¿Sincronicidad o casualidad?; un ejemplo inquietante

Lo que entendemos por realidad, lejos de ser un monolito sólido y previsible, es más bien una misteriosa amalgama de factores y variables de los cuales solo sabemos el funcionamiento de una parte.

17 de junio, 2022 ¿Sincronicidad o casualidad?; un ejemplo inquietante

La narración utilizada como ejemplo produce inquietud y desasosiego al resaltar lo misterioso e inescrutable que puede resultar el tejido del que está hecha la realidad. 

Ante coincidencias de semejante calado, permanecemos estupefactos sin saber a ciencia cierta qué pensar o cómo interpretarlo. ¿Tú cómo la interpretas?

Si te contara que existe una narración ficticia donde se cuenta la historia de un trasatlántico, el más grande jamás construido, al que se le colocó la etiqueta de “insumergible”, pero que, en su viaje inaugural choca con iceberg, se hunde, y, debido a la falta de botes salvavidas perece la mayor parte de su tripulación, me dirías que no te resulta en nada original porque es una calca de lo ocurrido con el Titanic. Yo tendría que darte la razón: incluso la falta de originalidad llegaría hasta el hecho de al barco de historia de ficción lo bautizaron con el nombre de “Titán”. Sin embargo, hay un pequeño detalle, muy inquietante por cierto, que lo cambia todo: la sinopsis relatada corresponde a la novela Futility o The Wreck of the Titan (El Naufragio del Titán o Futilidad) , escrita por Morgan Robertson en 1898; es decir que el hundimiento del “Titán” literario tiene lugar catorce años antes de la noche del 14 al 15 de abril de 1912, en que se hundió el verdadero transatlántico RMS Titanic. 

Si recorremos la narración ficticia, las semejanzas entre la novela y la realidad ocurrida catorce años después resulta estremecedora. Por ejemplo, tanto el Titán como el Titanic se hundieron en el Atlántico Norte. Ninguno de los dos llevaba a bordo suficientes botes salvavidas para los pasajeros. También existe una impresionante similitud en cuanto al tamaño –267 metros el barco real y 244 metros el imaginario– y la velocidad capaz de desplegar –25 nudos para el Titán, 23 nudos para el Titanic–. Los dos operaban con tres hélices y dos mástiles; en ambos casos el casco estaba diseñado con un sistema de compartimentos semejante y los dos emprendieron su primer y único viaje en el mes de abril. Ambos naufragaron al chocar contra un iceberg en su viaje inaugural y ambos se hundieron  aproximadamente seiscientos kilómetros al sur de Terranova, aunque, en una de las diferencias más significativas entre la realidad y la ficción, el Titanic real navegaba de Europa a Estados Unidos, mientras trasatlántico literario lo hacía en sentido inverso.  

¿Cómo podemos explicar estas coincidencias? ¿Qué relación objetiva existe entre la historia de ficción escrita por Morgan Robertson en 1898 y el trasatlántico diseñado por Thomas Andrews Jr., bajo el auspicio de la naviera White Star Line y construido en los astilleros Harland & Wolff, y capitaneado, en su viaje inaugural, por experimentado capitán Edward Smith, que se hundió en abril de 1912? ¿De donde, entonces, pueden emerger semejantes similitudes? ¿La historia de Robertson influyó en el hundimiento del Titanic, o, al revés, el hundimiento del Titanic, en una realidad subjetiva y fuera del tiempo, en esa conciencia colectiva de la que hablaba Jung, influyó en la imaginación del autor con década y media de anticipación? ¿Son hechos aislados y las semejanzas entre ambas historias no son más que una extraña coincidencia?  

La realidad es que no hay forma de saber, con el conocimiento que tenemos hoy, si existe o no alguna relación ya sea causal o sincrónica entre ambos eventos, sin embargo resulta muy sugerente considerar que la posibilidad de que, en algún sustrato de la realidad ambos acontecimientos –imaginación del novelista y la materialización del evento con la participación de un sinnúmero de gente y circunstancias de todo tipo– estén vinculados de alguna manera. 

La gran pregunta es si se trata de una enorme coincidencia o de una auténtica sincronicidad. No hay duda que el ejemplo señalado –y se podría dar cuenta de infinidad de historias extrañas y sorprendentes– produce inquietud y desasosiego al resaltar lo misterioso e inescrutable que puede resultar el tejido del que está hecha la realidad. Ante coincidencias de semejante calado, permanecemos estupefactos sin saber a ciencia cierta qué pensar o cómo interpretarlo. 

