AMLO y el precio de las gasolinas

En todos los países, si de elecciones se trata, los candidatos prometen a los electores cualquier cosa con tal de ganar. Una vez que el...

5 de marzo, 2019

En todos los países, si de elecciones se trata, los candidatos prometen a los electores cualquier cosa con tal de ganar. Una vez que el candidato triunfador entra en funciones, se ve enfrentado a la realidad y entonces, una a una, empiezan a incumplirse las promesas. Los electores se desilusionan y suele suceder que, al final de la gestión, el funcionario queda muy desgastado, con una impopularidad que llega al hartazgo. Le pasó a Fox, a Calderón, a Peña, y es posible que también le llegue a suceder a AMLO, si no hace las cosas bien. Al final de una gestión, el presidente se vuelve el objeto de todos los reproches y absorbe, justa o injustamente, todas las culpas.

El elector debe saber que una cosa es la campaña: una especie de pequeña guerra en la que se dice de todo y prevalece la descalificación y la apelación a la emoción; y otra muy distinta es el ejercicio del gobierno. Y en ese saber, debe estar consciente de lo que es posible y lo que no es posible, pues de lo contrario caería con facilidad, primero en la candidez y luego en la indignación.

Por ejemplo, si un candidato promete que erradicará el crimen o acabará con la corrupción, es obvio que tales promesas son notoriamente exageradas, y ninguna persona en el uso mínimo de inteligencia debería creer que de verdad llegando tal o cual candidato al poder se acabarán esos problemas. Cuando AMLO termine su sexenio, existirá corrupción y crimen. Si logra reducirlos de manera importante, habrá sido exitoso. Si los niveles son iguales o peores que los de hoy, habrá fracasado. Otro ejemplo: sólo un votante estadounidense con muy pobre juicio (extremely poor judgement) creería que el muro que prometió Trump lo pagará México.

Algunas de las principales promesas de los candidatos suelen ser un insulto a la razón: Zedillo prometió que con él habría bienestar para las familias (hubo bienestar, pero para su familia y las familias de sus secretarios y amigos); Fox prometió crecimiento económico al 7% anual (los hermanos Bribiesca Sahagún sí crecieron a tasas infinitamente superiores, pero México apenas alcanzó el 2%); Calderón prometió que sería el presidente del empleo (le dio trabajo con sueldos millonarios sólo a sus amigos); Peña prometió gasolina barata y dijo que combatiría la corrupción (los precios de las gasolinas se dispararon y su sexenio será recordado como uno de los más corruptos de la historia, especialmente en materia de obra pública). Era obvio que el slogan de Zedillo era eso: una simple frase publicitaria que nadie debió creerse. Era evidente que con Fox no se alcanzarían niveles que rondaran el 7% de crecimiento, y menos aún con su plan de changarrización económica. Calderón, presidente del empleo, falló en ese rubro y nos dejó sumidos en una escalada de violencia como no sucedía desde la Revolución Mexicana. Durante la campaña, Peña firmaba ante notario sus promesas, pero eso no fue más que un ardid que ni los priístas se tomaron en serio. Ahora toca el turno a López Obrador, y ha prometido muchas cosas, algunas de ellas factibles y otras imposibles de cumplir, no por falta de voluntad política o de capacidad, sino simplemente porque es imposible realizarlas. Una de ellas es la reducción del precio de los combustibles.

AMLO prometió que no habría gasolinazos y calificó de inmoral –término que le gusta mucho– el hecho de que, teniendo México tanta riqueza petrolera, tuviera que importar gasolina de Estados Unidos, de modo que el consumidor final –usted y yo– se viera forzado a pagar un sobreprecio. Con él en la presidencia, dijo, esto se acabaría: no habría más incremento a las gasolinas. Y no sólo eso: una vez que estén listas las refinerías que prometió construir –cuestión que tampoco podrá cumplir; pero de eso hablaré en otra ocasión–, el precio de los combustibles bajará: ¡sí cómo no! Yo escuché esta promesa y desde el primer momento supe que no sería posible cumplirla. La gasolina no bajará de precio; al contrario, era previsible que subiera… y seguirá subiendo. Por mucha voluntad que pueda tener el presidente, no puede por decreto eludir la realidad, y menos teniendo a una persona seria como Urzúa en Hacienda.

