Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?

–“Yo es otro”. Arthur Rimbaud (1854-1891)

12 de agosto, 2022 Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?

Si bien en teoría somos una unidad bio-psico-social, en la experiencia la mente, el cuerpo, las emociones, entre muchos otros ámbitos viven disociados y operando por su cuenta. 

Se trata de entender los mensajes que cada ámbito nos envía, con el propósito de tener una experiencia más plena, integral y consciente.  

Por más que en la teoría y los textos bienintencionados de autoayuda se diga varias veces por página que somos una unidad, por más que la psicología asegure que somos ente bio-psico-social, por más que se utilice cada vez con más insistencia la palabra “integral” para explicar esa supuesta unión natural entre los distintos ámbitos de lo humano, lo cierto que en la vida cotidiana, así como en la mayoría de las instituciones de salud, en las facultades tanto de medicina como de psicología, o en cualquier otra organización que intente entender y crear sinergias o productos para los seres humanos, la experiencia nos dice algo muy distinto: somos seres disociados en los cuales la mente, el cuerpo, las emociones, entre muchos otros ámbitos, funcionan cada uno por su cuenta, con sus propios objetivos, necesidades y recursos. 

El propio lenguaje así lo confirma: cuando hablo de “mi cuerpo”, implica que hay un “Yo pensante”, que vive aparentemente en mi cabeza y que se asume como “dueño” del cuerpo, del mismo modo que se asume como dueño de su coche o de su celular. Es decir, que a nivel del propio lenguaje el cuerpo se convierte en un “objeto” del cual un “sujeto” (el Yo pensante) se hace consciente e instrumentaliza poniéndolo “a su servicio”. 

Si de pronto experimento un dolor de estómago, el Yo que lo distingue y analiza, es distinto de la dimensión corporal donde se produce, al grado de es este Yo pensante el que decide tomar un analgésico para aliviarlo, y ambos, pensamiento y pastilla, son distintos del ámbito corporal donde el dolor tiene lugar. 

Para ejemplificarlo de otro modo, pensemos que un buen día amanezco con espíritu masoquista y acepto subirme a la Montaña Rusa. El Yo que experimenta/padece el viaje está separado del juego mecánico que lo produce, del mismo modo que, en mi experiencia anterior con el dolor, mi estómago lo está del Yo que piensa y se hace consciente de esa dolencia. 

La dinámica moderna de cómo concebimos el Yo está perfectamente descrita de una manera simple en la película de Pixar-Disney Intensamente. Ahí podemos ver cómo cada uno de los personajes tiene, dentro de la cabeza –la ubicación de este “cuarto de mando” no es casual, pues ahí se ubica el cerebro, al cual el ser humano le atribuye la función de pensar– una serie de pequeños entes que representan distintas voces. En el caso de la película de Disney, esencialmente se retratan las distintas emociones, que se “coordinan” entre sí, con mayor o menor fortuna según sea la situación y mediante las cuales los personajes se gestionan a sí mismos en su relación con el mundo y los demás. 

En la existencia real el asunto de complejiza porque, además de la capacidad de pensar y de las emociones, un ser humano promedio posee muchas otras dimensiones que interactúan entre sí de forma dinámica y permanente:

Las sensaciones son los estímulos e información que recibimos del mundo exterior y que debemos interpretar en aras de sobrevivir y adquirir conocimientos. Tenemos también sentimientos, entendidos como emociones complejas que, a diferencia de las emociones primarias, que se alternan y estallan de forma aleatoria y con distintas intensidades según la situación –tristeza, asco, miedo, enfado, alegría y sorpresa–,  son estables y se mantienen en el tiempo. Mientras que pasamos del enojo a la alegría en minutos, el aprecio que sentimos por alguien se construye y se mantiene a lo largo del vínculo o incluso más allá, pudiendo mantenerse intacto a pesar de la muerte. 

Tenemos también impulsos, intuiciones e instintos, éstos últimos asociados con nuestra parte más animal. Y, desde luego, un cuerpo físico que ocupa un lugar en el espacio, que está formado por diversos órganos y sistemas y mediante el cual habitamos el mundo. 

Esta complejidad vistas desde una supuesta comprensión integradora, está muy lejos de operar satisfactoriamente como eso, como una unidad, para parecerse más a un cúmulo disociado de facultades interdependientes que aún estamos en el camino de aprender a gestionar. 

Por eso es perfectamente natural que escuchemos a alguien decir (o incluso que lo digamos nosotros mismos) cosas como: es que ése que golpeó a alguien “no era yo”. Es que no sé qué me pasó, lo dije sin pensar. Es que no es eso lo que creo. Es que no sé qué me pasa, pero por más que me proponga, si tengo delante un chocolate, no me puedo controlar… y un larguísimo etcétera.  ¿Cómo podemos pensar seriamente que el “Yo-borracho”, el “Yo-glotón”, el “Yo-perezoso”, el “Yo-violento” no soy Yo? ¿Cómo puedo aceptar con tanta naturalidad que el “Yo-iracundo” que grita y explota ante cada instante de frustración no es mi auténtico yo? ¿Cómo conseguimos convencernos que ése que salió de compras y gastó el triple de lo programado en cosas inútiles no soy de verdad Yo?

