Ed

Hace 7 años mi hermano se murió. Durante muchos años luchó contra el alcoholismo.

24 de febrero, 2016 ed

Hace 7 años mi hermano se murió. Durante muchos años luchó contra el alcoholismo. Entrando y saliendo de clínicas, y teniendo constantes altos y bajos. Era brillante, carismático, encantador, culto, elegante, apasionado y valiente. Las chicas caían por él en cuestión de minutos. Y los hombres querían pasar tiempo con él. Era una fuerza de la naturaleza. Pero el alcohol fue más fuerte que él. Por dentro se sentía roto y vacío. Logró arruinar todo lo bueno que le pasaba. Era exitoso y siempre obtenía lo que quería y aun así nunca era suficiente. Hasta que un día ya no estaba. Su cuerpo no pudo ingerir una gota más de alcohol.

Esto pasó cuando yo tenía 23 años, cuando estaba tomando y experimentado con todo lo que se me pusiera enfrente. Me sentía indestructible. Después de perderlo, me pregunté si yo no tendría un problema con las adicciones. Unos meses después, corrí a AA para ver de que se trataba. Me di cuenta que el alcohol y las drogas no eran lo mío, pero que tenía mi propio monstruo contra que luchar: desordenes alimenticios.

Las adicciones tienen una amplia gama: por un lado están los que evidentemente son adictos (alcohólicos, drogadictos, fumadores, etc…) y por otro lado, las adicciones discretas a patrones de conducta e impulsos. AA me ayudó a entender las adicciones, emociones y a mí misma.

Nos llaman “Enfermos emocionales”. "Co-dependientes”. Tiene sentido. ¿Quién quiere sentirse bajoneado y mal todo el tiempo? ¿Por qué lidiar con la realidad cuándo es mejor emborracharse y divertirse? O ¿comer cantidades locas de azúcar que nos dan el mismo “high” que la cocaína? Porque tarde o temprano la vida se las cobra. A mí la vida me vino a cobrar a los 28. Tuvo una manera de darme una advertencia a la brava, después de millones chiquitas que ignoré. Pronto me di cuenta que una adicción lleva a la otra. Después de AA, pensé que tomar poco y tomar pastillas de vez en cuando me iba a ayudar con mis problemas de alimentación. Nunca funcionó. Solo empeoró. Tenía que parar. Este cambio tenía que ser radical. Me tomó cinco años después de su muerte poder aprender de sus errores (y los míos) y tomar el control.

Así que me entró la loquera y empecé a hacer yoga. Lo odié. Me hice vegetariana y fui miserable. Después, dejé de salir un ratote y me sentía súper ñoña. Me convertí en la persona que siempre critiqué.

Cuando decidí aventurarme a esta nueva vida, no tenía idea de cuánto iba a durar ni de qué iba a pasar. Ahora no puedo imaginar regresar a esa vida. Todos los pros han sido muchos a los negativos que han sido de pocos a ninguno. Nunca voy a olvidar como me sentía: estaba enferma, cansada de estar enferma y cansada. Estaba cansada de ser “fiestera”. Estaba cansada de sentirme anclada en la vida. Desmotivada. Estaba cansada de refugiarme en el pasado y poner excusas. Más que nada, estaba cansada de vivir en el infierno de mi cabeza.




Ya no era divertido. Llevaba intentando balancear mis hábitos por mucho tiempo y siempre fallaba. Solamente hacerlo los fines de semana, o dejarlo por unos meses. Nunca funcionó, porque las adicciones se deben cortar para siempre. Mi vida era un caos y estaba a gusto ahí porque era lo normal para mí. Luché contra los días y meses infernales, contra la realidad y soledad, hasta que encontré un nuevo nivel de normalidad. Ahora me siento mejor preparada para lidiar ante circunstancias difíciles y me siento mejor conmigo misma.

Tengo más claridad. Siento todo de una manera más notoria y mayor sensibilidad que incluye emociones, dolores físicos, olores, sabores y sonidos. Esto de “sentir todo” puede ser abrumante en momentos, pero se siete increíble. He aprendido a entender quien soy. Que hay cosas que creía que no me gustaban que sí me gustan y viceversa. Aprendí a socializar de otra forma con mis amigos y familia. Aprendí que despertarme sin una cruda, tomar un té e ir una clase es lo que quiero hacer. Aprendí que la persona que estaba debajo del entumecimiento constante los últimos años no era yo.

De alguna manera saboteaba todas mis relaciones. ¿Por qué? Eso todavía no lo entiendo y me va a tomar años entenderlo, pero mi estilo de vida no estaba ayudando, especialmente con los hombres. Tenía esta manera de pensar –y todavía lo hago- que si yo estoy rota merecía estar en una relación rota, pero cada día estoy más convencida de que puedo tener una relación sana. ¿Cómo? Es algo que sigo averiguando, ya que mi tendencia a irme por los hombres jodidos sigue latente, cada vez menos, pero hay hábitos que tardan en morir. 

