Maldad inducida

Más allá de nuestra intención consciente de no cometer actos impulsados por la maldad, ¿hasta dónde la interacción con los otros, la presión social, los roles que solemos asumir y las instituciones influyen en nuestra conducta para...

22 de mayo, 2026

Más allá de nuestra intención consciente de no cometer actos impulsados por la maldad, ¿hasta dónde la interacción con los otros, la presión social, los roles que solemos asumir y las instituciones influyen en nuestra conducta para con los demás?

La semana pasada hablábamos acerca de la maldad y de aquel que comete actos malvados sabiendo que los comete. Ponía el ejemplo de un líder militar que ordena un genocidio. No hay duda que esa orden implica una responsabilidad mayor, pero ¿qué hay de quienes se someten a esas órdenes y ejecutan los planes como si de un acto mecánico se tratara?

Es imposible abordar este tema sin mencionar el concepto de la «banalidad del mal» que acuñara Hannah Arendt tras cubrir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961, enviada por The New Yorker. Para construir dicho concepto argumentó que Eichmann no era un monstruo sádico, sino un simple burócrata mediocre y obediente que renunció a su capacidad de pensar de manera crítica, convirtiéndose en una pieza más de la maquinaria nazi.

Como ejemplificación de lo dicho por Arendt, y que deja claro que el caso de Eichmann es mucho más frecuente de lo que podría parecer, existen una gran cantidad de estudios, pero tomaremos dos como ejemplos.

El primero es conocido como el “experimento de Milgram”, realizado en 1961 por el psicólogo social Stanley Milgram, de la Universidad de Yale. El objetivo de sus estudio era entender hasta qué punto las personas comunes obedecen órdenes de una autoridad, incluso cuando estas implican causar daño a otros.

Los involucrados creían participar en un estudio sobre memoria y aprendizaje. El que jugaba el rol del “maestro” era el verdadero participante. Había también un “alumno”, que era en realidad un actor que fingía ser un voluntario para el estudio. El tercero era el supuesto “investigador”, que, vestido con una reluciente bata blanca, daba las instrucciones que el “maestro” debía seguir.

Cuando el experimento comenzó, el “alumno” permanecía en una silla, conectado a electrodos. El “maestro” debía leer pares de palabras y luego evaluar si el alumno las recordaba. Cada error del alumno debía castigarse con una descarga eléctrica, que iban desde 15 hasta los 450 voltios, y los botones tenían etiquetas que decían: “descarga leve”, “descarga fuerte” y “peligro: descarga severa”.

En realidad no se aplicaba ninguna descarga. El “alumno” era un actor que fingía dolor según fuera el caso, que iban desde quejidos, pasando por gritos intensos, golpes contra la pared, hasta llegar al silencio total. Muchos de los “maestros” querían detenerse, pero el “investigador” les decía frases del tipo: “el experimento requiere que continúe”, “es absolutamente esencial que siga.” o “no tiene otra opción que continuar.”

Los resultados fueron impresionantes. El 65% de los participantes aplicaron la descarga máxima de 450 voltios a los “alumnos”. Todos los participantes aplicaron al menos 300 voltios. Esto implica que la mayoría de los participantes obedeció las órdenes de una autoridad que apenas conocía, incluso creyendo que causaba daño grave a otro ser humano. Esto lleva a suponer que bajo ciertas condiciones de autoridad, presión social o distancia física de la víctima, dejamos de sentirnos responsables de nuestros actos, cuyos resultados transferimos a la autoridad que ordena.

Otro experimento apasionante fue el realizado en una cárcel figurada en la Universidad de Stanford y dirigido por Philip Zimbardo en 1971.

Se trató de estudio de psicología social. Su propósito era investigar cómo los roles sociales y las estructuras institucionales moldean el comportamiento humano, muy en especial dentro de contextos de autoridad y subordinación como ocurre en el sistema penitenciario.

Para el experimento se reclutaron 24 estudiantes universitarios varones, considerados psicológicamente sanos, mediante un anuncio que ofrecía pago por participar en un estudio sobre la vida en prisión. Los participantes fueron asignados al azar en dos roles: guardias y prisioneros.

Para hacer el experimento más realista los escogidos como prisioneros fueron arrestados por la policía en sus casas, esposados y llevados a la universidad. En el sótano del edificio de psicología se construyó una prisión simulada con celdas, pasillos y una sala de aislamiento.

Como si de una cárcel real se tratara, los guardias llevaban uniformes, gafas oscuras y macanas. Trabajaban en turnos y su instrucción primaria consistía en mantener el orden, sin usar la violencia física.

En el caso de los prisioneros, se les identificó con números en lugar de nombres. Tenían horarios estrictos y debían obedecer órdenes de las autoridades de la prisión.

Si bien el experimento fue diseñado para durar dos semanas, la situación se deterioró de tal modo que debió suspenderse a los seis días. Los prisioneros comenzaron a resistirse a las órdenes, mientras que los guardias respondieron cada vez con medidas más violentas, que llegaron a los castigos arbitrarios, humillaciones, privación de sueño y aislamiento. Si bien no se les ordenó ser crueles, muchos guardias comenzaron a comportarse de forma abusiva. Esto derivó en que muchos prisioneros comenzaron a manifestar ansiedad extrema, depresión, crisis emocionales e incluso a algunos se les liberó de forma prematura.

Para Zimbardo el experimento mostraba el poder transformador del comportamiento humano ante las situaciones sociales de estrés. De este modo, los roles institucionales –guardia vs. prisionero– influyen de forma determinante en la conducta, pues internalizamos muy rápido los roles que asumimos, de la misma manera que las estructuras de poder producen comportamientos abusivos incluso en individuos normales.

¿Si lo expuesto en estos experimentos controlados y llevados a cabo con adultos universitarios, qué no sucederá con jovencitos y niños reclutados y sometidos a presiones increíbles por el crimen organizado para cometer actos violentos y criminales contra la población civil desconocida?

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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