Pues esto es justo lo que solemos decirnos: que aquel que hace lo que en mi pensamiento es inaceptable, en realidad no soy yo. Asumimos que ése que lastima su cuerpo, que daña su salud, que deteriora sus relaciones, que se sabotea profesionalmente no soy Yo, sino algo que funciona mal dentro de “mi cuerpo”, pero que con una pastilla, con una cirugía, tras una hipnosis “que curen ese aspecto mío que está fallando”, todo habrá de resolverse. 

En todos esos casos que consideramos negativos, se trata de algo dentro de nosotros que está fuera de control y que desobedece al Yo que piensa y con el que, en apariencia, me siento más identificado; en una palabra: se trata de aspectos “míos” que traicionan al Yo verdadero.  

Pero esta es solo una dimensión del problema. En el caso concreto de nuestro cuerpo, por ejemplo, cuando un órgano o una parte de él muestra un “desempeño inadecuado”, es decir, cuando enfermamos, vamos al médico en busca de una solución externa. Tratamos a nuestro cuerpo exactamente igual que a nuestro automóvil. Si aparece una alerta roja en el tablero, hacemos como que no la vemos y llevamos el vehículo al ingeniero mecánico para que resuelva el problema, para que sustituya la parte dañada, para que repare cualquier desperfecto y corrija cualquier falla. Así nos presentamos ante el médico. Que sea ella/él quien observe, haga un diagnóstico y proponga una solución, la cual, si podemos pagarla y no nos resulta dolorosa o incómoda en exceso, solemos aceptarla sin el mínimo cuestionamiento. Toda la dinámica equivale a si se tratara de un “objeto” que, si bien nos pertenece, está fuera de nosotros. 

Es curioso que con la psicoterapia resulte un poco distinto. Quizá sea uno de los pocos especialistas de la salud que realmente sentimos que se enfoca en nuestro Yo verdadero, porque se centra en nuestro pensamiento, el cual consideramos nuestro auténtico Yo. El resto de lo que ampara mi identidad solo “me pertenece”. 

Desde luego que los próximos artículos, que abordarán la relación de nuestros diversos “mis” –mi cuerpo, mis emociones, mis sentimientos, mis impulsos, etc.– con ese “Yo que piensa”, y el cual consideramos el núcleo de nuestra identidad, no abogan por rechazar la medicina o la ciencia, sino por replantearnos la manera como nos relacionamos con todos aquellos aspectos que nos constituyen para, en la medida de lo posible, dejar de entenderlos como entes ajenos y aprender, paso a paso, a experimentarnos como una unidad completa, de modo que, con independencia de que sigamos asistiendo al médico o al fisioterapeuta, aprendamos a leernos y entender mejor los mensajes que nuestro cuerpo, emociones, sentimientos, impulsos, intuiciones y demás elementos que nos componen nos ofrecen con el propósito de tener una experiencia más plena y consciente.  

Desde luego que la disociación expuesta en los párrafos anteriores entre el “Yo que piensa” y mi cuerpo, mis emociones, sin sensaciones, etc., no es producto del azar, sino que tiene como origen conceptual en el trabajo de René Descartes y su célebre conclusión: cogito ergo sum y que solemos traducir como “pienso, luego existo”, con la cual, sin saberlo, fundó la modernidad. 

En el siguiente artículo exploraremos el trabajo de este filósofo, indispensable para entender el origen de lo que hoy conocemos como individualidad. 

