa y elevar el nivel de conciencia para permitirnos observar todo cuanto nos rodea: las palabras que expresamos, el lenguaje que utilizamos, los colores que elegimos al vestir o decorar nuestro hogar, la razón por la que elegimos diseño y no ingeniería o de por qué disfrutamos una función de cine y no una tarde de jardinería; de cómo hemos librado la batalla en un contexto pandémico y cuáles son los recursos con los que contamos para seguir adelante.




Todo ellos nos dará la pista para identificar nuestro lugar y objetivo en este mundo, le dará sentido a nuestra existencia y no diré que nos aportará felicidad, pero al menos, nos dará la seguridad de que somos congruentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos.

En “Informe para una Academia” de Franz Kafka podemos leer: “Hoy solo puedo expresar mis sentimientos de simio con palabras humanas, por eso hago esta observación, pero aunque ya no pueda volver a conectarla con mi antigua condición simiesca, por lo menos sí se asemeja, sin duda alguna, a la descripción que les estoy ofreciendo”. 

Voltear la mirada a #laspequeñascosas como acto subversivo y reflexivo, no porque nos encontremos en la antesala de la destrucción humana sino porque puede ser que estemos a un paso de abandonar nuestra esencia y tal vez –y solo tal vez– detenernos un poco en el acelerado túnel de la tecnología nos salve de perder el gozo por todo aquello que nos da la experiencia y que nos vincula con el exterior para enriquecer nuestra existencia.

En el libro El mundo visto a los 80 años, Santiago Ramón y Cajal escribe: “Lo más desagradable del automóvil es el escamoteo del paisaje. La celeridad suprime el encanto de la contemplación”.

