México ya no enfrenta solo una “crisis del agua”. El más reciente reporte del Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas sobre Agua, Medio Ambiente y Salud advierte que el mundo ha entrado en una etapa de bancarrota hídrica: un punto en el que el uso del agua ha superado de forma sostenida la capacidad natural de los sistemas para recuperarse. En términos claros, estamos gastando no solo el “ingreso” anual de ríos y lluvias, sino también los “ahorros” acumulados en acuíferos, suelos, lagos y ecosistemas que tardaron siglos en formarse.
Para México, esta alerta no es abstracta. Más del 70% del agua dulce se destina a la agricultura, muchas veces en regiones con estrés hídrico severo. El resultado es un patrón cada vez más visible: acuíferos sobreexplotados, ríos con caudales mínimos, suelos degradados y ciudades que viven bajo la amenaza del “Día Cero”, cuando el agua simplemente ya no alcanza para cubrir lo básico.
A esta presión estructural se suma una proyección que enciende las alarmas. Ecolab advierte que, si no se actúa, hacia 2030 la demanda de agua podría ser hasta 56% mayor que la oferta disponible. Hoy la situación puede parecer estable en algunas regiones, pero el crecimiento poblacional, industrial y urbano empuja a los sistemas de suministro hacia un punto de quiebre.
La recomendación es clara: invertir desde ahora en infraestructura, saneamiento, reutilización y gestión eficiente del agua, y fortalecer la coordinación entre gobiernos y sector privado para evitar un déficit crítico.
El informe de la ONU subraya que cerca del 70% de los principales acuíferos del mundo presentan tendencias de abatimiento a largo plazo. México no es la excepción. La sobreextracción de agua subterránea ya provoca hundimientos de suelo, daños a infraestructura, mayor riesgo de inundaciones y pérdida irreversible de capacidad de almacenamiento natural. Esto se traduce en costos más altos para el abasto, la producción de alimentos y la estabilidad de comunidades enteras.
El mensaje central es contundente: seguir tratando el agua como una crisis temporal es una ilusión peligrosa. La bancarrota hídrica implica aceptar que algunos daños ya no son reversibles en escalas humanas. Los acuíferos compactados no se recargan fácilmente, los humedales desaparecidos no regresan por decreto y los ecosistemas colapsados no se restauran solo con más obra pública.
Para México, el reto es de fondo. No basta con abrir más pozos o construir más presas. Se requiere reequilibrar la demanda con la disponibilidad real del territorio, revisar concesiones, proteger los ecosistemas que producen y regulan el agua y acompañar, con justicia social, a los sectores que deberán transformarse, en especial al campo.
El agua ya no es solo un servicio: es un activo estratégico para la seguridad, la economía y la cohesión social. Ignorar sus límites no solo frena el desarrollo; también abre la puerta a conflictos, migraciones y mayor desigualdad. Reconocer la bancarrota hídrica no es rendirse. Es el primer paso para evitar que la sed se convierta en destino.
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