Así me recibió la Universidad de Sonora

 Te contaré mi experiencia al llegar a la Universidad de Sonora. Era agosto de 1989 cuando llegué a la ciudad de Hermosillo en el estado de Sonora. Mi tía Socorro, que gustaba de viajar, me había comentado...

3 de noviembre, 2022

 Te contaré mi experiencia al llegar a la Universidad de Sonora. Era agosto de 1989 cuando llegué a la ciudad de Hermosillo en el estado de Sonora. Mi tía Socorro, que gustaba de viajar, me había comentado más o menos cómo era vivir en el desierto mexicano.

Llegando a la ciudad lo primero que me sorprendió fue el abrazador calor de las temperaturas de la época de verano. Había escuchado que era caluroso e imaginé qué tanto puede ser si he viajado a Acapulco o a Oaxaca. Pero realmente era sofocador, parecía que me estaba asfixiando. Sentía que la piel  se reventaría de cómo se estiraba al rayo del sol y el 100 % de mi cuerpo sudaba como nunca lo había hecho. Me sentía sediento en todo momento.

Pensé espero que la noche llegue pronto para que este calor se disipe… ¡Oh sorpresa!, la luz del día se apagaba a las 8:30 pm, realmente fue un día muy largo literalmente. Por fin oscureció, pero el calor continuó intensamente. El suelo de concreto estaba caliente y emanaba vapor al intentar enfriarse con la ausencia del sol eso provocaba un clima muy sofocante.

 Llegó el momento de ir a dormir, cosa que fue casi imposible. La recámara era un microondas. Teníamos lo que se llamaba en esa época un cooler una especie de abanico con una brisa húmeda que provocaba más humedad en el cuerpo. La casa era pequeña y dormí en una litera, por su puesto me tocó la parte de arriba y podía sentir el techo caliente cerca de mí cuerpo. Me llegó el sueño, más que por gusto, por cansancio y deshidratación.

Al día siguiente fui con mi papá a conocer la Universidad de Sonora. Subimos al carro y en cuestión de 10 minutos estábamos en rectoría. Vivía en la afueras de la ciudad y el campus está en el corazón de Hermosillo o sea a seis kilómetros de casa, como pueden ver, era una ciudad muy pequeña. Me sentí nervioso, pues empecé a pensar ¿cómo sería el examen de admisión o si estábamos todavía en fechas de poder ingresar?

Llegamos a rectoría, un hermoso edificio, el cual inició su construcción en 1942 y culminó en 1948. Quedé admirado con su arquitectura, en su interior, en la parte central del edificio podemos ver una hermosa escalinata adornada con azulejos de talavera y en el descanso, un vitral emplomado lleno de colorido. Sus grandes ventanales rematados con cantera rosa te hacen sentir el tiempo y la historia que ha pasado por allí. Se puede oler el pasar del tiempo. Sus grandes pasillos rojos reflejan el desgaste del paso de muchas generaciones de estudiantes que se han preparado bajo su techo.

Del lado izquierdo del edificio se encontraban unas mesas rectangulares parecidas a las que se utilizan en las fiestas, eran cuatro mesas y en cada mesa había tres personas sentadas con varias pilas de folletos. Preguntó mi papá en dónde eran las inscripciones. Una chica me preguntó qué carrera buscaba y respondí que turismo. Primera decepción: “Esa carrera no la tiene ninguna universidad aquí en Hermosillo, pero puedes ver en los folletos si alguna otra te agrada”. Empecé a observar y me gustó Comunicación. El plan de estudios me pareció dinámico, moderno, innovador y además me iba bien con mi personalidad. “Ésta me gusta”, le dije. Enseguida me pidió mis datos y los escribió en un par de hojas que después me dio a leer y firmar. Posteriormente me dio mi fecha de ingreso y comentó que en el edificio principal de comunicación estarían en las ventanas la lista de los alumnos y el salón asignado con las materias que cursaría en el primer semestre. Ya por último, me pidió que en diciembre completara mi entrega de papeles, pues mi certificado no estaba listo y lo enviarían de la Ciudad de México. 