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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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No lo puedo creer, si el 2021 se me fue volando, ¿qué puedo decir de este año? Siento que anoche estaba estrenando un nuevo calendario y hoy está ya en el noveno mes. ¡Ya vamos en el pozole y los chiles en nogada! Los mexicanos somos resilientes porque haber avanzado hasta aquí, perdón, pero ha sido un logro inconmensurable, uno de los años más cuesta arriba que la mayoría recordaremos. El presidente de la República, los gobernadores, alcaldes y delegados dan sus informes de gobierno. Todos tenemos distintos datos: ellos los suyos y cada ciudadano los propios. Una cosa muy distinta me dice mi estado de cuenta bancario a lo qué me dicen los números oficiales, aún así sigo sin entender un millón de cosas. Creo que los mexicanos estamos viviendo una euforia colectiva por recuperar nuestras vidas, por volver a salir, a ver a los amigos, a vivir como solíamos hacerlo, de una forma “normal”, a acercarnos sin miedo, a reírnos sin miedo, a tocarnos sin miedo. Todos tenemos deudas, de eso no tengo la menor duda. La pandemia nos dejó en números rojos a casi todos; sin embargo, hay una efervescencia en las calles, fiestas, restaurantes a tope, bares y cantinas, para todos los niveles, para todos los presupuestos. Los mexicanos buscamos vacacionar, celebrar, recuperar el tiempo perdido, aunque esto signifique hacer más grande el hueco en nuestros bolsillos. Las Lauras Zapatas y los Ricardos Anayas del mundo dirán que todo es culpa  de las ayudas sociales que utilizamos para no trabajar y para  despilfarrar en fiestas. Poco entienden que estas personas que con mil quinientos pesos o lo que el gobierno pueda dar en apoyos no alcanza ni para pasajes.  Los mexicanos estamos trabajando, estamos saliendo desde temprano a buscar la chuleta que nuestras familias esperan en casa. En lo que va del año aumentaron, según datos oficiales del cuarto informe de gobierno, 623 330 nuevos trabajadores en el Seguro Social. Estamos lejos de decir que hemos vuelto a la normalidad, pero es un hecho que aguantamos la tempestad y estamos listos para seguir dando batalla. Mermados, cansados, muchos con secuelas de COVID, muchos teniendo que empezar de cero nuevamente en sus negocios u oficios pero aquí estamos. Sí es cierto esto que versa nuestro himno nacional “Un soldado en cada hijo te dio” porque aquí estamos presentando armas y listos para volver al frente. No se parecen en mucho mis ganas de vivir la vida que mi presupuesto semanal para hacerlo. Las cosas están cada vez más caras. Es cierto que no ha subido la gasolina y que el dólar se mantiene estable; sin embargo, la canasta básica, las colegiaturas y los servicios están por las nubes. Todo está carísimo y aun así los que ofrecemos servicios no nos atrevemos a subir nuestros precios por miedo a perder clientela. Carlos Slim, el hombre más rico de México, desde su inquebrantable salud propone que la jubilación se retrase hasta los 75 años, en un país en el que la esperanza de vida es precisamente esa y en datos de este año El Economista asegura que el promedio bajó cuatro años después de la pandemia y en la que no todo el mundo tiene una salud envidiable, es verdad que muchos adultos mayores ya se ven mermados en su rendimiento físico o padecen de alguna enfermedad. Propone también que se acorte la jornada laboral y que se hagan turnos de tres días con doce horas, claro, como lo que mejor funciona es el sistema de guarderías y estancias infantiles. Y ya por último, subestima el esfuerzo que hacen los estudiantes universitarios  para presentar una tesis y obtener el título profesional con todos los requisitos que no tienen por qué ser pocos; ingresar a la fuerza laboral de éste y cualquier país requiere de ciudadanos serios y comprometidos, que no se salten los procesos ni escatimen en esfuerzos para demostrar su capacidad y poder después competir por un mejor empleo. Creo que es momento de ser conscientes, solidarios y no de dientes para afuera, solidarios de verdad, porque a todos nos conviene, todos nos necesitamos. Si no ponemos de nuestra parte, este barco no va a poder hacerse a la mar de nuevo. El alza en los precios nos castiga a todos y es una cadena que tarde o temprano nos encuentra por detrás como un camino de fichas de dominó que cae sin remedio. No queremos ser un país de pasantes, de trabajadores de medio tiempo. Creo que sería mucho más útil reconsiderar la situación de muchísimas familias en las que solo trabaja el padre y la madre prefiere quedarse en casa al cuidado de los hijos aunque estos ya tengan más de veinte años. Solamente remando parejo y sin abusos de la clase alta a la clase trabajadora vamos a notar un verdadero avance, pagando sueldos justos, inscribiendo a los trabajadores en el seguro social y dándoles las prestaciones que merecen por ley, pagando impuestos y claros en que estos serán utilizados eficientemente por el gobierno y que esto nos beneficia a todos. Confiando y trabajando, rezando y con el mazo dando como decían las abuelas. Es tiempo de sumar y dejar de dividir, echar la culpa al discurso político de este gobierno o de los anteriores resulta ya un discurso obsoleto. Al final somos la sociedad civil los únicos que podemos sacar del atolladero a nuestro país, ni lamentándonos, no polarizando, haciendo cada quien su chamba y empujando la carreta sin egoísmos ni falsas pretensiones. Bueno, eso pienso yo como ciudadana de a pie. ¿Qué piensan ustedes al respecto? ¿Cómo vamos a llegar a final de año? ¿Entendimos la lección o estamos peor que al principio? ¿Nos vamos a dar la mano o volveremos a llenar nuestras casas de cantidades incalculables de papel de baño y víveres sin importar que los demás se queden sin nada?" ["post_title"]=> string(16) "Septiembre sin $" ["post_excerpt"]=> string(163) "El alza en los precios nos castiga a todos y es una cadena que tarde o temprano nos encuentra por detrás, como un camino de fichas de dominó que cae sin remedio." 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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. Por otra parte percibimos como problemático el hecho de que, en efecto, estamos disociados del cuerpo, de las emociones, de los sensaciones y demás aspectos no mentales. Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Los gurús vendehúmos vs la auténtica trascendencia de la razón

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