Las pequeñas cosas: Conectar

“Con el tiempo todo se conecta: personas, ideas, objetos. La calidad de las conexiones es la clave para la calidad per se” – Charles Eames / Arquitecto, Diseñador y Director de Cine Estadounidense. ¿Qué son las pequeñas cosas?...

1 de junio, 2020

“Con el tiempo todo se conecta: personas, ideas, objetos. La calidad de las conexiones es la clave para la calidad per se” – Charles Eames / Arquitecto, Diseñador y Director de Cine Estadounidense.

¿Qué son las pequeñas cosas? En noviembre del año 2018 decidí abrir un espacio “para respirar hondo, tomar aire fresco y mirar desde el corazón para al menos, enfrentar con una mejor actitud los grandes retos del día.” Con la finalidad de ir rescatando aquéllos usos y costumbres ligados a valores que nos permitieron una mejor calidad de vida en algún momento de la historia humana y que sirven como antídoto contra el alto nivel de violencia que enfrentamos en todas sus aristas y como una propuesta para conectar con los demás de una manera real y no limitada al mundo virtual en el que navegamos a diario entre noticias, memes, frases inspiradoras y selfies; como una contrapropuesta a la inmediatez de los mensajes por WhatsApp y la rapidez que demandamos en todo y para todo porque la vida de hoy es así: alejada de la conexión real ya no digamos con quienes nos rodean sino con nosotros mismos, con nuestra respiración, con las señales que nuestro cuerpo emite cuando está cansado, asustado, triste o alegre y en consecuencia, faltos de sensibilidad ante los milagros que ocurren a diario, lo que nos hace perder calidad de vida y calidez en las relaciones interpersonales.

Ante la conectividad que disfrutamos en la actualidad y que hace posible acortar distancias para entablar comunicación hasta los lugares más recónditos (siempre y cuando exista red de Internet), nos encontramos con una etapa en la historia de la humanidad en la que estamos más desconectados, desorientados y perdidos, faltos de memoria y sin sentido porque frente a la capacidad gigantesca de almacenar fotografías instantáneas en cualquier lugar y momento, se encuentra también la dificultad para recordar fechas de cumpleaños, números telefónicos, direcciones, nuestras citas, etc. Ocupamos el tiempo en capturar el “momento exacto” y “compartirlo” en las redes sociales a cambio de perdernos la capacidad de asombro y la experiencia ante lo que vivimos, la fotografía estará ahí de por vida pero ¿Acaso recordaremos los olores, las emociones, las sensaciones, las risas o las lágrimas? ¿A qué sabía la deliciosa langosta que fotografiamos y devoramos al instante siguiente? La actualidad nos mantiene conectados al mundo virtual pero nos desconecta del mundo real y sí, también hay que reconocer los múltiples beneficios de la comunicación en tiempo real en el caso de emergencias pero quizá el precio que pagamos está resultando demasiado alto.

Todavía recuerdo cuando un amigo muy cercano y querido me dijo hace algunos años (quizá unos dieciocho) que el teléfono era una invasión a la vida privada pues quien llamaba interrumpía el momento de la otra persona y además se generaban emociones que complicaban la relación al no contestar porque en ese entonces ya circulaban los teléfonos celulares y era “obligatorio” responder a la llamada pues no había excusa o pretexto para no hacerlo; años después, las llamadas telefónicas han sido desplazadas por los mensajes de texto y/o voz vía WhatsApp u otras aplicaciones de mensajería “instantánea” y todo ello, paradójicamente también ha provocado graves problemas de conexión real (intra e interpersonal).

Y ¿para qué o por qué conectar? Si tenemos todo al alcance de un “click”, por una sencilla razón: los procesos que nuestro cerebro realiza en una conversación real o la convivencia frente a una experiencia virtual, son totalmente diferentes pero además, nada se iguala al contacto real que nos permite tocar, oler, sentir, escuchar y que a su vez, nos dota de sensaciones y experiencias que una computadora o teléfono son incapaces de ofrecer. A nivel interpersonal, estamos sobre estimulados de imágenes, textos, sonidos por pasar horas navegando en “la red” y nos perdemos la satisfacción del reposo, del no hacer, del no estar para dar paso a la introspección y a la reflexión, al disfrute real ante el milagro de la vida pues estamos conectados de forma mágica al universo mismo, a las plantas, a los animales, a los ciclos lunares y solares, a nuestros antepasados, a nuestros difuntos y a nuestros seres amados pero nos estamos perdiendo de esos instantes por navegar de manera permanente en un mundo virtual que solo nos ofrece una felicidad efímera y limitada al corto plazo.