Si tuviera que aportar una opinión personal diría que lo que entendemos por realidad, lejos de ser un monolito sólido y previsible, es más bien una misteriosa amalgama de factores y variables de los cuales sabemos el funcionamiento de una parte de ellas mientras desconocemos aun muchas otras; y por ello, sacar una conclusión definitiva de lo que es la realidad y cuáles son los límites del tiempo o las fronteras entre el cosmos material y objetivo y el universo de subjetividad y creatividad, del que apenas conocemos la punta del iceberg, es aventurado. Sin embargo, habitamos el mundo y requerimos de ciertos criterios de validez que, si bien están sujetos a modificarse conforme aparezcan nuevos conocimientos, es razonable que los consideremos como principios orientadores de la experiencia existencial. 

Quizá la principal diferencia entre una casualidad y una sincronicidad está en que de la primera no podemos obtener un bagaje simbólico que aporte significado en nuestra vida, mientras que la segunda, la transforma. 

Pensemos en alguien que no tenía que haber subido a un avión, y lo hace. El avión cae, él es el único sobreviviente, que además resulta ileso y todo ocurre en circunstancias inverosímiles, mientras que la persona que efectivamente debía haber subido al avión, se resbala en la regadera de su apartamento, se rompe la cervical y se queda en una silla de ruedas por el resto de su vida. 

Si yo, desde fuera, me entero de esta historia, sin duda quedaría impactado, pero no podría interpretarla como otra cosa que una serie de casualidades impresionantes, pero que, en el tejido de mi existencia carecerán de significado profundo. Sin embargo, tanto para el individuo que salió ileso del accidente aéreo como para el accidentado en la regadera, los hechos serán sincronicidades que aportarán símbolos y significados existenciales muy profundos. La vida presente, pasada y futura de ambos será necesariamente reinterpretada a través del tamiz de esa experiencia.

Como se ve, el mismo hecho tiene interpretaciones y significados distintos, dependiendo, como decía Jung, de la cercanía e intensidad emocional con que se viva. Vista desde fuera es una casualidad sorprendente que carece de significado. Vista desde dentro en una experiencia que provoca que la vida se bifurque en un antes y un después de ese acontecimiento. 

Por eso, una sincronicidad sólo lo es para quien el acontecimiento posee significación, sentido y deja un sedimento que trastoca a la vida futura.   

En casos menos dramáticos, como el ejemplo ya mencionado en el artículo anterior de la persona que, luego de recordarla, nos encontramos en la calle luego de años de no saber de ella, tiene que ver con el momento existencial y las consecuencias que ese evento extraño acarree. Si no pasa de un encuentro fortuito será distinto de si recibimos el nombre y teléfono del especialista que salve a nuestro hijo de un padecimiento grave. Aprender a separar el paja del trigo, y con ello las casualidades sugerentes de las verdaderas sincronicidades que transforman nuestra vida, puede ser la diferencia entre encontrar sentido a nuestra existencia o vivir en piloto automático, presos de un mundo chato y sombrío. 

