¿Cómo manejar la ansiedad laboral en tiempos de crisis?

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18 de agosto, 2020 Ansiedad

Los largos periodos de aislamiento, la amenaza del COVID-19 y el exceso de información han generado un combo que origina problemas de estrés y ansiedad en las personas que han quedado atrapadas en medio de esta vorágine; esta ha sido la realidad laboral de muchas personas en los últimos meses.

Sin las herramientas adecuadas para sobrellevar el confinamiento por largos períodos de tiempo, es comprensible que las personas tengan problemas de ansiedad y estrés durante sus jornadas laborales, aun cuando éstas sean en casa.

La forma en la que las personas manejen este estrés impactará directamente en sus relaciones cercanas y en su productividad laboral. Por eso a lo largo de esta “nueva normalidad” han surgido diferentes programas, aplicaciones, páginas y más que tienen como objetivo ayudar a reducir los niveles de ansiedad laboral. Las cuales siempre debe de haber”, señala Andrea Rojas, Head de RRHH en Runa, plataforma especializada en automatizar el pago de nóminas empresariales.

Para atacar la ansiedad primero hay que saber qué es: se trata de un conflicto mental que nace como una reacción natural ante un peligro y suele estar relacionado con el temor de perder algo o alguien. La ansiedad se puede clasificar en imaginaria y real.

La primera viene a raíz de escenarios que están dentro de la mente de las personas y que son situaciones que no existen. En cambio, la segunda se trata de situaciones reales, como la que vivimos actualmente con el COVID-19.

De acuerdo con Runa, la mejor manera de combatir la ansiedad es:

Saber expresar inconformidades. Así se desahogan estas emociones y al mismo tiempo se genera o fortalece un vínculo con alguien más.

Encontrar el equilibrio en la vida. Esto evitará que este trastorno reduzca la calidad de nuestra vida y de nuestro entorno laboral. Hay que verlo como una tarea que toma tiempo y que no se realizará tan fácilmente. Para encontrar el balance es recomendable:

● Contar con un calendario en el que se registren todas las actividades. Esto es para visualizar cómo estamos manejando nuestros tiempos, si estamos trabajando de más y en qué momentos tenemos tiempo libre para poder desconectarnos un poco de lo profesional.

● Siempre es bueno y necesario desconectarse unos minutos del trabajo. Al hacerlo, nuestros niveles de estrés se mantendrán al margen y no sentiremos un desbalance entre nuestra vida personal y profesional.

● Interactuar y participar en actividades extra oficina. Formar parte de los comités de felicidad, de las happy hours o, incluso, hasta de la clase virtual de ejercicio. Esto nos ayudará a salir del ámbito laboral y a mejorar nuestras relaciones con nuestros compañeros de trabajo.

Comentarios
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John Steinbeck (1902-1968), escritor estadounidense, ganador del Nobel de Literatura.   Debo confesar que me asusta lo que veo cada día al salir a la calle y que no tiene nada que ver con variantes, semáforos epidemiológicos ni saturación de hospitales, sino con la vorágine que se ha formado tras el tiempo de confinamiento y la inactividad por la que pasamos en todos los sentidos. La necesidad (real) nos obliga a salir la calle por diversos motivos que van desde el compromiso laboral por conseguir el sustento diario, hasta el gusto por disfrutar de un rato de diversión, pasando por la convivencia familiar fuera de un espacio que al inicio de la pandemia era casi desconocido y después se convirtió en un cuarto de aislamiento de manicomio. Más allá del caos diario que empieza a percibirse a “nivel de cancha” (porque el transporte público ha vuelto a ser insuficiente, el tránsito de vehículos es imposible entre manifestaciones y ciclistas, los lugares públicos tienen lleno total entre ruido y prisas) también es posible notar un ambiente sombrío, desolador en las calles de la ciudad con negocios cerrados, abandonados, olvidados o asegurados para protegerlos de las expresiones radicales en las manifestaciones. No hace falta recorrer grandes distancias para percibir que nada es igual; el café de costumbre cerró porque sus dueños no sobrevivieron al COVID-19 o no pudieron soportar el pago de la renta o sus clientes no regresaron más, presas del home office y así por el estilo con los comercios pequeños (e incluso alguno que otro grande). Los códigos, usos y costumbres también han cambiado: una mujer puede ser motivo de agresión tanto de hombres como de mujeres porque o somos feministas todas y utilizamos lenguaje inclusivo o somos traidoras de la causa del feminismo y lo más penoso de todo es la agresión latente que corre por las venas de cada ciudadano que se nos cruza por el camino (a pie o en transporte público o peor aún, en auto). El aislamiento nos ha convertido en fieras y al salir nuevamente a la tan ansiada “libertad” estamos pasando por encima de la buena educación, la tolerancia, el respeto y más aún, la empatía. Como siempre digo: dejo el tema en manos de los especialistas. Yo solo estoy autorizada para compartir la experiencia en primera persona y el resultado no es alentador porque bastó una cita para comer con una artista joven, heredera de la nueva ola feminista, caminar unas calles por el centro histórico, utilizar el transporte público y hacer unas cuantas compras para notar el radicalismo, el hartazgo, la crueldad, la violencia y el impacto que los meses de confinamient. Las crisis por las que atravesamos han tatuado en cada uno, a diferentes niveles, claro está, pero la marca es visible para todos y tristemente no se trata de lo que algunos optimistas creían en los primeros meses de confinamiento respecto a que esta coyuntura nos haría más humanos, que nos cambiaría el paradigma para ser mejores y que saldríamos siendo mejores personas de lo que éramos, nada de eso es verdad, al menos no en la colectividad que se mueve a diario en lo que parece un inframundo urbano casi invisible. Digo que sentí tristeza en menos de cuatro horas durante un recorrido exprés al primer cuadro de la Ciudad de México, una tristeza que se agudizó porque tengo años caminando por el centro histórico y en mi última visita sentí todo menos identidad porque si bien en cada sexenio las reglas cambian, hoy se percibe un ambiente desolador que inclina más hacia el temor que a la esperanza, pero también es cierto que #laspequeñascosas de la vida incluyen tanto la luz como la oscuridad. Ya lo dijo Carl Jung: “La palabra felicidad perdería su sentido si no se equilibra con tristeza” porque las emociones son nuestro termómetro y  porque sentirnos tristes nos alerta para conducirnos hacia la felicidad nuevamente. 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La violencia es tan imperceptible e invisible, que poco a poco y en forma de pequeñas violencias que parecieran inocentes, se va construyendo una red alrededor disfrazada de "amor", que nos es muy difícil identificar. Nadie nos advierte y peor aún, todavía existe la idea de la "buena mujer" y el rol que por "género" tenemos que cumplir. Finalmente, conseguí salir de ahí y hoy trabajo y ayudo a mujeres que viven o han vivido violencia. Muchas de ellas están al borde de ser asesinadas por sus parejas. Yo sí las entiendo y lucho todos los días por visibilizar en todos los ámbitos las diferentes formas de violentarnos y así, ellas puedan hacer consciencia del riesgo que corren y cómo pueden proteger su integridad física, pero también trabajar en su recuperación psicológica. 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Yo viví violencia - Día contra la violencia de género

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