La impunidad en México ha tenido efectos devastadores en todos los planos: en lo económico, ha significado pérdidas millonarias y competencia desleal para quienes cumplen con la ley; en lo político, ha debilitado la legitimidad de las instituciones y normalizado la corrupción; y en lo social, ha fomentado la inseguridad, la violencia y una profunda desconfianza ciudadana.
Ha sido, en suma, uno de los mayores frenos para el desarrollo y la cohesión del país. Por eso, cada señal de que podría estarse rompiendo el pacto de complicidades históricas despierta atención y esperanza.
En los últimos meses, algunos hechos parecen apuntar en esa dirección. La entrega de poderosos narcotraficantes a Estados Unidos responde tanto a la cooperación internacional como a la presión del expresidente Donald Trump, que ha puesto a los cárteles mexicanos en el centro de su agenda de seguridad. Al mismo tiempo, se registra un cambio en la estrategia de seguridad con un incremento de detenciones ligadas a la delincuencia organizada, que van más allá de los capos visibles y empiezan a alcanzar a operadores financieros y logísticos.
De manera paralela, la investigación por el llamado huachicol fiscal ha expuesto la magnitud de un negocio que combina crimen, corrupción y evasión. La detención de un vicealmirante de la Marina envió un mensaje inusual: ya no hay sectores intocables.
El impacto económico de este delito es demoledor. Según una nota de El Economista, y recogido en su columna por Leo Zukerman, se estima que hasta un 30% del combustible vendido en México proviene de esta práctica ilegal. En los últimos seis años, el Gobierno federal habría dejado de recaudar más de 800 mil millones de pesos. No es un asunto menor: expertos en seguridad aseguran que el huachicol fiscal puede ser más redituable para el crimen organizado que el propio narcotráfico.
En este escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta un reto doble: deslindarse de la corrupción heredada y recuperar la confianza ciudadana en instituciones que durante años se percibieron como cómplices. La presión de Washington coincide con la necesidad interna de demostrar firmeza frente a redes criminales y de corrupción.
La pregunta es si estas acciones marcan el inicio de una política sostenida o si se quedarán en episodios aislados. Una verdadera ruptura con la impunidad exigiría procesar a actores políticos y económicos de alto nivel, fortalecer a la Fiscalía y al Poder Judicial para que no dependan del cálculo político y transparentar los procesos para generar confianza pública.
Si el gobierno logra traducir estas señales en estrategia, México podría empezar a cerrar un ciclo de complicidades que ha frenado el Estado de derecho. No se trata solo de encarcelar, sino de mandar un mensaje claro: la ley aplica para todos.
Romper con la impunidad sería el paso más contundente hacia un país más justo y con instituciones más fuertes. Y aunque el camino apenas inicia, lo cierto es que las piezas de un tablero que parecía inamovible empiezan a moverse.
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