¿Por qué es tan difícil discutir el aborto?

«The fundamental cause of the trouble is that in the modern world the stupid are cocksure while the intelligent are full of doubt.» Bertrand Russell

15 de agosto, 2018

«The fundamental cause of the trouble is that in the modern world the stupid are cocksure while the intelligent are full of doubt.» Bertrand Russell

Recientemente el Senado de la República Argentina echó para atrás un proyecto de ley, ya aprobado por los diputados, que despenalizaba el aborto. Con una votación de 38 contra 31, el Senado rechazó la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana catorce. Este asunto tan delicado polarizó a la sociedad argentina, ya de por sí tan dividida.

Uno de los temas más controvertidos que hay es, sin duda, el aborto. Es un tema muy difícil de debatir, porque toda discusión exige cabeza fría y espíritu abierto para entender razones y hacer valer argumentos. Por desgracia, los que entran en este debate (pseudo-debate) lo hacen descalificando a la contraparte por cuestiones que poco o nada tienen que ver con la discusión. Los que están a favor del aborto piensan que los que están en contra son retrógradas y están llenos de prejuicios religiosos. Quienes están en contra, creen que los que están a favor promueven la cultura de la muerte y justifican el asesinato y la eugenesia, y que, en consecuencia, pertenecen a las huestes de Satán.

Uno de los prejuicios más arraigados de los así llamados “Defensores de la vida” es que la doctrina católica condena y prohíbe el aborto, y que quienes lo justifican son enemigos de Dios y no pueden ser católicos. Se apoyan en el Canon 1398, que a la letra dice: «Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae.» Esta expresión latina significa sin amonestación previa, sin juicio previo; o sea, quien procura el aborto, si este se produce, queda inmediatamente excomulgado de la iglesia (me refiero a la católica, que es la que suele excomulgar a sus miembros), y no es necesario un decreto oficial para que surta efectos.

Sin embargo, algunos católicos –y me refiero tanto a laicos como a ministros– tienen una postura digamos “liberal” frente al aborto, y consideran que no es dogma de fe que el ser humano sea tal desde la concepción. Tan es así que el mismo Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia, siguiendo a Aristóteles, no afirmó que existiera la vida humana desde la concepción; más bien parece que dijo lo contrario. De ahí que pueda resultar chocante la actitud tan hostil de los sectores más conservadores del catolicismo. Un católico que está al tanto del estado que guarda la cuestión no se amedrenta fácilmente ante las amenazas del hiper-conservadurismo. Los que se amedrentan con facilidad son los católicos que no profundizan en cuestiones doctrinales, que son creyentes más por inercia que por convicción. Para estos fieles la amenaza de condena y excomunión (es decir, el terror de ser segregado en caso de disentimiento: excomunión latae sententiae equivale a arder en el infierno) es muy efectiva.

¿Por qué el aborto resulta tan abominable para los católicos conservadores? Los católicos en general creen que Dios mismo insufla el hálito de vida a cada ser humano, y aunque no hay un acuerdo entre los teólogos sobre el momento exacto en que Dios sopla el aliento divino –el número de niños que nacen diariamente, casi 400 mil, tiene por fuerza que ser más o menos igual al número de niños que se conciben, también diariamente, así que el pobre Dios se la pasa soplando todo el día–, para evitar cualquier problema de interpretación y poner a salvo el alma humana ante cualquier posible riesgo, la iglesia católica ha establecido que ese milagro ha de darse en el momento mismo de la concepción, y por tanto ya hay ser humano, en plenitud y en todo el sentido de la palabra, y con toda la dignidad que implica ser hijo de Dios, desde el momento en que el esperma fecunda al óvulo. Si una persona cree a pie juntillas el milagro del hálito divino, se entiende que su postura frente al aborto sea un No absoluto. Y por nada del mundo va a recular. Punto y se acabó la discusión. Por eso es tan difícil hablar sobre el tema.

Para los creyentes muy devotos, el aborto es algo monstruoso y diabólico. Despenalizarlo es un signo inequívoco del influjo de Satán en el mundo. Todo aquel que lo promueve es un aliado del demonio. Es tan aberrante el aborto para los muy creyentes, que algunos obispos lo han comparado con la esclavitud y con el holocausto.

En 2013 el obispo de Alcalá de Henares (España), Juan Antonio Reig, comparó la lucha contra el aborto con la lucha contra la esclavitud que tuvo lugar en el siglo XIX. Sabiendo el prelado que la abolición de la esclavitud fue un tópico liberal, pretendió ser irónico y “dar cachetada con guante blanco” a los abortistas liberales, a quienes comparó con los esclavistas. Estas fueron sus palabras: «Que un día, ojalá sea pronto, podamos decir que todas las leyes que en España permiten la muerte de seres inocentes en el seno de sus madres o todas aquellas que puedan por acción u omisión promover la muerte de ancianos o enfermos, al final, van a ser abolidas en España. Ese día sería un día de grito de libertad como el día que se aprobó la abolición de las leyes de la esclavitud.»

También en 2013, el obispo de San Sebastián (España), José Ignacio Munilla, comparó el aborto con el holocausto que perpetraron los nazis: el Endlösung o Solución Final: el exterminio de todos los judíos de Europa. Dijo en su homilía pronunciada el viernes santo de aquel año, que «el aborto es un holocausto silencioso, una masacre de inocentes». Como ese viernes santo se difundieron datos estadísticos del aborto en España, el obispo Munilla aprovecho para decir que ese hecho era providencial, pues el viernes santo «es el día en que se celebra la muerte del inocente [Cristo] que entregó su vida en rescate por todos nosotros.»