Comentarios
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Los expertos en economía aseguraban que esta dinámica era imposible de detener sin que el mundo colapsara. En cierto sentido tenían razón, pero al mismo tiempo la crisis actual demuestra que esas estructuras, si bien asentadas con raíces profundas y poderosas en nuestro modo de ser civilizados, son susceptibles de ser transformadas.  En su libro ¿Ya es mañana?, Ivan Krastev reproduce lo expresado por la cineasta y activista Astra Taylor: “La respuesta a la pandemia del coronavirus nos ha mostrado una realidad muy sencilla, la de que todas esas medidas políticas que nuestros gobernantes llevaban años diciéndonos que eran imposibles e impracticables, al final son perfectamente posibles y practicables (…) Ahora sabemos que ciertas “normas” con las que nos hemos manejado no eran necesarias (…) Estamos ante una oportunidad sin precedentes, no solo para pulsar el botón de pausa y aliviar temporalmente el daño, sino también para cambiar las normas de una vez y para siempre2”.  Sin duda intuíamos lo desmesurado de los retos –cambio climático, desigualdad, violencia, narcotráfico, devastación ecológica, injusticia, etc.– y lo complejo y riesgoso de abordarlos con seriedad, lo que nos ha conducido a posponer una y otra vez las posibles soluciones.  La Era Covid, quizá no de muy buenas maneras y haciéndonos pagar muy altos precios, nos obligó a detenernos. Y ahora, más preocupados por arrancar de nuevo y alcanzar las velocidades previas a la crisis, como si nada hubiese ocurrido, que convencidos de lo erróneo que sería postergar de nuevo la atención a los problemas más serios que enfrentamos y que nos ponen en peligro como especie, nos negamos a reconocer que ese mundo Pre-Covid ha dejado de existir tal y como lo conocíamos.; sin embargo, nos guste o no, estamos en plena construcción de una realidad global y nacional nueva y para ello se requieren liderazgos competentes y eficaces en todos los ámbitos del quehacer humano.  A lo largo de varias semanas hemos explorado en este espacio algunas de las competencias más importantes que debe tener un líder dispuesto a enfrentar los escenarios y desafíos que la pandemia y el propio siglo XXI pone ante nosotros.  Aunque los artículos anteriores están pensados en gran medida desde la perspectiva del liderazgo político, lo cierto es que las facultades descritas resultan indispensables para gestionar nuestra propia vida, pero sobre todo para encabezar cualquier proyecto donde busquemos convencer con nuestras capacidades, encabezando cualquier tipo de iniciativa, en especial si busca e influir en la conducta o en las idea de los demás.   A mi juicio, cada una de las cuatro facultades propuestas para un liderazgo dinámico y eficaz ante los retos globales que se nos presentarán, con pandemia o sin ella, exigen el desarrollo de una virtud específica que los posibilita.  En el caso de la primera competencia, “Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana” la virtud asociada es la “empatía”. Quien asuma liderazgos en estos tiempos habrá de enfrentar un mundo complejo, construido a partir de sistemas interdependientes entre sí, pero donde dichos sistemas estarán formados por seres humanos que sienten, que piensan y que sueñan con una vida plena y con oportunidades. Por ello, esta comprensión global de la civilización se traduce en esa capacidad para entender al otro, de ponerse en su lugar y para tomar decisiones –ya sean populares o impopulares– que tomen en cuenta la forma más humana de hacer evolucionar los sistemas que impulsan el desarrollo integral de las comunidades. Para ejercer con profundidad una genuina “Capacidad de cambio, adaptación y rectificación”, la virtud necesaria es la “humildad”. Para encarar el cambio, la adaptación y la rectificación, el líder del Siglo XXI necesitará saberse falible, reconocer sus límites, escuchar a otros, entender que la tenacidad y la obcecación sólo son virtudes cuando se centran en una meta final que busca el bien común, pero que son defectos monumentale cuando se asume que hay una sola manera de hacer las cosas –la mía–, y peor aun cuando se padece esa variedad de ceguera que impide reconocer el momento oportuno en que las circunstancias cambiantes nos orillan a modificar el método, el camino o el rumbo en aras de conseguir esa meta original.   En el caso de la “Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto”, la virtud asociada es la “confianza”. Pero no una confianza narcisista que convenza al líder de que encarna la única gran solución para el mundo, sino una confianza mucho más profunda, asentada en la comprensión y aceptación de los sistemas y procesos que conducen a la sociedad. Asumir un mundo incierto y gestionar el liderazgo desde ahí requiere una confianza existencial que lleve la lógica y la racionalidad un paso más allá de los evidentes límites de la comprensión propia pues nadie tiene todas las respuestas. En el punto anterior hablábamos de la humildad para reconocer nuestras limitaciones, aquí se trata de ir aun más allá, de entregarse a una especie de paradójica certeza gracias a la cual, ante la completa incertidumbre respecto a lo que nos deparará el futuro, de algún modo “sabemos” que el propio proceso evolutivo desplegará la inteligencia inherente que posee y que de algún modo nos ha traído hasta aquí. A lo largo de nuestra historia hemos alcanzado niveles de desarrollo y civilización imposibles de pensar como resultado del esfuerzo de individuos aislados, de primates erguidos que malamente pueden sobrevivir solos, pero que crean civilizaciones completas a partir de sus méritos particulares. No, los seres humanos hemos construido lo que tenemos –tanto lo positivo como lo negativo– a partir de un devenir colectivo, de una suma de esfuerzos y aprendizajes y no de la inspiración mágica de un puñado de iluminados. Es verdad que en esos procesos hemos vivido –y seguimos viviendo– terribles ejemplos de violencia, destrucción e injusticia, pero el líder genuino sabe que están plenamente compensados por el conocimiento, la belleza, la empatía, la entrega, la compasión y la bondad que los seres humanos desplegamos cada día en cada rincón del mundo y que por ello es razonable confiar en que, si cada uno hacemos lo que nos toca, nuestro impulso de especie nos conducirá a las soluciones apropiadas. Y por último la “Consciencia de Ejemplaridad”. En este caso la virtud asociada es la “congruencia”. Un líder genuino piensa, dice y actúa de manera coherente en todos los aspectos de su vida. 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Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Krastev, Ivan, ¿Ya es mañana? 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Recibió sus vacunas y vino a pasar una temporada con nosotros. Después de más de un año salió de su casa para volar a otro estado y a otro país.  Como experimento y sin saber si funcionaría, en casa hice para ella un espacio de estudio con su escritorio, silla ejecutiva, libretas, lápices, colores, un rompecabezas de piezas grandes, libros y música. Verse en el espejo: quien ella fue, quien está siendo y quien será porque ella cree en su futuro y lo planea. Había que jugar a los olvidos y reírse de los disparates. Inventar historias del futuro e imaginar cosas que no existen. Sentirse completa con sus 90 y reírse porque guardó los dientes en el estuche de los lentes. Escribir con las manos en sentido contrario porque la artritis le desvió los dedos y leer en voz alta para escuchar la voz y sentir la respiración. Grabó un video leyendo “En Paz” de Amado Nervo. Y dejó de lado los mismos recuerdos de tiempos pasados y darle la bienvenida a los nuevos para todos los mañanas que le faltan.  La pandemia para ella sigue siendo, solo que ahora sabe que puede recorrer su tiempo escribiendo y leyendo; que a través de los recuerdos puede planear su futuro y sabe que su tiempo vale y que el tiempo que nos regaló ha sido una muy valiosa escuela.  Yo estoy esperando que ustedes que me leen, hagan algo parecido con sus mayores y sepan que la sabiduría no está en Internet, la tenemos cerca de las manitas arrugadas y los ojos nublados de tanto que supieron ver. La vejez no es igual para todos, no sabemos cómo será para cada uno.  Un día seremos ancianos. Por eso, ahora que podemos, debemos reforzar la amistad con los nuestros, para que un día quieran cuidar de nosotros." 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