AMLO en la tierra de El Chapo

El pasado día 15 de febrero, el presidente López Obrador visitó la tierra de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como “El Chapo”. El fin...

18 de febrero, 2019

El pasado día 15 de febrero, el presidente López Obrador visitó la tierra de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como “El Chapo”. El fin de semana comenté con unas personas esta visita, y les pregunté si pensaban que fuera significativa. «Y a nosotros qué nos importa que haya ido; es un populista», expresaron con desaprobación y fastidio. Yo creo que esta gira a la tierra de El Chapo es muy significativa, porque se dio pocos días después de que un jurado en Nueva York encontrara culpable a Guzmán Loera de los diez cargos que le imputó el gobierno de los Estados Unidos. Seguramente este narcotraficante pasará el resto de sus días en una prisión de máxima seguridad, aislado por completo del mundo.

Se podrá o no estar de acuerdo con el presidente, pero nadie puede negar que su sentido de la oportunidad y su agilidad política lo sitúan a años luz de sus predecesores. Hace cuarenta años que ningún presidente se paraba ni por error en Badiraguato, Sinaloa, un municipio que se sabe sin ley, un municipio olvidado, no digamos por Dios –que estará muy ocupado en otros quehaceres y no tendría razón para mostrar especial interés en esta tierra–, sino por el gobierno de Sinaloa y por el gobierno federal, que sí están obligados a atenderlo.

Badiraguato se fundó hace unos cien años, y nadie recuerda un antes próspero. El municipio y sus pocos habitantes han vivido siempre sumidos en la pobreza, esa pobreza que curte la piel y la cara con la fuerza del sol que cae sobre los sembradíos. En Badiraguato, cabecera municipal, los habitantes, que no llegan a seis mil, han padecido pobreza y marginación, han sido olvidados y despreciados a causa de la frivolidad de los gobiernos. Sus pobladores han sido por siempre ignorados, incluso por los candidatos a la presidencia, que, ya sabe usted, cuando están en campaña van a todos los municipios a pedir el voto y a prometer que ahora sí todo va a mejorar; pues ni siquiera los candidatos se acordaban de Badiraguato, porque era la tierra del narco, no sea que si se apersonaban les fueran a soltar un plomazo.

Los niños de Badiraguato no tuvieron las oportunidades de otros niños. No tuvieron la posibilidad de ir a una escuela y aprender, ya no digamos inglés, sino aritmética elemental. No hubo un profesor de civismo que les enseñara que la ley, el orden y la justicia son los medios para alcanzar el bienestar, el progreso y el desarrollo armónico de todas las facultades del ser humano, según dice nuestra Constitución. Tampoco hubo un profesor que los iniciara en la letras, no digamos inglesas o francesas –mucho menos el latín o las etimologías griegas–; vaya, que ni siquiera las mexicanas. No hubo nadie que los instruyera en el uso correcto del español. Los niños de Badiraguato no conocieron a Juan Rulfo ni a Carlos Fuentes. Los niños de Badiraguato sólo conocieron de pobreza, de marginación, de violencia y de muerte. Durante los cien años de existencia del pueblo, los niños de Badiraguato en la práctica no han existido para las instituciones. Han sido fantasmas, como los habitantes de la Comala de Juan Rulfo. A partir de los años 30 y 40 del siglo pasado, algunos padres de esos niños pensaron que sembrando amapola y marihuana podrían aliviar la pobreza. Y así empezó el negocio.

Joaquín Guzmán nació en 1957. Para esas fechas, varias regiones de México atestiguaron la proliferación de sembradíos de amapola: Guerrero, Sinaloa, Jalisco, Durango, Michoacan, Chihuahua, Tamaulipas. Ninguno de los sembradores había estudiado, ya no digamos en la universidad, sino ni siquiera en la secundaria, porque no había eso en Badiraguato ni en las montañas de Guerrero, ni en la Tierra Caliente de Michoacán ni en los municipios más pobres de los estados productores. El joven Chapo creció y tuvo muy pocas opciones. No pudo plantearse entre estudiar derecho, economía o medicina, ni meditó sobre a cuál institución acudir; sólo pudo plantearse si entraba a trabajar al servicio de un capo, que aunque ello no le haría rico, era mucho mejor que sembrar hortalizas o emigrar a Culiacán. El Chapo eligió su camino y ahora asumirá las consecuencias. No estoy haciendo apología del crimen, ni estoy justificando a El Chapo ni a los narcotraficantes. Eligieron el camino del mal, y esto no lo digo en el sentido moralista, no soy nadie para juzgar. El Chapo eligió el crimen como forma de vida y como única posibilidad de salir de la pobreza. Hoy el destino le está cobrando factura… y va a pagarla.

Hay gente que está molesta porque el presidente viajó a Badiraguato y dijo que «muchos se vieron obligados a tomar el camino equivocado de las conductas antisociales porque no tuvieron opciones, porque no tuvieron alternativas», y reprochan que haya rematado el discurso con su ya conocida postura estilo Rousseau, casi naïf, según la cual el ser humano es bueno por naturaleza, que «son las circunstancias las que llevan a muchos a tomar el camino equivocado» y que el pueblo mexicano es bueno y sabio; porque, dicen, con esas palabras el presidente justifica y hace apología de los criminales.

