El mundo es muchos mundos, porque en él existen una incontable cantidad de culturas, comprensiones de la vida y del cosmos y maneras de vivir, pero al mismo tiempo, el mundo es uno solo que compartimos todos los seres humanos como una sola especie y donde solo seremos viables en tanto aprendamos a convivir juntos y en paz.
Oslo, Noruega, viernes 22 de julio del año 2011; cerca de un centenar de personas mueren y otras tantas resultan heridas a consecuencia de las ideas de Anders Behring Breivik, de 32 años, expresadas previamente en un manifiesto de mil quinientas páginas, en las que cuenta, con lujo de detalle el despertar político que le permite entender el grave riesgo que representa la “islamización de Europa”, el marxismo y el multiculturalismo. Gracias a todo ello toma conciencia de que resultaba imposible detener estos terribles flagelos por vías pacíficas.
Basado en un profundo fundamentalismo cristiano, acepta que cometió “acciones atroces, pero necesarias”, por lo que no expresa remordimiento alguno y ni siquiera piensa haber incurrido en ningún acto criminal. En escritos publicados abiertamente en las redes sociales y en foros neonazis por internet, el buen Anders manifiesta ideas tan claras y contundentes como las que siguen: “Díganme de un país donde los musulmanes hayan convivido pacíficamente con los no musulmanes” (Periódico Reforma, domingo 24 de julio de 2011, sección Internacional, Pág. 19.).
También afirmaba que las asociaciones de derechos humanos, defensoras de las minorías, no eran otra cosa que “violentas organizaciones marxistas” y que es necesario combatirlas por “todos los medios” y que, a su juicio, los socialistas representan una “encarnación del mal”. Incluso perteneció a las juventudes del Partido del Progreso –derecha ultranacionalista de Noruega-, pero las abandonó decepcionado porque desde su perspectiva habían abrazado el “multiculturalismo” y la “corrección política”, cánceres que provocan la “pérdida de identidad nacional”.
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Podríamos continuar por páginas hablando sobre las ideas de este hombre, y de muchos otros casos semejantes, pero de lo que se trata aquí es de tomar conciencia de que las concepciones y los actos llevados a cabo por Anders Behring Breivik no son aislados ni tampoco producto de la mente de un desquiciado, sino que toman forma a partir de un conjunto de ideas bien estructuradas que encuentran sustento en una base ética casi universal que se ha sido considerada válida por siglos, e incluso milenios y que tienen que ver con el rechazo del otro, de lo que se considera ajeno a la concepción propia del mundo, una amenaza a las creencias personales y a la manera de estar en el mundo que se considera correcta.
En una humanidad inevitablemente multicultural, las posibilidades de que en diversas partes del espectro ideológico aparezcan figuras como ésta –como de hecho sucede cada vez con más frecuencia– es cada vez mayor. Por eso, el propósito de la serie de artículos que comienzan hoy consiste en explorar el multiculturalismo y tratar de proponer mecanismos que permitan que las distintas sociedades humanas puedan convivir dentro del respeto y la aceptación.
Partiré de dos supuestos: el mundo es muchos mundos, porque en él existen una inconmensurable cantidad de culturas, comprensiones de la vida y del cosmos y maneras de vivir, pero al mismo tiempo, el mundo es uno solo que compartimos todos los seres humanos como una sola especie y donde solo seremos viables en tanto aprendamos a convivir juntos y en paz.
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