Podríamos pensar que el obispo de San Sebastián se pasó con su declaración: está diciendo que todos los que apoyan la interrupción voluntaria del embarazo son tan malvados como los nazis. Pero lo mismo ha dicho el papa Francisco. Pocos días después de que los diputados argentinos aprobaron el proyecto en la cámara baja, en junio de este año, el papa Francisco hizo un enérgico pronunciamiento: «en el siglo pasado todo mundo estaba escandalizado por lo que hacían los nazis para procurar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo pero con guante blanco.» Es decir, el papa Francisco también está considerando que los promotores de la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana catorce (su declaración fue en franca alusión a lo que habían aprobado los diputados argentinos) son tan impíos y malvados como los nazis. Por eso un legislador del Congreso Argentino, que sea creyente, vota siempre por el No a la despenalización, y ante sus ojos los legisladores que votan por el Sí son tan malvados como un esclavista o un nazi; para un senador muy creyente, votar por el Sí equivaldría a condenarse al infierno.

O hay algo que saben estos clérigos que los demás ignoran y sí, en efecto, el aborto es algo monstruoso, como pregona enérgicamente el nacionalcatolicismo en España y en Argentina –la iglesia católica y los evangélicos hicieron una gran campaña pro-vida en el país sudamericano–, o de plano la identificación de los abortistas con los esclavistas y los nazis es una verdadera exageración que nadie debería tomarse en serio, ni aún cuando proceda de la boca del santo padre.

Este es el nivel de discusión a que ha llegado la cuestión del aborto. Ante eso, es imposible dialogar o razonar. Lo invito a que usted razone con Antonio Cañizares, ex arzobispo primado de Toledo, quien dijo que era peor el aborto voluntario que el abuso sexual de menores por parte de sacerdotes; o intente usted dialogar con el padre Jorge Gómez, de la arquidiócesis de Buenos Aires (de la que fue titular el actual papa), quien declaró que es peor la violación de la fe que la violación de una niña. O intente usted dialogar con el senador argentino José Mayans, quien en la histórica sesión del pasado 8 y 9 de agosto en Buenos Aires argumentó, para votar en contra del proyecto, lo siguiente: «Muchos de nosotros somos devotos de María. Ella sabía que cuando aceptó la concepción podría ser muerta apedreada. Ella estaba sabiendo eso. Su decisión cambió la Era: Antes y Después [de Cristo].»

¿Cuál es la verdad en torno al aborto? ¿En realidad es algo tan monstruoso como el holocausto o la esclavitud? Desde el punto de vista teológico, ¿cuándo comienza la vida humana? Esta cuestión es fundamental, pues de ella depende la existencia o no del aborto. Desde el punto de vista doctrinario, ¿ya está definida la cuestión y es dogma de fe? La verdad es que no. La condena del aborto es cuestión de derecho canónico, es decir, es una cuestión de derecho positivo (o sea, humano, no divino). El inicio de la vida humana desde la concepción no es una cuestión sobre la que ya se haya pronunciado la última palabra, y por tanto aún no es dogma de fe, aunque el derecho canónico (insisto, un derecho humano, no divino, por aquello de la Ley Eterna, la Ley Divina, la Ley Natural y la Ley Humana) lo condene con la peor de todas las penas: la excomunión. El hecho de considerar que sí hay vida desde la concepción, es una consideración ad cautelam, en espera de que existan elementos que definan de forma indubitable la cuestión. Pero eso nunca sucederá, porque la discusión estará siempre atrapada en un remolino doctrinal.

Es válido ser creyente y sostener que Dios insufla en cada uno de nosotros el hálito de vida, y que eso sucede en la concepción, que desde ese momento hay ser humano y ese ser humano tiene la dignidad que le confiere el ser hijo de Dios y haber sido creado por Él. Es una cuestión de fe y es respetable que así lo sostenga el creyente. Lo que no es válido es imponer esta cuestión de fe –que, insisto, no es aún dogma de fe– y determinar así las leyes del Estado. Quizá mis palabras hagan pensar a la gente pro-vida que soy un pecador irremediable y que arderé en la Gehena, y puede que tengan razón en lo de pecador irremediable. Pero, con el debido respeto, imponer una creencia de fe, sólo sustentada por la fe –una idea estrictamente religiosa que sólo puede ser verdadera hacia dentro de la religión– y no por datos o elementos científicos que la avalen y la sustenten, es el gobierno de la arbitrariedad medieval. Los que se oponen a la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana catorce, tienen todo el derecho a no abortar. Si tanto les escandaliza el aborto, pues que nunca aborten. El proyecto de ley argentino no obligaba a nadie a abortar; sólo despenalizaba el aborto voluntario si este se efectuaba dentro de las primeras catorce semanas del embarazo.

Los defensores de la vida, que tanto abominan del aborto, tampoco es que den alternativas. Ellos mismos son los principales opositores de los medios anticonceptivos, porque, según creen, son abortivos, cuando muchos de esos medios lo que impiden es precisamente que ocurra la fecundación. Los defensores de la vida se oponen también al uso del condón y a la educación sexual. Se oponen lisa y llanamente al sexo, al que consideran atroz fornicación: toda forma de sexo fuera del sacro matrimonio (el matrimonio es un sacramento) es pecado de fornicación; y, como dijo Cristo en el Evangelio de San Mateo, más vale sacarte el ojo o cortarte la mano, si son ocasión de pecado (se refiere Cristo al pecado de la lujuria), que perder el reino de los cielos.

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