Tlahuelipan: ¿es lícito culpar al presidente?

«El pueblo mexicano es bueno y sabio.» Andrés Manuel López Obrador Lo que sucedió en Tlahuelipan el pasado viernes es una tragedia terrible y dolorosa...

21 de enero, 2019

«El pueblo mexicano es bueno y sabio.» Andrés Manuel López Obrador

Lo que sucedió en Tlahuelipan el pasado viernes es una tragedia terrible y dolorosa. No es posible, no es humano, que personajes sin escrúpulos se valgan de este tristísimo acontecimiento para señalar al gobierno y decir, así, con todas sus letras, que esto es culpa del presidente; y lo hacen con tal de ganar notoriedad y, según ellos, para debilitar al gobierno.

De ninguna manera es posible atribuir esta desgracia a López Obrador, del mismo modo que nadie podría culpar a Enrique Peña por la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa, ni a Calderón por la muerte de cuarenta y nueve niños en la guardería ABC. En ninguna de estas tres desgracias faltaron los que, sin un mínimo ético, se lanzaron a culpar directamente a los presidentes en turno.

Ahora le toca a López Obrador. Sus simpatizantes no dejaron de culpar, y aún no dejan de culpar a Peña y a Calderón por aquellas desgracias, y ahora que su líder está en el ojo del huracán, les parece inmoral que existan quienes se atrevan a señalarlo. Y la verdad es que sí es excesivo culparlo. Es inmoral atribuir directamente un hecho trágico al presidente –cualquier presidente– simplemente porque no es del partido con quien uno guarda simpatías. Los hashtags #CalderónAsesino, #PeñaAsesino y ahora #AMLOAsesino son prueba de mezquindad y oportunismo. Incluso si hubo alguna negligencia y aún si existió un ejercicio abusivo del poder por parte de alguna instancia del gobierno –en el caso de Iguala los agentes (de agere, o sea, los que actuaron indebidamente) fueron las autoridades municipales que trabajaban al servicio de un cártel criminal–, en estos tres casos –Guardería ABC, Estudiantes de Ayotzinapa, Tlahuelipan– no es posible atribuir como causa eficiente directa ni a Calderón, ni a Peña ni a López Obrador. ¿Ahora ve usted con claridad, especialmente si simpatiza con Morena y ha criticado acremente todo a los últimos gobiernos, lo mal que se ve uno diciendo, sin más, que el presidente es asesino? Claro que ha habido presidentes asesinos en nuestra historia, pero yo me refiero a los tres últimos, y a propósito de los casos por los cuales sus detractores han lanzado sendas acusaciones.

En su momento lo dije respecto a la guardería ABC: que fue un hecho tan doloroso que no podía ser expresado con palabras, que desde luego había que deslindar responsabilidades y en su caso aplicar las sanciones correspondientes; pero que no había un nexo causal entre esta desgracia y el presidente, aún cuando alguno de los dueños o socios de la guardería tuviera alguna relación de parentesco o amistad con el presidente o su esposa. Aún bajo ese supuesto, no era lícito inferir, por este hecho, que el presidente fuera un asesino. Esta observación me valió el reproche, la descalificación y el insulto de muchos.

En su momento dije también que la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa era un acontecimiento gravísimo y que ponía en tela de juicio la viabilidad del Estado mexicano en ciertas zonas del país; dije también que el gobierno federal actuó con retardo y torpeza; pero fui enfático en observar que no era posible establecer una relación de causa y efecto entre la voluntad del presidente y la desaparición de los estudiantes; es decir, que tampoco, como en el caso de la ABC, existía nexo causal. La negligencia con la que actuó la PGR bajo el mando de Murillo Karam –¿quién no recuerda su «ya me cansé»?– y el gobierno en la investigación del caso Ayotzinapa es suficiente para hacerlos pedazos mediante la crítica, pero en modo alguno autoriza a nadie a decir que el presidente es un asesino y atribuirle, como si fuese autor intelectual, la desaparición de los estudiantes. En su momento también hice estas observaciones, y, claro, me valieron insultos, descalificaciones y hasta amenazas.

Ahora es el gobierno de López Obrador el que enfrenta acusaciones infundadas. Y claro, sus simpatizantes, muy severos para culpar a otros presidentes, ahora defienden a capa y espada a su líder, con lo cual se prueba que izquierdas, derechas y centros se comportan similarmente. ¿Se imagina usted lo que hubiera sucedido si el ejército y la policía federal –que se encontraban en Tlahuelipan desde que los pobladores se precipitaron a sustraer el combustible del ducto pinchado– hubiesen empleado la fuerza para evacuar el sitio? Habrían salvado decenas de vidas, pero los opositores del gobierno igual hubieran pegado el grito al cielo y hubieran circulado hashtags como #GobiernoRepresor, #AMLORepresor o #EjércitoRepresor, más aún si tenemos en consideración que el Congreso está por aprobar todo lo relativo a la Guardia Nacional. Los opositores habrían dicho: «¡ya ven cómo sí se está militarizando el país y cómo AMLO está convirtiéndose en dictador!» Y esas personas que en las redes y en los medios se hubieran lanzado furiosamente contra el ejército y el gobierno de haber sido dispersados los pobladores, son las que ahora mismo reprochan que el ejército no haya actuado. Absoluta falta de objetividad. Así no es posible construir. El ejército actuó con prudencia: intentó persuadir a los pobladores para que abandonaran el ducto y les advirtió del peligro que corrían. Era veinticinco militares ante una multitud que rondaba las mil personas.