El lunes 3 de diciembre de 2018, primer día hábil del nuevo gobierno, el precio promedio en la Ciudad de México de la gasolina Magna era de $19.22 pesos por litro; $20.80 para la Premium y $20.18 para el Diésel. El día de hoy, martes 5 de marzo de 2019, los precios promedio por litro en la Ciudad de México son: $20.59 para la Magna, $21.19 para la Premium y $21.99 para el Diésel. Se han registrado aumentos similares en prácticamente todas las entidades federativas. Por más que se quiera negar, los precios van al alza. La Magna ha superado la barrera de los $20 pesos. En el caso de la Magna, al menos en la Ciudad de México, el incremento de $19.22 a $20.59 pesos por litro equivale a un alarmante 7.12%. El incremento del Diésel es de casi el 9%, ambos incrementos por encima de la inflación. No estamos hablando de aumentos menores o simples ajustes, sino de movimientos importantes, más si consideramos que apenas van tres meses del nuevo gobierno. El presidente dice que, si bien la Magna subió, la Premium bajó, pero la verdad es que, aún cuando el incremento fue menor, la Premium ha aumentado un 1.87%. Y ni qué decir de las teorías de la conspiración, siempre infundadas, dirigidas a personas que no quieren discernir y que apoyan ciegamente al presidente: el precio sube, no por culpa de AMLO, sino como medida de presión de los Estados Unidos a México por la postura favorable de nuestro gobierno a la dictadura de Nicolás Maduro. Si usted cree esto, perdone, pero ni cómo ayudarlo.




El PRI y el PAN, con sus respectivos aliados –que cada vez son menos–, recriminan al gobierno la subida de precios. Tampoco es culpa del gobierno, y lo saben. Estas críticas, aunque suene duro decirlo, hacen ver poco serios a los opositores, porque PRI y PAN con sus aliados, fueron los artífices del llamado gasolinazo en el sexenio de Peña. En un spot de televisión y radio, Peña Nieto dio la cara, explicó las razones de la medida y preguntó al pueblo: “¿ustedes qué hubieran hecho?” Los morenistas y AMLO, entonces oposición, lo atacaron sin piedad. Pues bien, ahora AMLO se ve forzado a no congelar ni a reducir artificialmente los precios. Muchos se enojarán, pero yo celebro que el presidente no caiga en la falsa solución de reducir por decreto el precio mediante un costosísimo subsidio y con el riesgo de crear un terrible déficit fiscal que pronto explotaría y produciría efectos sumamente nocivos para la economía y los bolsillos de los mexicanos. En su momento también expresé que la decisión del gobierno de Peña era la correcta y que el mandatario actuaba sabiendo que el costo político sería inmenso –la derrota del PRI en la elección del 1 de julio fue monumental–, al contrario de Calderón, que no se atrevió a suspender el subsidio –pensando ilusamente y egoístamente que su candidata, Josefina Vázquez Mota, tenía posibilidades de ganar–. Reconocer a Peña me valió toda clase de insultos y agresiones. Y ahora que toca a AMLO sostener la misma medida, no voy a cambiar de opinión aún cuando sé que también habrá descalificaciones a mi persona.

Así que, si usted esperaba que bajara la gasolina, por muy simpatizante de AMLO que sea y por mucha confianza que le tenga, pues váyase acostumbrando a lo contrario. Y no es que AMLO sea malvado o torpe. Ahora que, si usted fue artífice del gasolinazo o, como yo, apoyó tal medida, por dignidad mejor no diga nada, porque sabe usted perfectamente que subsidiar la gasolina es un suicidio financiero.

Para consuelo de todos, la situación sería exactamente la misma si Anaya o Meade hubieran ganado la elección. Así que no se lo tome personal. Claro, los morenistas estarían ahora mismo exigiendo la cabeza de Anaya o Meade. Pero así es la política, ya deberíamos todos saberlo.

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En todos los países, si de elecciones se trata, los candidatos prometen a los electores cualquier cosa con tal de ganar. Una...

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