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Una breve y meteórica aventura política

En la vida de premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa la política profesional llegó tarde, pero con un ímpetu desbordado. Y lo hizo con tal intensidad que marco el resto de su trayectoria literaria. Lo cierto...

6 de febrero, 2026

En la vida de premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa la política profesional llegó tarde, pero con un ímpetu desbordado. Y lo hizo con tal intensidad que marco el resto de su trayectoria literaria. Lo cierto es que, a mi juicio, el fracaso en su búsqueda de la presidencia no sólo fue lo mejor que pudo ocurrirnos a sus lectores, sino también al propio don Mario.

“Muchas veces pensé: «Un país siempre puede estar peor. Para el subdesarrollo no hay fondo»” (1).

—Mario Vargas Llosa, El pez en el agua

La política irrumpe en la vida de Mario Vargas Llosa a finales de 1987, cuando había cumplido ya cincuenta y un años y “todo parecía indicar que mi vida, agitada desde que nací, transcurriría en adelante más bien tranquila: entre Lima y Londres, dedicada escribir y con alguna que otra incursión universitaria por Estados Unidos” (2).

       Nada más lejos de la realidad. Fue entonces cuando inició una de las aventuras más significativas e importantes en la vida del autor: su candidatura a la presidencia de la República del Perú.

       Más allá de su liberalismo, casi podríamos decir exacerbado, Vargas Llosa se lanza a la política profesional como consecuencia de un conjunto de hechos un tanto fortuitos, como la publicación del artículo “Hacia el Perú totalitario”, y concatenación de casualidades en apariencia sin importancia, como la redacción de un manifiesto donde afirmaba que “la concentración del poder político y económico en el partido gobernante podía significar el fin de la libertad de expresión y, en última instancia, de la democracia”.

       Esa serie de declaraciones que, por más potentes que parezcan, habitualmente carecen de consecuencias en el mundo material, cuajaron en una serie de apoyos que lo fueron levando de un sitio al otro hasta que no tuvo más remedio –y quizá la auténtica ilusión, pues ya llevaba metido en el cuerpo “el morbo de la política”– que convertirse en el candidato por el Frente Democrático, en octubre de 1988, enfrentando a una serie de candidatos, entre los que se incluía un casi inadvertido Alberto Fujimori.

       En compañía de su equipo de colaboradores, diseñaron un programa de gobierno realista “para acabar con los privilegios, el rentismo, el proteccionismo, los monopolios, el estatismo, para abrir el Perú al mundo y crear una sociedad en la que todos tendrían acceso al mercado y vivirían protegidos por la ley” (3).

Desde la visión liberal de Vargas Llosa, el mercado y la libre competencia sería lo que fijaría los precios, los equilibrios económicos en la sociedad y eliminaría la influencia de los funcionarios que siempre buscaban sacar tajada. Todo ello, de la mano con una serie de privatizaciones, adelgazamiento del Estado y reformas de carácter económico, político y de justicia que buscaban transformar al Perú.

       Lo cierto es que el proceso de la campaña dejó claro a Vargas Llosa, no sólo que sus posibilidades de gana eran mínimas, sino que lo obligó a toparse de frente con el desencanto de la política real frente a la política de gabinete.  “Ya metido en la candela, en esas reuniones tripartitas hice un descubrimiento deprimente. La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina –la única que yo conocía–, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas –la sociedad ideal que quisiéramos construir– y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo” (4).

       Tal parece que poco o nada ha cambiado el escenario político de Latinoamérica, porque descubre de primera mano que la política verdadera “está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoia, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes” (5).

       Hoy podrían usarse las mismas palabras que usó él hace casi 40 años para describir el presente de cada uno de nuestros países.  

       Tras el desastre que significó para su causa la primera ronda primera vuelta Vargas Llosa estaba dispuesto entregar la presidencia a Fujimori con tal de que se aprobaran algunos de sus programas económicos y desactivar el tipo de política que representaba el gobierno de Alan García.

       Fue consciente de que un tercio de los votos no le otorgaba la legitimidad para ejecutar la ambiciosa serie de reformas radicales que contenía su programa de gobierno y, ante la falta de apoyo generalizado de los peruanos, estaba dispuesto a renunciar a su propósito de convertirse en presidente y alcanzar una negociación con Fujimori a cambio de algunas reformas económicas que dejaran fuera de la jugada a los candidatos de izquierda.

       Aunque en principio pareció posible la negociación, hubo una serie de circunstancias, que se relatan con brillantez a lo largo de decenas de páginas, que provocaron que el acuerdo se derrumbara. Esto llevo a que ambos candidatos se enfrentan en la segunda vuelta. A pesar de sus esfuerzos y los de su equipo, Vargas Llosa fue aplastado con una diferencia de 23 puntos porcentuales (57% de Fujimori contra 34% de Vargas Llosa), lo que convirtió a su oponente en el nuevo presidente del Perú.

       A fin de cuentas tanto Mario Vargas Llosa como el resto de nosotros debemos dar gracias que su carrera política haya sido tan corta y explosiva. Quienes lo admiramos como escritor agradecemos sus obras y la propia memoria de don Mario pudo haber padecido mucho de sumergirse en lo pantanos de una profesión de la que es casi imposible salir limpio y respetado. En el propio epígrafe de la obra el propio Mario, tomando una referencia de Max Weber, lo reconoce: “quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo del mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario” (6).

Max Weber, Politik als Beruf (1919)

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 (1) Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Págs. 674/P. 263

(2) Íbidem, P. 42

(3) Íbidem, P. 190

(4) Íbidem, P. 110

(5) Ídem

(6) Íbidem, Pág. 11

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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