No podía creer lo que pasaba, parecía una broma pesada pero era cierto: había ingresado a la universidad de la manera más sencilla e inimaginable. La felicidad era incontenible, pues en la capital era un circo tener acceso a cualquier universidad y aquí, solo llené unos papeles. Formidable.

 Venía el siguiente reto: primer día de escuela. La entrada era a las 7:00 am. Le pregunté a mi vecino cómo podría llegar a la universidad, me dijo: “Es muy fácil, sales de tu casa y allí pasa el camión”. ¡Oh Dios!, no lo puedo creer, más fácil ni mandado hacer. Comencé a hacer mis preparativos la noche anterior y a la seis de la mañana estaba listo en la estación del autobús para evitar tumultos y atrasos en mi viaje a la escuela. 

Por la mañana me sentí un poco desconcertado: era el único esperando el camión. A los minutos llegó y apenas estaban ocupados unos asientos. Pensé: voy por buen camino, le gané a todos je, je, je. En unos cuantos minutos llegué a mi destino sin problemas. Eran las 6:40 baje y comencé a caminar hacia el edificio donde se encontraba mi aula y… el aula estaba cerrada y la universidad vacía. No solo era el primero, era el único en la escuela. Ja, ja, ja, ja, era obvio que traía el ritmo de la gran ciudad y aquí la vida era más tranquila. Alrededor de las 7:30 empezaron a llegar los compañeros, pasé al salón junto con ellos e inmediatamente llegó un joven que se presentó al frente, nuevamente me sorprendí: era un maestro con tan solo unos pocos años más que nosotros, parecía alumno.

Comenzamos a presentarnos. Fue mi turno y los comentarios no se dejaron esperar. El regionalismo hizo su presencia, “ah eres guacho” dijeron los compañeros (es una manera despectiva de llamarle a las personas que no son de Hermosillo, pues se decía en esa época que de la colonia Villa de seris hacia el sur todos eran “guachos”). La verdad estaba preparado para ese momento, así que no me intimidaron; sin embargo, mis ropas eran una gran barrera en el desarrollo de mi relación con la sociedad sonorense que en ese tiempo tenían una vestimenta muy marcada con pantalones levi´s y botas de gamuza con un torito grabado: este era el atuendo del día a día.

Llegué a casa y les comenté a mis padres que usaría otra vestimenta. ¿Por qué? Porque los pantalones de pinzas tipo flans de color azul pastel los zapatos top siler y la camisa llamativa no me están ayudando mucho. Recordé nuevamente a la tía Socorro: “hijo, a la tierra que fueres haz lo que vieres”. Por la tarde nos dirigimos al centro de la ciudad donde podía adquirir mi nueva imagen y allí estaba en una esquina el nuevo Román o Romy, como todos me llaman en la actualidad, unas cómodas botas de piel y unos formidables jeans y todo de la marca requerida .

Por la mañana, ya bien informado, tomé mi camión a las 7:00 am para poder llegar a la hora marcada por la provincia,  7:30 am, y al caminar por el pasillo hacia mi clase, los murmullos no se dejaron esperar: miren al guacho, ya trae jeans. Ja, ja, ja, ja, reí por dentro. En realidad nunca me sentí ofendido como otros de mis “paisanos capitalinos”. Y aunque no lo creas, esto rompió el hielo. Ellos se sintieron aceptados y por consecuencia yo también. Las cosas en adelante fueron más generosas, las amistades de esa época aún las conservo, incluso a mis maestros quienes ahora son amigos desde hace 33 años que llegué a esta tierra indomable. 

Hoy en día la universidad ha cumplido 80 años. Su campus mantiene la esencia de sus jardines, pasillos y edificios de la época combinados con la modernidad de edificaciones nuevas y una mayor oferta académica. Su ranking está en el número 15 de las 50 mejores universidades públicas de la República, además destacó con 88.2 puntos y la ubicó en las cinco primeras a nivel nacional en el rubro de avances implementados para mejorar la calidad de la enseñanza, asimismo cuenta con programas para estudiantes con alguna discapacidad o que son prominentes de alguna minoría social. 

En 2018 se consolidó como la mejor universidad del noroeste según el ranking de universidades de México que realiza la revista especializada en negocios América Economía. 

