Los retos de la vacunación en Estados Unidos 

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25 de mayo, 2021

Millones de industrias y negocios alrededor del mundo, esperan regresar a la “normalidad” lo antes posible y así comenzar su recuperación económica. Lo anterior, derivado de las afectaciones causadas por la COVID-19 durante la mayor parte de 2020 y lo que va de 2021. Gran parte de las esperanzas recaen en la inmunización de la población. Los gobiernos, organismos internacionales y científicos estiman que esto solo se logrará cuando un alto porcentaje de las personas estén vacunadas.

Estados Unidos ha tenido la oportunidad de adquirir millones de dosis para su población y ha tenido una campaña eficiente de vacunación; sin embargo, hasta el momento los datos no son los esperados, ya que revelan que alrededor del 40% de los adultos no han recibido la vacuna. Sorprendentemente, la mayoría de estas personas están en esta situación por elección propia, es decir, que no cuentan con alguna condición médica que se contraponga, no existen problemas de desabasto en sus estados y tampoco existen problemas en la logística para acceder a una vacuna. 

El principal problema que está llevando a tomar esta decisión es el escepticismo, por lo que prefieren no vacunarse. Pero ¿cuáles son los motivos encontrados para que esta parte de la población opte por esta decisión? Los datos más recientes de la Kaiser Family Foundation indican que el 15% de estos adultos está esperando conocer cómo afecta la vacuna a los que ya la recibieron; el 6% solo se vacunaría si fuera “obligatorio”, por parte de su empleador; y un 13% ha decidido que definitivamente no se vacunará; estos tres grupos de escépticos representan el 34% del 40% de personas que faltan por vacunarse.

En el mismo tenor, una encuesta reciente por parte de  NPR/ Marist Poll1, señala que 1 de cada 4 estadounidenses rechazaría la vacuna contra el coronavirus y un 5% se encuentra indeciso sobre vacunarse. Existe mayor renuencia por parte de los hombres republicanos, así como de los residentes de áreas rurales a vacunarse. Adicional a la situación de la vacunación, al igual que en muchos otros países, Estados Unidos enfrenta la negación del uso del cubrebocas por parte de algunos ciudadanos, quienes argumentan que el cubrebocas interfiere con sus libertades. 

Derivado de las estadísticas antes presentadas, existe preocupación por alcanzar una posible inmunidad, así como por evitar nuevos posibles brotes. De hecho, se estima que se necesita entre un 80% y 85% de la población vacunada para poder regresar a la “normalidad”. No obstante, los científicos consideran que durante los meses de verano los casos de COVID-19 podrían disminuir derivado de la calidez del clima y dado el número de  personas que ya fueron vacunadas. Esta situación podría traer como consecuencia que las personas que no han sido vacunadas opten por, posponerlo, lo olviden o incluso dejen de hacerlo; sin embargo, la situación cambiará radicalmente con la llegada del otoño y el invierno. Ya que el virus podría volver con más variantes. 

Desafortunadamente los datos actuales no son alentadores y advierten que si el nivel de vacunación se presenta por debajo del 60% al 70%, cuando llegue el otoño, podría llevar a Estados Unidos a una nueva situación de emergencia de salud pública. Por lo tanto, concluyen que es necesario poder convencer a la población que está indecisa o negada a ser vacunada. La problemática radica en cómo llegar a convencerlos. Es por eso que es importante evitar la desinformación. Actualmente es muy sencillo acceder a información en internet y redes sociales, donde nos volvemos susceptibles a historias falsas o datos no confiables y sin sustento científico.




Esto motivó a los Estados Unidos a lanzar una campaña, utilizando líderes a nivel local que están a favor de la vacunación. La semana pasada, la administración Biden empezó una iniciativa con dichos fines, la cual utiliza a grupos religiosos, sindicatos e incluso a la NASCAR. Es posible que derivado de la situación actual, algunos estados del país vecino del norte, hayan optado por vacunar a cualquier persona, sin que demuestre ser ciudadano o residente. Originando un nuevo turismo: el de las vacunas, ya que tiendas como Walmart y Costco aplican la vacuna.

Estamos entrando en una situación complicada, donde los países con ingresos suficientes y con poder, pueden garantizar la vacunación de su población. Por otro lado, tenemos países que están a expensas de los sobrantes y de que su nivel adquisitivo permita adquirir las dosis para su población. Sin embargo, en medio de ambas situaciones, está la decisión de la gente, entre vacunarse o no hacerlo. Esta situación deber ser cuidadosamente vigilada, ya que, al ser opcional, podría originar un nuevo caso de discriminación entre la población inmunizada y la que no.