Conexión y calidad, dos palabras que vale la pena explorar en su significado y en la praxis, que están íntimamente ligadas y que sin duda, podrían dotarnos de grandes satisfacciones y de muchas más alegrías que aquello que ofrece el mundo virtual.




¡A conectar se ha dicho!

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Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. 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Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. 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Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. 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Era Covid: Liderazgo y comprensión profunda del carácter global de la civilización humana

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Entre 1812 y 1857, los hermanos Grimm coleccionaron, registraron por escrito y publicaron historias orales, entre ellas, Pulgarcito, un cuento de hadas alemán que trata de una pareja de campesinos que deseaba tener un hijo sin importar lo pequeño que éste fuera. Siete meses más tarde, la mujer da a luz a un pequeño niño no más grande que el tamaño de un pulgar. En otra versión, Hans Christian Andersen escribió el cuento Pulgarcita (también conocido como Almendrita) en el que una mujer acude a una bruja buena para conseguir su deseo de tener un hijo, obteniendo una semilla mágica de cebada que la mujer plantó y al poco tiempo nació una flor que en el centro tenía una pequeña niña. El dedo pulgar (del latín pollex, poderoso) está controlado por nueve músculos diferentes, algunos sujetos a los huesos de la mano y otros, a los del brazo; es el primero y totalmente oponible al resto de los dedos de la mano (humana), lo que le permite ser independiente y realizar la función de agarre y/o pinza para sujetar objetos o ejercer fuerza. Yubal Noah Harari (historiador y escritor israelí) nos dice que “la presión evolutiva produjo una concentración creciente de nervios y de músculos finamente ajustados en la palma y los dedos. Como resultado, los humanos pueden realizar tareas muy intrincadas con las manos. En particular, puede producir y usar utensilios sofisticados.” (De animales a dioses, Ed. Debate, 2016). En la época de revolución tecnológica que vivimos actualmente, es posible realizar la acción de “desplazar” al momento de utilizar el smartphone o escribir un mensaje utilizando únicamente el dedo pulgar, lo cual está generando una readaptación de músculos y huesos originando incluso lo que los médicos llaman: tendinitis del pulgar por el uso excesivo de pantallas táctiles. También es el dedo con el que aprobamos o desaprobamos, indicamos que todo está bien, pedimos “aventón” al pie de la carretera, nos identificamos usando la huella dactilar, firmamos documentos o lo chupamos cuando somos bebés en señal de hambre o sueño. Todo lo anterior viene a cuento porque en días pasados accidentalmente me corté el dedo pulgar derecho al romperse un florero mientras lo lavaba. Cualquiera podría pensar que una simple cortada se resuelve de forma inmediata aplicando una serie de primeros auxilios básicos, pero después de aplicarlos y de que pasaran unos minutos empecé a percibir una “fuga” de sangre y mi mano se comportaba de forma extraña, como si temblara. Miré la herida y la hemorragia no se detenía, parecía una llave abierta. Ante la mirada de susto de mi hijo, decidí salir a buscar ayuda médica y el resultado fue una pequeña sutura para cerrar el sitio exacto en que un pedazo de cristal cortó un vaso sanguíneo (con complejo de aorta) además de otras pequeñas cortadas menos profundas, afortunadamente. A manera de broma, el médico que me atendió me dijo que todos moriremos algún día, pero que no sabemos cuándo y que de esta milimétrica cortada saldré en tan solo unos días. De vuelta en mi casa y pasado el susto (es la segunda vez que siento una hemorragia en mi cuerpo) recordé la lectura de un libro que mi padre me regaló cuando era una niña: Tus diez amigos (Juan T. González, Ediciones Botas, 1973) y que trata justamente de los dedos de las manos para explorar los caminos del éxito, del buen ser y del bien servir. Por supuesto, regresé al texto y encontré lo siguiente respecto al pulgar: “En los antiguos tiempos cuando los romanos no querían ir a la guerra, se cortaban ese dedo y no iban porque no podían sostener la espada. Ese dedo es el más fuerte de la mano y te recordará una fuerza poderosa que tienes tú también: la voluntad. La voluntad es querer”. Una herida diminuta dio como resultado un dedo incapacitado y mi fuerza de voluntad me obligó a utilizar la mano izquierda, pero extraño mi pulgar derecho porque, aunque sigue ahí, echo de menos la cantidad de cosas que realizo y que se quedaron en pausa porque cada día ocurren cientos de procesos en nuestro organismo de los cuales no somos plenamente conscientes y creemos que solo un accidente grave que nos fracture el cuerpo o una infección sistémica nos incapacitarán para la vida, pero algo minúsculo también lo hace aunque sea de forma parcial y todo cambia. 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Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

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