Esta es una grande para mí: la gente tóxica es como hábitos tóxicos. Cuando dejas de tomar, o drogarte, o lo que sea que hagas, probablemente lo más sano sea que tengas que dejar de ver a mucha gente. Yo tuve que dejar de hacer ésto y pronto me di cuenta de lo poco que tenía en común con algunas. Que algunos amigos eran muy diferentes a mí, con otros objetivos y visión de vida. Todo se sentía falso. Cuando admites que tienes un problema así y decides parar, te das cuenta quienes son tus verdaderos amigos. Están los que te van a querer y apoyar incondicionalmente, los que no te van a voltear ni a ver, y los que te van a seguir invitando un trago o algo cuando saben tu situación. Me he topado con todos. Deshacerme de gente tóxica junto con mis hábitos hacía sentido y todavía trato de no sentirme mal por eso. 

Dejar ir de estos hábitos puede traer sentimientos de culpa, arrepentimiento y vergüenza. Mentiría si digo que no siento alguna de éstas. Pero me he dado cuenta que sentir estas cosas que estaba evadiendo es algo que me ha hecho crecer y dejar ir. Aprendí a lidiar con ellas al sentirlas. He cometido muchos errores en este camino, he tenido recaídas y sé que nunca voy a ser perfecta. Todos los días me tengo que recordar a no ser tan exigente conmigo misma. Es un trabajo constante y he recorrido un largo camino. Hay días buenos y malos. Y a veces siento que la vida no es justa, pero he aprendido a aceptar que esta es mi vida y tengo que seguir sin sentirme lástima por mí.  

Dos años después de que empecé, estoy más enamorada con el yoga que nunca, me ha ayudado a sanar de muchas formas y aceptar mi cuerpo como es. Estoy haciendo una carrera en salud y veganismo. He aprendido a poner límites a situaciones y gente que me lastima. Y en la cuestión de salir… todavía lo hago porque la música y el baile es algo que nunca voy poder dejar ir, lo único que cambié es mi manera de tomar. Siempre fui la chica que necesitaba tomar para divertirse, y hoy me doy cuenta que no necesito alcohol para hacerlo.

Y todo regresa a mi hermano. He visto de cerca lo que las adicciones pueden hacer si no se decide parar. No es fácil aceptar tener una adicción, y no es fácil hacer cambios una vez que se acepta. Su pérdida me enseñó que para poder crecer a veces hay que rendirse. Dejar el pasado ser y sacarle provecho a lo que tenemos en el presente. Dejar de poner pretextos y tomar el control. Empujándome a ser una mejor versión de mí y sobre todo a aprender a quererme.

Lo extraño con todo mi corazón y todos los días escucho su risa contagiosa en mi cabeza. Es una de mis inspiraciones más grandes y siempre le estaré agradecida por todos los aprendizajes que me dejó. 

Comentarios
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Por segundo año consecutivo las niñas y niños pasarán el 30 de abril encerrados en casa. 13 meses han pasado desde que abandonaron los pupitres y aulas para resguardarse en su hogar junto a sus familias y aunque esta nueva era nos ha enseñado que las fechas conmemorativas no son sinónimo de celebración, es importante insistir en el bienestar de la infancia particularmente en tiempos pandémicos. Serrat nos heredó unas bellas palabras sobre la infancia: “Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que por su bien, hay que domesticar.” Y es que en nuestro acelerado ritmo de vida entre vacunas, elecciones, falta de agua, violencia y migración, entre otros “asuntos de mayores”, los peques van quedando olvidados, arrinconados, sin defensa. Basta con ser una madre o padre para notar la carencia de espacios y servicios; por ejemplo, el menú infantil en los restaurantes no es más que una versión en pequeño con gran cantidad de azúcares, carbohidratos y grasas para ellos, pero no existen variantes de papillas para los más pequeños o bebidas apropiadas, las sillas mal llamadas periqueras los colocan en riesgo entre el correr de las meseras y el descuido de los adultos, la ropa se ha vuelto un asunto de moda y marketing que los hiper sexualiza en edades cada vez más tempranas, y así podría seguir anotando una serie de abusos en su contra porque exigimos de ellos que crezcan rápido, que aprendan, que ya hablen, que sean multitareas, que nos entiendan, que se comporten y les endosamos una enorme cantidad de expectativas que el mundo no les condonará si es que quieren ganarse un lugar en él y es que llegan a esta vida como un lienzo en blanco y los adultos no siempre tienen la precaución de apenas esbozar dibujos, sino que algunos rayan, manchan o rasgan el  lienzo hasta pervertirlo, lo lastiman de forma irremediable en la mayoría de las ocasiones. Walter Benjamin (filósofo alemán) consideraba que es a través de los juegos infantiles y ese hablar desparpajado donde se halla la semilla del cambio social de un despertar del mundo dominado por los adultos pero quizá hemos fallado como sociedad y como apunta Guadalupe Nettel (escritora mexicana): “Nos corresponde a todos responsabilizarnos de que la infancia sea lo más luminosa posible porque los niños son sin lugar a dudas los más vulnerables entre los humanos. 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Es una brevedad en la historia de vida de cada uno, el momento en que ser grande significa usar los zapatos de mamá o papá, la oportunidad de explorar y descubrir libremente, ajenos al transcurrir de las horas y minutos, el tiempo de ser pequeños y no por ello, evitar impactos mayúsculos en su entorno porque por cada niña o niño que nace, el mundo de dos adultos se transforma sin retorno." 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