En Badiraguato el presidente prometió ayudar a los pobladores, especialmente a los jóvenes y a los campesinos. Prometió construir una universidad, y, por lo que vi en Twitter, eso enfadó a algunos. Es verdad que antes de llegar a la universidad hay que sortear la primaria, la secundaria y el bachillerato. Pero también es verdad que a Badiraguato y a muchos cientos de municipios les hace falta infraestructura para la educación. Que un presidente prometa apoyos educativos a Badiraguato apersonándose en la cabecera municipal es algo que cualquier persona de buena voluntad debe celebrar. Prometió también que se construirá una carretera. Esto también molestó a algunos, pues ¿cómo anda el presidente prometiendo carreteras a diestra y siniestra? ¿Con qué dinero? Qué injusto que el gobierno financie esas cosas con “nuestros” impuestos, objetarán algunos. Pero la verdad es que Badiraguato está casi aislado desde que se fundó, y aún así hay gente que desde la exclusividad de un bistro de Polanco reprocha a los bárbaros badiraguatenses no tener la instrucción y la civilidad de los helsinkitas. ¿Pero cómo la van a tener, dadas las circunstancias? Hay gente que estigmatiza a los jóvenes de Badiraguato y a los jóvenes pobres en general, porque de ellos se nutren las filas del crimen organizado; esa misma gente que estigmatiza y prejuzga a estos jóvenes es la misma que está muy molesta porque el presidente ha dicho que no hay que estigmatizarlos. La gente que, como mis interlocutores en la reunión del fin de semana, no les hace ninguna gracia que AMLO visite la tierra de El Chapo, está molesta porque el presidente fue a pedir a los jóvenes que no optaran por el camino del crimen –los fue a sermonear porque se cree el mesías, objetaron sin siquiera haber escuchado el discurso–, fue a decirles que recapacitaran si ya habían hecho la elección y que vieran el ejemplo de aquel badiraguatense que había sido juzgado en los Estados Unidos –no mencionó a El Chapo por su nombre, pero sin duda era a él a quien se refería–, para que no cometieran el mismo error y no desperdiciaran sus vidas. Y para que eso no sucediera, él, el presidente, les daría toda clase de apoyos.

La gente de Badiraguato no es gente mala. Es gente trabajadora. Es gente buena y sabia, y ha soportado la injusticia, la indolencia y el olvido de los gobiernos, la humillación de los criminales, la humillación de las autoridades; es gente buena y sabia que ha soportado la pobreza. Pero la gente que no tolera al presidente piensa que es un desatino y una locura decir que el pueblo es bueno y sabio. Muchos badiraguatenses expresaron, el día de la visita, que están listos para trabajar y empezar a construir ya esa universidad y esa carretera. Yo vi sus rostros: rostros tostados, rostros rojos de tanto curtirse bajo un sol que cae a más de 40º Celsius en verano; y vi sus manos: no eran las manos cuidadas por la manicura, valga el pleonasmo, ni los rostros suaves de Lancôme. Eran manos torcidas por la tierra, ásperas, duras. Estaban los pobladores muy contentos porque era la primera vez que recibían la visita de un presidente, un presidente por el que votaron, y eso, desde la inocencia que se revelaba en sus ojos campesinos, los llenaba de esperanza. Me cuesta trabajo pensar que aquellos que se molestaron porque el presidente no fue a Davos también se molestaran porque el presidente fue a Badiraguato a prometer ayuda –sí, con nuestros impuestos.

Según los últimos datos publicados por el CONEVAL, en México 53.4 millones de personas perciben –“ganar” sería eufemismo– un máximo de $3,001.17 pesos al mes. De esas personas, 9.4 millones perciben –“ganar” sería todavía un eufemismo peor– $1,523.51 pesos al mes. Estos 53.4 millones de personas viven en una pobreza indescriptible. Esta pobreza es la fría, contundente y lacerante prueba del fracaso de todos los gobiernos desde la Constitución de 1917 (de los anteriores, ni hablemos). Esta pobreza inmoral es la prueba de que necesitamos rehacernos, reorganizarnos, refundarnos, reinventarnos, reconstituirnos. Se dirá que no es el momento propicio, porque hay un gobierno populista. ¿Cuándo hubo un momento propicio? Si no es ahora, ¿cuándo? La reconstitución de México no tiene que ver con el presidente en turno: es una necesidad que concierne a todos los mexicanos. No estoy diciendo que este presidente sea la solución que México esperaba y estoy seguro que no es el mesías. Tal vez al final del sexenio las cosas estén peor, pero yo apuesto a que las cosas salgan bien. A lo mejor soy un iluso ignorante, pero tengo derecho a la esperanza: las falsas esperanzas también son esperanzas.

Que El Chapo pase lo que le queda de vida en una prisión de los Estados Unidos no acabará con el crimen organizado. La Guardia Nacional podrá ser un instrumento útil –ya hablaré de ella en breve–, pero tampoco será la panacea. Lo único que puede terminar con la pesadilla que vivimos son dos cosas: el mejoramiento generalizado de las condiciones económicas y culturales en todo el país, especialmente para los 53.4 millones que padecen pobreza; y, lo más importante, la despenalización de los estupefacientes. Despenalización y regulación de todo el proceso: desde que el campesino obtiene y deposita la semilla en la tierra hasta que el usuario se droga. Despenalización y regularización totales, no sólo de la cannabis, sino de todas las drogas. En tanto no se lleve esto a cabo, El Chapo será tan solo uno más que va a prisión.

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