México se encuentra, otra vez, en medio de una competencia estratégica que ocurre sin el suficiente debate público. En 2025, dos historias paralelas —y profundamente conectadas— revelan la magnitud del reto: por un lado, el aumento de operaciones de espionaje ruso documentado por The New York Times; por otro, las operaciones encubiertas y sistemas de vigilancia estadounidenses que operan desde o sobre territorio mexicano, como demuestran investigaciones de 2023, 2025 y los reportes sobre vuelos espía y acciones de la CIA.
De acuerdo con el NYT, Moscú ha ampliado silenciosamente su presencia operativa en México. Espías con acreditación diplomática, reuniones encubiertas en centros turísticos y campañas de desinformación dirigidas a audiencias mexicanas forman parte de una estrategia que busca aprovechar la cercanía con Estados Unidos y la limitada capacidad de contrainteligencia del Estado mexicano. Washington incluso entregó nombres de agentes rusos al gobierno mexicano, sin lograr su expulsión.
Este fenómeno no es aislado. Estados Unidos también ha intensificado en estos años su actividad de inteligencia vinculada a México: desde el uso de software de vigilancia operado desde nuestro territorio en 2023, hasta los 18 vuelos espía detectados en febrero de 2025 y las operaciones encubiertas de la CIA reveladas en septiembre del mismo año
Todo ello respaldado por la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, que posiciona a los cárteles mexicanos como amenazas estratégicas y justifica acciones preventivas extraterritoriales.
Así, México enfrenta simultáneamente presiones de dos potencias rivales. Rusia busca un pie político e informativo en la región; Estados Unidos avanza en operaciones que, aunque orientadas a combatir al crimen organizado, se realizan con niveles variables de transparencia y coordinación. En ambos casos, la soberanía mexicana queda tensionada.
Paradójicamente, el país aparece como terreno de disputa geopolítica sin haber definido una posición clara. La neutralidad histórica es legítima, pero resulta insuficiente frente a fenómenos como desinformación extranjera, espionaje diplomático y operaciones tácticas de inteligencia realizadas desde o sobre nuestro territorio. La pregunta ya no es si hay intervención, sino bajo qué reglas y con qué controles.
México enfrenta una amenaza criminal real que exige cooperación internacional, pero esa cooperación no puede basarse en la opacidad ni en la improvisación. Las revelaciones de 2023 a 2025 muestran que la seguridad y la soberanía son inseparables: la primera no puede existir si la segunda está debilitada, y la segunda no se sostiene si el Estado carece de capacidades para enfrentar amenazas globales que se mueven con rapidez.
El país necesita una política de seguridad e inteligencia moderna, profesional y transparente, que deje atrás las reacciones coyunturales y establezca un marco claro para la cooperación internacional. Porque mientras México no defina las reglas, otros actores —estatales y criminales— seguirán definiendo el tablero.
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