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Cualquiera de las dos posturas que se asuma conlleva consecuencias interiores y exteriores y costos por pagar.  La autenticidad implica una potente tensión entre nuestros impulsos, que nos predisponen a actuar de una cierta manera pre-aprendida, más enfocados en la supervivencia y la autoprotección, y nuestra intención consciente de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, que estaría más enfocada en el desarrollo, en la exploración de nuestro potencial, un nuestra evolución y, en última instancia, en las acciones y cambios que debemos llevar a cabo para convertirnos en quien queremos ser. Ser auténtico implica no tener miedo de manifestar una individualidad que nos contraste de los otros, compuesta en parte por una vertiente irreflexiva, más cerca de los impulsos animales e instintivos y por otro lado la individualidad consciente, aquella que muestra los aspectos personales que deseamos resaltar de nosotros mismos. 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Lo que en una circunstancia específica podría calificarse como defecto, en otra se convierte en virtud. Por eso, mucho más importante que la facultad o característica en sí, dependerá de cómo la gestionemos para que dé, o no, un resultado satisfactorio. Pensemos en alguien que nace con las condiciones perfectas para ser campeón mundial de los 100 metros planos. Nada de esto ocurrirá por las meras características físicas, sino que a ellas habrá de sumarse inevitablemente la intención, el propósito, el entrenamiento apropiado, la alimentación, integrarse a los circuitos oficiales de competencia y un sin número de acciones más para que esa condiciones “naturales” se conviertan en una manera auténtica de estar en el mundo. Pero también está el lado opuesto: aquellos que utilizan sus condiciones excepcionales contra sus propios deseos. En su autobiografía, Open, el ex-tenista André Agassi asegura odiar el tenis y reconoce que si fue número uno del mundo, ganando sesenta títulos profesionales, incluidos ocho de Gran Slam, se debió a que –renunciando a sus deseos auténticos– dio gusto a su padre: “No empecé en el tenis por elección, yo lo odiaba con toda mi alma y lo odié la mayor parte de mi carrera”*.  Sean las que sean nuestras tendencias naturales asociadas con la forma de reaccionar ante un estímulo u otro, ninguna de ellas es buena o mala en sí mismas, sino que se trata de la forma en que aprendamos a modular la intensidad y juzgar con inteligencia cada caso para llevar a cabo las acciones concretas que las situaciones específicas piden, sin que esta gestión deliberada rompa en lo absoluto la autenticidad.  En todo caso, para alcanzar la verdadera autenticidad, es indispensable hacernos conscientes de qué elementos de nuestro temperamento y carácter nos sirven para acercarnos a convertirnos en quien queremos ser y cuáles nos alejan. Para ello conviene mantener una permanente actitud de autoconocimiento para modificar y moldear lo que en cada etapa de vida sirve o perjudica para manifestar esa autenticidad ligada con la creatividad, el crecimiento, la libertad y renunciar a las reacciones que nos aíslan, nos bloquean y nos impiden desarrollarnos. Perfeccionar nuestra habilidad de autogestión se convierte en la diferencia entre percibir la autenticidad como una condena o como un camino de liberación y crecimiento.  Otro aspecto fundamental de la verdadera autenticidad consiste en diferenciarla de la actitud defensiva de la reactividad. A diferencia de ésta, que solemos usarla como escudo para protegernos del otro o de las situaciones incómodas en las que no tenemos control, la autenticidad verdadera nos pone en contacto con una muy humana condición de vulnerabilidad, que nada tiene que ver con ser débiles, sino con lo opuesto: la capacidad de asumir nuestras limitaciones con apertura y presencia, sin evadirlas, sin avergonzarnos de ellas, sin minimizarlas resaltando las ajenas.  La vulnerabilidad se relaciona con mostrarse como se es, en oposición a una postura defensiva, normalmente producida por el miedo –al fracaso, al ridículo, al rechazo, etc.– que nos coloca tras una coraza que lejos de protegernos, nos aísla de la experiencia misma de estar vivos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir *As.com, Ignacio Albarrán, ¿Qué fue de Andre Agassi, la leyenda que odiaba el tenis?, Actualizada: 3 de septiembre de 2020 Consulta: 17 mayo de 2022 https://as.com/tenis/2020/09/03/mas_tenis/1599113196_160066.html" ["post_title"]=> string(59) "Autenticidad: la audacia de mostrar nuestro yo más genuino" ["post_excerpt"]=> string(103) "Ser auténtico implica no tener miedo de manifestar una individualidad que nos contraste con los otros." 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Anclar una tienda de IKEA en Puebla, especialista en muebles y accesorios para el hogar, es reflejo de un panorama de progreso en el estado de Puebla, con crecimiento en el volumen de desarrollos inmobiliarias, ya que cada año se construyen tan solo por esquemas Infonavit 14 mil viviendas, destacó la secretaria de Economía, Olivia Salomón durante la inauguración de este establecimiento.

Detalló que Puebla es uno de los estados del país que tiene más viviendas habitadas, con un promedio de 3.8 personas por hogar, que necesitan amueblarse con productos de calidad a un precio competitivo, con una tienda que suma a poblanas y poblanos en su capital humano con colaboradores hábiles, preparados: “con deseos de progresar en empresas como esta, donde sabemos que la gente es primero", dijo.