Hoy en día soy orgullosamente búho UNISON… y eso sí: el calor de Sonora no ha cambiado.

“ESTA ES LA NATURALEZA DE MI SER”.

Comentarios


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También descubre:
La nostalgia de tu partida (ruizhealytimes.com) También recuerdo la belleza de algunas personas, caras lindas, voces que enamoran y cuerpos que seducen. Oh, si es el amor, todavía puedo sentir cómo se dilatan mis pupilas al recordar a esas personas que marcaron mi vida amorosa, pero igual hubo desamor; sin embargo, el recuerdo es grato.  El día a día es una fría rutina que agobia con su monotonía, pero también forja un destino cuando esa rutina se convierte en disciplina misma que te lleva al éxito si sabes aprovecharla, o te consume si no sabes moldearla. Así, mis primeros días de soledad me llevaron a un viaje mental de caminos recorridos llenos de sentimientos encontrados. En esos caminos me reencontré con seres queridos que ya no están, algunos se alejaron por que buscaron nuevos horizontes, otros simplemente ya no compartían las mismas ideas y se fueron,  también hay quien pasó a mejor vida. Todos estos recuerdos  llenan los vacíos de mi habitación. 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Por ello debes leer, por ello debes mirar a los cielos, por ello debes cantar, bailar, escribir poemas, sufrir y entender, por todo ello es la vida.” Jiddu Krishnamurti (1895-1986),  místico hindú. Este año, en el mes de noviembre se cumplirán cinco años desde que inicié la cacería de #laspequeñascosas de la vida, esas que me parecen imprescindibles y que, de hecho, lo son para recordarnos que somos humanos y mortales, que nuestro paso por la existencia es temporal y que un día “alguien nos apagará la luz” (como decía mi padre antes de fallecer) o, como escribió José Saramago: “Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas, llegaremos a comprender las grandes”. ¿Por qué la obsesión sobre algo que quizá resulte obvio? Precisamente, porque no lo es. El acelerado ritmo de vida actual nos obliga a correr de un lugar a otro, de un pendiente a otro, de un mensaje a otro, de una red social a otra y nos roba espacio para momentos de atención plena, de presencia absoluta, de concentración, de observación y de empatía con lo otro y los otros. Vivimos entre el mundo real y el virtual casi sin distinguir uno del otro, vamos en busca de la tan ansiada felicidad sin detenernos a valorar y disfrutar el momento presente.  “No podemos hacer grandes cosas, sólo pequeñas cosas con gran amor” – Madre Teresa de Calcuta. La variable del amor, esa palabra que tantos temen decir o escuchar o ambas y que debería ser como el ingrediente principal de cada día, como una forma de mantra, oración o la sal y la pimienta de una receta porque donde no hay amor, hay negociación y entonces estamos hablando de otras cosas más productivas monetariamente hablando pero que se alejan de la esencia humana. Hacer pequeñas cosas con gran amor en un mundo destinado a la destrucción, a la violencia, a la carencia, a la corrupción, a la discriminación o al exterminio porque gana la inercia del egoísmo, de lo material y lo superficial.  ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Si hemos sobrevivido a una pandemia, queda mucho por hacer, mucho por aportar y mucho por aprender también. Por lo pronto, hoy sabemos que la vida nos cambia de un día al otro y que no tenemos nada seguro, que nada nos pertenece y recordamos que somos finitos, pero con grandes posibilidades creativas. Las pequeñas cosas no deben quedarse guardadas en el baúl, están presentes en las flores, en las nubes, en las palabras, en la música, en la fotografía, en el arte, en la lluvia, en la poesía, en el arcoíris, en la magia, en el amanecer, en la luna, en el universo. Que salgan pues y sean develadas, expuestas y que cada quien tome lo mejor de ellas para acompañar sus días. 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“Los satisfechos, los felices, no aman; se duermen en la costumbre”. -Miguel de Unamuno (1864-1936), filósofo y escritor español. 

febrero 6, 2023
la soledad

La soledad, mi mejor compañía

Ahora entiendo por qué a nadie le gusta la soledad, pues ella te lleva a mirar el interior de...

febrero 3, 2023