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Cuando hablo de clase media no me refiero a quienes se enriquecen con el dinero público obtenido fraudulentamente a partir de contratos con el Estado, no hablo de criminales ni del fuero común ni de cuello blanco, no hablo de los grandes evasores, sino, al contrario, de clientes cautivos del fisco que, aun a regañadientes al no ver de forma tangible lo erogado, pagan sus impuestos con puntualidad.   Esta misma clase media, hoy injusta y peyorativamente tachada de fifí, hace tres años, harta de las mentiras y promesas huecas, de los dimes y diretes entre los partidos de siempre, de la corrupción cínica con que se han gestionado las arcas públicas durante décadas, de las mentiras sistemáticas, de la inseguridad creciente, de forma entusiasta dio su aval a una esperanza de transformación.  Sin embargo hoy, frente a trato frío e indolente del gobierno de turno, vuelve a sentirse traicionada: insolidariamente dejada a su suerte durante una pandemia que la devastó; asustada ante decisiones inexplicables, como la cancelación injustificada de un aeropuerto en plena construcción; el regreso inaudito a energías sucias, infraestructuras sin futuro, suspensión de inversiones privadas –tanto en producción de energía como industrial–; desconcertada ante consultas populares sin justificación, leyes sin apego constitucional; impactada ante el abandono de la educación y una vaga promesa de que a pesar de todo, las cosas irán bien, sin que quede claro cómo habrá de suceder eso.  Mientras las auténticas élites económicas tienen la posibilidad permanente de, en el momento en que lo decidan, tomar sus pertenencias, familia, perros y personal a su sevicio y marcharse a vivir a Miami, las clases medias progresistas y productivas de este país deben permanecer aquí, donde, para bien o para mal, está ligado su futuro y el de los suyos. Aquí tienen su vida, sus raíces, su trabajo, sus proyectos personales, sus empresas, las escuelas de sus hijos y por eso, aun sin ser, como consecuencia de un prejuicio gubernamental, parte de ese supuesto “pueblo” estereotipado y clientelar, tienen derecho a ser escuchados y tomados en cuenta con seriedad.  No conozco ejemplos en el mundo ni en la historia donde se haya alcanzado la prosperidad y se haya abatido la pobreza y la injusticia demoliendo en el proceso a las clases medias o siquiera teniéndolas en contra.     Y no se trata solo de los resultados electorales de la Ciudad de México, de por sí reveladores al tratarse de la ciudad más progresista del país y cuyo gobierno está aceptablemente bien calificado, y donde el derrumbe del partido oficial fue significativo, sino que más bien es posible observar una tendencia en la misma dirección de varios centros urbanos importantes –Puebla, Mérida o las zonas conurbadas del Estado de México, Guadalajara o Monterrey–.  Si el partido gobernante quiere cerrar los ojos y culpar del revés local a la campaña sucia, que sin duda hubo, allá ellos. Eso será un insulto más a estas clases medias, a las que, vistas así, ya no solo se les descalifica como fifís sin serlo, sino que además se les considera tontas y fácilmente manipulables.    Ojalá gobierno y oposición comprendan que tan solo con la fuerza del Estado y de las élites económicas y políticas no es suficiente. Que para crear auténtico dinamismo y un crecimiento horizontal, con una mejor distribución de la riqueza y el progreso, se necesita de una clase media pujante, dinámica y comprometida con el desarrollo nacional.  Tanto para la coalición gobernante como para la opositora el mandato del electorado abre una enorme ventana de oportunidad: para unos de reencauzar la dirección, y para los otros de terminar de resucitar, de cara al proceso de sucesión de 2024. Veremos quién entiende primero y mejor el mensaje y consigue capitalizarlo… por el bien de todos.  

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Desencanto democrático / Juan Carlos Aldir

