Liberarse del yugo de opinar de todo

Una opinión que no aporta nada, que no enriquece el debate yendo un paso más allá de lo ya discutido, que no plantea un nuevo modo de entender un fenómeno, carece de valor y es perfectamente prescindible.

22 de diciembre, 2023 Liberarse del yugo de opinar de todo

¿Por qué nos sentimos obligados a emitir una opinión acerca de cada cosa que ocurre, de cada disyuntiva ética y moral que nos presentan los medios o las redes sociales? ¿Qué nos lleva a estar tan dispuestos a participar, como si formáramos parte del elenco, en una atracción mediática de la que sólo unos pocos se benefician? ¿Qué queremos demostrar? 

Pensémoslo por un momento: lo genuinamente valioso es escaso y requiere, o bien de esfuerzo o bien de un proceso de renuncia y abandono que nunca es fácil ni automático. En el caso de la opinión las cosas se complica: no sólo es extremadamente fácil emitir una sobre cualquier cosa sino que si cada participante en una polémica tiene la propia y cada una de ellas, desde la visión posmoderna de la interacción, tiene el mismo valor que las demás. No importa quien la emita ni el conocimiento y experiencia que tenga acerca del asunto, se concluye a priori que cada una refleja con idéntica sabiduría el tema discutido. 

Y cuando las conclusiones son apenas ligeramente distintas, lejos de trabajar en una síntesis que aborde un nivel mayor de complejidad, se concluye, en aras de anteponer “la diversidad y la tolerancia”, con el mantra pluralista por excelencia: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. 

La imposibilidad de ceder, de reconocer que nuestra visión no es perfecta y total nos lleva a disfrazar de respeto e inclusión el aislamiento y el narcisismo que supone convencerse de que mi opinión es correcta, no porque refleje una “verdad” asentada en un análisis honesto del mundo objetivo y el subjetivo sino porque es mía. Es entonces que cada una de las centenas, y a veces miles de opiniones terminan por convertirse en declaraciones independientes y monológicas que nadie, más que aquel que la emitió atiende, y que sirven poco o nada para comprender el asunto tratado.

El filósofo norteamericano Harry G. Frankfurt, en su libro On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad, llama despectivamente “bullshit” –tontería– a las opiniones que se dan sin saber acerca del tema. “La bullshit –asegura Frankfurt– es inevitable cuando las circunstancias obligan a la gente a hablar de cosas de las que no saben nada. Así, la producción de bullshit se ve estimulada cuando una persona se ve en la tesitura, o en la obligación, de tener que hablar de un tema que excede su nivel de conocimiento de los hechos relevantes sobre él. […] En la misma dirección va a la creencia generalizada de que en una democracia los ciudadanos están obligados a formarse opiniones sobre todos los temas imaginables, o al menos sobre todas aquellas cuestiones que son relevantes para los asuntos públicos”*.

¿Por qué nos sentimos obligados a emitir una opinión acerca de cada cosa que ocurre, de cada diminuto aspecto de la vida que se despliega a nuestro alrededor, de cada disyuntiva ética y moral (así sea falsa) que nos presentan los medios o las redes sociales? ¿Por qué debo de reaccionar siempre, como si se tratara de un animal amaestrado? ¿Qué nos lleva a estar tan dispuestos a participar, como si formáramos parte del elenco, en una atracción mediática de la que sólo unos pocos se benefician? ¿Qué queremos demostrar? 

Una cosa es cierta: por más que los incomode, irrite y abrume, los “beneficiarios” de nuestras opiniones, como en el caso de Shakira y Piqué, permanecen ajenos a ellas. Quizá sea tiempo de reconocer que esa obsesión por expresar lo que pensamos tiene mucho más que ver con nuestra necesidad de encajar, de ser aceptados, de probar que ostentamos la moralidad “adecuada”, de definirnos ante los demás, que con el mérito de las opiniones en sí. Entenderlo de este modo quizá nos permita buscar en otros lugares, preferentemente en nuestra fuerza interior, la aprobación necesaria para sabernos valiosos y suficientes sin sentir la necesidad de “probarle” a los demás que cumplimos con los estándares esperados, que merecemos su aprobación porque pensamos del modo “correcto”, es decir, como ellos. 

Una opinión que no aporta nada, que no enriquece el debate yendo un paso más allá de lo ya discutido, que no plantea un nuevo modo de entender un fenómeno o circunstancia, que no propone la solución a un problema –y peor aún si se aparta de la realidad factual– no tiene razón de ser, carece de valor y es perfectamente prescindible. 

Una opinión infundada –incluso si resulta cierta– carece de importancia porque su núcleo, aquello que le aporta validez está en sus cimientos, en aquello que la sostiene: su andamiaje argumentativo. 

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* Frankfurt, Harry G., OnBullshit. Sobre la manipulación de la verdad, Barcelona, Paidós, 2006. Citado en: Byung-Chul Han, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Primera edición, Primera Reimpresión, México, Taurus – Penguin Random House, 2022, Págs. 74-75

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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