Olivia Salomón puntualizó que es un orgullo la llegada a Puebla de esta tienda ícono de Suecia, la cual surgió como un emprendimiento disruptivo que, en su momento, retó con valor y convicción a los estándares de la industria y el comercio en Suecia y Europa, aunado a que enfrentó y superó cada uno de los obstáculos que le pusieron en su camino al éxito como lo hace día con día el gobierno estatal.

El embajador de Suecia en México, Gunnar Alden, destacó el apoyo del Gobierno del Estado de Puebla a proyectos de su país, la responsabilidad social y el compromiso con la Agenda 2030 de la empresa para llevar a las personas a una vida más sostenible, con derechos humanos y laborales, igualdad de género y sustentabilidad, que son valores clave, recalcó.

El director de ventas al por menor de IKEA en México, Malcolm Pruys resaltó la relevancia de la apertura de la segunda tienda en el país, que refleja el crecimiento de la firma, que en dos años en medio de la pandemia consolidó su oferta de comercio electrónico y presencial; mientras que el gerente en Puebla, Arnar Eidskrem destacó que este negocio cuenta con más de 11 mil metros cuadrados de recorrido, en los que serán ofrecidos más de 3 mil 500 muebles y accesorios para el hogar.

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Incluso nuestra individualidad solo tiene sentido en relación a los otros.  Por otro lado, está la renuncia a mostrarnos tal como somos, esa especie de hipocresía de diseño, casi nunca tiene que ver con el impulso de proteger a quienes nos rodean de nuestra naturaleza indomable. De hecho suele ocurrir todo lo contrario: la principal razón por la que solemos renunciar a la autenticidad se asienta en el miedo a ser rechazados, a ser excluídos, a no pertenecer, al terror de no ser apropiados, de no cumplir con los estándares que nos marca el grupo social como “correctos” y necesarios. Y ese pánico al repudio, a la exclusión nos convence de que la convivencia armónica exige anteponer las expectativas ajenas a las nuestras y complacer a los demás a cualquier precio. 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Es posible que en ese proceso de autoinvención debamos pagar el precio del rechazo y el aislamiento temporal en tanto nuestra manera auténtica de estar en el mundo y en un entorno social propicio para su expresión plena sintonicen por fin.   “Ser auténtico es la más difícil de las poses”, es una frase atribuida a Óscar Wilde. No estoy seguro si realmente lo dijo él o no, pero, quitando el tono de paradoja y sarcasmo, en esencia estoy de acuerdo con esta idea.  La autenticidad no es una facultad dada desde el nacimiento, algo que haya que mostrar o que podamos resistirnos a hacerlo, sino que emerge como consecuencia de nuestro paso por el mundo, pues para manifestarnos en él es indispensable asumir una serie de conductas, posturas y actitudes que proyecten, o bien lo que de verdad pensamos y sentimos, o lo que suponemos que el entorno espera de nostros. Cuando ambos polos coinciden la autenticidad es relativamente fácil de alcanzar pues solo implicará asumir un matiz dentro de la misma gama de colores, pero cuando ambos ámbitos difieren en lo profundo, nos hallamos en una disyuntiva donde las alternativas se excluyen: complazco a los demás comportándome como se espera que lo haga o manifiesto mis impulsos, convicciones y pensamientos sin importar las consecuencias. Cualquiera de las dos posturas que se asuma conlleva consecuencias interiores y exteriores y costos por pagar.  La autenticidad implica una potente tensión entre nuestros impulsos, que nos predisponen a actuar de una cierta manera pre-aprendida, más enfocados en la supervivencia y la autoprotección, y nuestra intención consciente de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, que estaría más enfocada en el desarrollo, en la exploración de nuestro potencial, un nuestra evolución y, en última instancia, en las acciones y cambios que debemos llevar a cabo para convertirnos en quien queremos ser. Ser auténtico implica no tener miedo de manifestar una individualidad que nos contraste de los otros, compuesta en parte por una vertiente irreflexiva, más cerca de los impulsos animales e instintivos y por otro lado la individualidad consciente, aquella que muestra los aspectos personales que deseamos resaltar de nosotros mismos. Estas variables podrían resumirse en una combinación deliberada y en equilibrio entre los impulsos de supervivencia y autoafirmación contra las construcciones racionales enfocadas al desarrollo, el crecimiento y la realización. Y la palabra clave parece ser “equilibrio”, pues se trata de, sin reprimir de manera enfermiza la reacción y el instinto, utilizar la fuerza interior para privilegiar las conductas y convicciones que construyan de mejor manera la concepción de identidad que deseamos proyectar.  