En días recientes, México despertó con dos noticias que, aunque pertenecen a mundos distintos, comparten una misma raíz: el talento y la determinación de las mujeres mexicanas para abrirse paso en escenarios globales.
Por un lado, una tabasqueña se coronó como la cuarta mexicana en ganar un certamen internacional de belleza. Su triunfo no solo celebra su porte y preparación; también marca un momento simbólico tras la polémica discusión con el presidente de Miss Tailandia, un episodio que terminó por subrayar su templanza y su capacidad para sostenerse con dignidad bajo la mirada pública. Su victoria es la prueba de que la belleza, cuando se sostiene en carácter y convicción, también puede ser una forma de talento.
Al mismo tiempo, en Nueva York, un cuadro de 1940 “El sueño (la cama)” de Frida Kahlo se vendió en una subasta por 54.6 millones de dólares, convirtiéndose en la pintura más cara vendida hasta ahora por una mujer.
La obra superó el récord anterior, logrado por una pintura de la artista estadounidense Georgia O’Keeffe que alcanzó los 44,4 millones de dólares en 2014.
Más de ocho décadas después de su creación, este lienzo confirma lo que el tiempo ya sabía: el arte hecho por mujeres mexicanas no solo resiste, sino que trasciende y se revaloriza con cada generación que se reconoce en él.
Entre ambas historias hay un puente invisible, un hilo que une a dos mujeres separadas por el tiempo, los caminos y los escenarios, pero conectadas por algo más profundo: la capacidad de representar a México con fuerza, autenticidad y visión propia.
Frida Kahlo, con su rebeldía creativa, y la joven reina de belleza, con una carrera que apenas comienza, comparten la misma esencia: abren puertas. Una desde la intimidad de un pincel que desafió su época; la otra desde la determinación de hacerse escuchar en un espacio donde la voz de las mujeres todavía enfrenta tensiones y expectativas contradictorias.
Celebrarlas no es un acto superficial. Es reconocer que las mexicanas están ocupando espacios que antes parecían negados, que sus triunfos hablan tanto del pasado que nos construyó como del futuro que estamos escribiendo.
Aunque, en ambos casos surjan comentarios negativos como: “Compró la Corona” o “Frida está sobrevalorada”, y todavía emanen voces contra el talento femenino en pleno siglo XXI, los hechos son contundentes; anque a algunos les incomode o les duela el éxito ajeno.
Entre “El sueño (la cama)” pintado en 1940 y la corona que brilla hoy hay una misma historia: la de mujeres mexicanas que, sin importar el ámbito, siguen demostrando que el talento no tiene época ni escenario, pero sí una identidad inconfundible y reconocida a nivel global, que además trasciende épocas.
X: @delyramrez
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