Se ha criticado con gran virulencia que el presidente dijera que las víctimas actuaron inocentemente. Incluso, si uno ve en Twitter, hay muchas personas que celebran que los huachicoleros hayan “recibido su merecido”. Sin embargo es verdad lo que ha dicho AMLO. También lo dijo el Fiscal General: «no debemos criminalizar a toda una población.» Después de ver yo mismo muchos videos y de haber escuchado el testimonio de familiares de víctimas, estoy convencido que la mayor parte de los pobladores que se encontraban en el ducto sustrayendo combustible actuaron con inocencia, por no decir otra cosa, movidos por un distorsionado sentido de la oportunidad que les indicó que podían hacerse de gasolina gratis. Pero de ahí a criminalizarlos hay un mundo de diferencia. Las víctimas no eran “huachicoleros profesionales” ni miembros de cárteles u organizaciones criminales; eran personas de San Primitivo, que se aprestaron con sus bidones y tambos al ducto. Había incluso niños y ancianos. Claro que los pobladores estaban cometiendo un delito: el robo de combustibles, pero no eran los “hijos del mal” que muchos pregonan. Cometieron un gravísimo error y lo pagaron con sus vidas. Sí, fueron movidos por un torcido sentido de la oportunidad, como acabo de decir, y si usted quiere también podemos aceptar que fueron movidos por la posibilidad de obtener dinero fácil y por una distorsionada forma de pensar, producto de la marginación y de la ignorancia; y sí, también los movió la necesidad: dicen que en arca abierta hasta el justo peca. Es muy fácil criminalizar a esta gente desde un restaurant en Polanco o desde un café en la Roma, y hacerlo revela frivolidad e indolencia –que conste que no estoy justificando a los pobladores, porque sí cometieron delitos esa tarde, eso es manifiesto y ahí están las imágenes; no estoy haciendo apología de conductas ilícitas. Lo que sucedió fue una tragedia, horrible, terrible, dolorosa, y es inhumano afirmar que las víctimas se lo merecían, incluso si hubiese sido “huachicoleros profesionales”; es infrahumano que los políticos utilicen esta tragedia (o cualquier otra) para fines partidistas e innobles. Es monstruoso que alguien se alegre por esta desgracia y es infundado hasta el extremo, por no decir otra cosa, que alguien crea de verdad que el presidente es el culpable.

Se debe investigar minuciosa y eficazmente cómo llegó a ocurrir la explosión en Tlahuelipan y se debe informar a todos los mexicanos los resultados de estas pesquisas. Tenemos derecho a saber si este hecho pudo haberse evitado y si alguien es responsable.

Y ya para terminar, he visto comentarios a las imágenes de los pobladores llenando bidones, comentarios que dicen: “ahí está su pueblo bueno y sabio: miren qué bueno y qué sabio…” El pueblo mexicano, en términos generales, es bueno; quizá no sea tan educado como otros pueblos, pero eso no quita que también sea, en cierto sentido, sabio, porque la sabiduría es una cosa y la educación es otra. El mexicano es un pueblo noble y entregado. Es un pueblo sufrido y abandonado por la frivolidad de los gobernantes. Es un pueblo sumido en la pobreza, un pueblo que ha soportado la injusticia y la humillación durante todas las etapas de su historia. Sostener lo contrario a partir de los malos mexicanos –que por desgracia son millones y sus acciones llegan a ser monstruosas, inmensamente malvadas y sanguinarias– es un absurdo que en lógica recibe el nombre de generalización precipitada. Me da pena que muchos políticos y personajes de los medios supongan que el pueblo mexicano es degenerado, vil y malvado. Es francamente triste que ataquen al presidente porque él sí se atreve a decir en público que el pueblo es bueno y sabio. La verdad es que suponer desde la falacia –aunque no se sepa que se está atrapado en la falacia– que el pueblo es degenerado, vil y malvado, es lo verdaderamente degenerado, vil y malvado, porque quien así procede se coloca voluntariamente en una posición de superioridad, se desmarca del pueblo y lo ve desde afuera, como si no fuera también pueblo, como si no fuera mexicano. Espero haberme explicado con claridad.

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