Todos poseemos ciertas características de temperamento y carácter que interpretamos como innatas, pero, sean estas las que sean, nadie nace construido sino que se requiere de un proceso de autogestión que nos constituya como personas coherentes y formadas –que no concluidas–. Algunas de estas características las consideramos virtudes y otras defectos. Sin embargo, esta división no siempre resulta tan clara y fácil de discernir. Lo que en una circunstancia específica podría calificarse como defecto, en otra se convierte en virtud. Por eso, mucho más importante que la facultad o característica en sí, dependerá de cómo la gestionemos para que dé, o no, un resultado satisfactorio. Pensemos en alguien que nace con las condiciones perfectas para ser campeón mundial de los 100 metros planos. Nada de esto ocurrirá por las meras características físicas, sino que a ellas habrá de sumarse inevitablemente la intención, el propósito, el entrenamiento apropiado, la alimentación, integrarse a los circuitos oficiales de competencia y un sin número de acciones más para que esa condiciones “naturales” se conviertan en una manera auténtica de estar en el mundo. Pero también está el lado opuesto: aquellos que utilizan sus condiciones excepcionales contra sus propios deseos. En su autobiografía, Open, el ex-tenista André Agassi asegura odiar el tenis y reconoce que si fue número uno del mundo, ganando sesenta títulos profesionales, incluidos ocho de Gran Slam, se debió a que –renunciando a sus deseos auténticos– dio gusto a su padre: “No empecé en el tenis por elección, yo lo odiaba con toda mi alma y lo odié la mayor parte de mi carrera”*.  Sean las que sean nuestras tendencias naturales asociadas con la forma de reaccionar ante un estímulo u otro, ninguna de ellas es buena o mala en sí mismas, sino que se trata de la forma en que aprendamos a modular la intensidad y juzgar con inteligencia cada caso para llevar a cabo las acciones concretas que las situaciones específicas piden, sin que esta gestión deliberada rompa en lo absoluto la autenticidad.  En todo caso, para alcanzar la verdadera autenticidad, es indispensable hacernos conscientes de qué elementos de nuestro temperamento y carácter nos sirven para acercarnos a convertirnos en quien queremos ser y cuáles nos alejan. Para ello conviene mantener una permanente actitud de autoconocimiento para modificar y moldear lo que en cada etapa de vida sirve o perjudica para manifestar esa autenticidad ligada con la creatividad, el crecimiento, la libertad y renunciar a las reacciones que nos aíslan, nos bloquean y nos impiden desarrollarnos. Perfeccionar nuestra habilidad de autogestión se convierte en la diferencia entre percibir la autenticidad como una condena o como un camino de liberación y crecimiento.  Otro aspecto fundamental de la verdadera autenticidad consiste en diferenciarla de la actitud defensiva de la reactividad. A diferencia de ésta, que solemos usarla como escudo para protegernos del otro o de las situaciones incómodas en las que no tenemos control, la autenticidad verdadera nos pone en contacto con una muy humana condición de vulnerabilidad, que nada tiene que ver con ser débiles, sino con lo opuesto: la capacidad de asumir nuestras limitaciones con apertura y presencia, sin evadirlas, sin avergonzarnos de ellas, sin minimizarlas resaltando las ajenas.  La vulnerabilidad se relaciona con mostrarse como se es, en oposición a una postura defensiva, normalmente producida por el miedo –al fracaso, al ridículo, al rechazo, etc.– que nos coloca tras una coraza que lejos de protegernos, nos aísla de la experiencia misma de estar vivos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir *As.com, Ignacio Albarrán, ¿Qué fue de Andre Agassi, la leyenda que odiaba el tenis?, Actualizada: 3 de septiembre de 2020 Consulta: 17 mayo de 2022 https://as.com/tenis/2020/09/03/mas_tenis/1599113196_160066.html" ["post_title"]=> string(59) "Autenticidad: la audacia de mostrar nuestro yo más genuino" ["post_excerpt"]=> string(103) "Ser auténtico implica no tener miedo de manifestar una individualidad que nos contraste con los otros." 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Autenticidad: la audacia de mostrar nuestro yo más genuino

Ser auténtico implica no tener miedo de manifestar una individualidad que nos contraste con los otros.

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