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Para los que no vivieron la época anterior al INE o al IFE, pensar que los mexicanos sabíamos con seis meses de antelación quién iba ganar las elecciones presidenciales o que los nuevos diputados hacían planes aún antes de ser electos, aquellos días les resultarán una especie de ficción kafkiana; el hecho es que así funcionaron las cosas durante décadas porque eran una manifestación más de nuestra manera de ser en el mundo; mientras tanto, soterrada bajo el manto paternalista de un gobierno que en todo estaba menos en lo que debía, se fue gestando aquel raro germen que conocemos como conciencia ciudadana.  En este ejercicio electoral quedó de manifiesto que ni las diatribas del presidente ni las amenazas de candidatos airados, mucho menos de la violencia política pudieron contener a los ciudadanos que se la jugaron con sus instituciones votando libremente; aquellos hechos desafortunados quedaron para el anecdotario y la picaresca, aunque a más de uno les costó el puesto y la esperanza. 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Contra lo que muchos pensaron, ni el gobierno federal ni Morena quedaron abatidos, tampoco las opciones opositoras salieron fortalecidas, tal vez el hecho se explique porque la oposición no ofreció proyecto reales y viables y la ineficiencia e impericia del gobierno quedó subsanada por la potencia de las preguntas que ha lanzado sobre nosotros mismos, nuestra cultura y nuestra identidad. 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La clase media anestesiada por el sistema neoliberal, vendedor de expectativas y de aspiraciones le hizo creer que estaba más cerca de Carlos Slim que de los obreros, le vendió la idea de que con un pequeño esfuerzo, la movilidad social era posible e ilimitada pese a décadas de crisis, de la caída constante de sus ingresos y de la merma de sus expectativas, no parecía haber una toma de conciencia de clase dentro ellas, hasta que no tuvieron enfrente quien les señalará a su enemigo, pero el enemigo resultó ser el prójimo con quien comparte las mismas penurias, el mismo gobierno ocurrente y la misma imposibilidad de la movilidad social. 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Este grupo social, medular para el triunfo del movimiento naciente, ha sido, en primera instancia, ignorado y, en segunda instancia, atacado por sus posiciones críticas.    La segunda categoría está compuesta por una clase media no politizada. Incluye a todos aquellos que, si bien han tenido la fortuna de gozar de ciertas oportunidades, han sido educados en una cultura de trabajo, mérito y superación. 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Cuando hablo de clase media no me refiero a quienes se enriquecen con el dinero público obtenido fraudulentamente a partir de contratos con el Estado, no hablo de criminales ni del fuero común ni de cuello blanco, no hablo de los grandes evasores, sino, al contrario, de clientes cautivos del fisco que, aun a regañadientes al no ver de forma tangible lo erogado, pagan sus impuestos con puntualidad.   Esta misma clase media, hoy injusta y peyorativamente tachada de fifí, hace tres años, harta de las mentiras y promesas huecas, de los dimes y diretes entre los partidos de siempre, de la corrupción cínica con que se han gestionado las arcas públicas durante décadas, de las mentiras sistemáticas, de la inseguridad creciente, de forma entusiasta dio su aval a una esperanza de transformación.  Sin embargo hoy, frente a trato frío e indolente del gobierno de turno, vuelve a sentirse traicionada: insolidariamente dejada a su suerte durante una pandemia que la devastó; asustada ante decisiones inexplicables, como la cancelación injustificada de un aeropuerto en plena construcción; el regreso inaudito a energías sucias, infraestructuras sin futuro, suspensión de inversiones privadas –tanto en producción de energía como industrial–; desconcertada ante consultas populares sin justificación, leyes sin apego constitucional; impactada ante el abandono de la educación y una vaga promesa de que a pesar de todo, las cosas irán bien, sin que quede claro cómo habrá de suceder eso.  Mientras las auténticas élites económicas tienen la posibilidad permanente de, en el momento en que lo decidan, tomar sus pertenencias, familia, perros y personal a su sevicio y marcharse a vivir a Miami, las clases medias progresistas y productivas de este país deben permanecer aquí, donde, para bien o para mal, está ligado su futuro y el de los suyos. Aquí tienen su vida, sus raíces, su trabajo, sus proyectos personales, sus empresas, las escuelas de sus hijos y por eso, aun sin ser, como consecuencia de un prejuicio gubernamental, parte de ese supuesto “pueblo” estereotipado y clientelar, tienen derecho a ser escuchados y tomados en cuenta con seriedad.  No conozco ejemplos en el mundo ni en la historia donde se haya alcanzado la prosperidad y se haya abatido la pobreza y la injusticia demoliendo en el proceso a las clases medias o siquiera teniéndolas en contra.     Y no se trata solo de los resultados electorales de la Ciudad de México, de por sí reveladores al tratarse de la ciudad más progresista del país y cuyo gobierno está aceptablemente bien calificado, y donde el derrumbe del partido oficial fue significativo, sino que más bien es posible observar una tendencia en la misma dirección de varios centros urbanos importantes –Puebla, Mérida o las zonas conurbadas del Estado de México, Guadalajara o Monterrey–.  Si el partido gobernante quiere cerrar los ojos y culpar del revés local a la campaña sucia, que sin duda hubo, allá ellos. Eso será un insulto más a estas clases medias, a las que, vistas así, ya no solo se les descalifica como fifís sin serlo, sino que además se les considera tontas y fácilmente manipulables.    Ojalá gobierno y oposición comprendan que tan solo con la fuerza del Estado y de las élites económicas y políticas no es suficiente. Que para crear auténtico dinamismo y un crecimiento horizontal, con una mejor distribución de la riqueza y el progreso, se necesita de una clase media pujante, dinámica y comprometida con el desarrollo nacional.  Tanto para la coalición gobernante como para la opositora el mandato del electorado abre una enorme ventana de oportunidad: para unos de reencauzar la dirección, y para los otros de terminar de resucitar, de cara al proceso de sucesión de 2024. Veremos quién entiende primero y mejor el mensaje y consigue capitalizarlo… por el bien de todos.  

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Desencanto democrático / Juan Carlos Aldir

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