La incongruencia manifiesta entre los principios éticos que abanderó el obradorismo durante décadas y los actos concretos que hoy Morena lleva a cabo, tanto por parte de los líderes partidistas como por vía de los representantes populares del movimiento que se autonombra de «regeneración nacional», tendría que ser motivo de escándalo y alarma. Tal parece que a cambio de conservar el poder, están dispuestos a lo que sea.
Debo reconocer que no soy partidario de Morena. Quizá de las cosas que históricamente más me alejaron del movimiento obradorista fue esa obsesión por polarizar a la sociedad y asumirse con una superioridad moral sostenida en palabras y no en hechos. Pareciera que para conseguir reivindicar a las clases sociales más desfavorecidas fuera necesario expulsar de la nación los demás y que para ostentar un liderazgo moral basta con autorpoclamarlo.
Lo que decididamente hoy me convence de que se trata de un movimiento hegemónico muy cerca de convertirse en fallido es su inconmensurable incongruencia. Aclarando, por supuesto, que lo «fallido» es el movimiento que prometía regenerar al país, no la institución política que busca acrecentar aún más su poder, y que es casi seguro que triunfe.
Durante años, Andrés Manuel López Obrador se dedicó a construir un movimiento social, de éxito incuestionable, sobre la base de un discurso ético de lucha contra la corrupción y de defensa del que menos tiene bajo las banderas de «no mentir», «no robar» y «no traicionar». Sin embargo, lo que por un tiempo fue un discurso potente y atractivo, hoy va camino a terminar en un conjunto de eslóganes huecos.
Ahora que, «haiga sido como haiga sido», tienen el poder casi absoluto de la nación, tras cooptar el poder legislativo y demoler el judicial, no pasa un sólo día sin que los propios líderes partidistas y representantes populares de todos los niveles atropellen sus propios principios fundacionales, ampliando el poder del Partido a cualquier precio, pero vaciándolo de significado.
Morena pareciera haber diseñado una estrategia que buscara convertir al partido en tan omnipresente, tan hegemónico y que su influencia sea tan abrumadora que eventualmente ni siquiera se necesiten elecciones para saber que ellos deben gobernar.
Tras una serie de maniobras desmesuradas y excesivas consiguieron mayorías calificadas que hoy tienen al régimen constitucional de la transición al borde del colapso. La jugada siguiente, que quizá los consolide por completo, será la indescifrable elección de jueces, magistrados y ministros, donde, tras «mentirle» con descaro a la gente respecto a que el pueblo elegiría libremente a las personas juzgadoras, con tan solo movilizar a una pequeña parte del electorado, podrán apropiarse por fin de los tres poderes de la nación.
Mientras el discurso obradorista, que no escatimaba oportunidad para afirmar «que no eran iguales» a sus predecesores, está lleno de principios éticos y propuestas morales que supuestamente buscan la integración de los más pobres al tejido social y transformar el país en uno más justo y equitativo, los hechos no prueban otra cosa que un hambre desmesurada de poder y desmienten por completo la narrativa de décadas.
Un ejemplo diminuto pero significativo, que deja ver las intenciones de los liderazgos del partido, fue la afiliación de Miguel Ángel Yunes Márquez. Más allá de las acusaciones que ha hecho la actual gobernadora de Veracruz, yo no sé si el individuo en cuestión delinquió o no. Lo que sí sé es que en la elección de 2024, la que lo hizo senador, fue a campaña en oposición frontal –y con una larga lista de descalificaciones hacia el movimiento en el poder– contra el partido en el gobierno. Pidió el voto a cambio de oponerse a las políticas obradoristas –que en aquel momento, al parecer, eran nefastas– y a la primera de cambio accedió cambiar de bando. Algún interés inconfesable tendría. El punto aquí no es la ética que pueda tener el señor Yunes, sino la incongruencia de un movimiento que se autonombra de «regeneración nacional» pero que no vacila en traicionar sus supuestos principios a cambio de conservar el poder.
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