Recuerdo con nitidez la primera vez que entendí lo que era la inseguridad. No fue leyendo cifras ni escuchando discursos: fue con un arma apuntando a mi papá.
Tendría, si acaso, cuatro años. Circulábamos por alguna calle del Centro Histórico cuando el tiempo se detuvo: gritos, tensión, un desconocido irrumpiendo en la escena y, en segundos, la normalidad convertida en amenaza. A mi padre lo despojaron de su reloj. A nosotros, de algo más difícil de recuperar: la sensación de estar a salvo.
Años después vino la segunda vez. Ya no era un recuerdo difuso, sino una experiencia consciente. Esta vez, mi madre al volante, en un semáforo en la Calle de Explana, esquina con Paseo de la Reforma y el mismo ritual: un toque en la ventana, un arma que aparece, el miedo que se instala. Dos veces en pocos años. Dos veces suficientes para que un niño aprenda a temerle a los altos, a las esquinas, a los semáforos, a la ciudad, ese niño era yo.
No era paranoia. Era contexto.
En aquellos años, ese cruce ya era señalado como foco rojo. Las conversaciones de adultos lo confirmaban: “ahí asaltan”. La inseguridad no solo se vivía, se comentaba, se advertía, se normalizaba. Incluso, en algún momento, la respuesta institucional rozó lo absurdo: se sugirió a los ciudadanos usar relojes menos ostentosos. Como si el problema fuera lo que uno porta y no la impunidad de quien despoja.
Con el tiempo, algo cambió. O al menos eso parecía.
La Ciudad de México comenzó a reconstruir su narrativa: más segura, más abierta, más viva. Se volvió espacio de derechos, de expresión, de cultura. Una ciudad que, con matices, que logró que millones nos apropiemos de sus calles, nuestras calles. Salir de noche dejó de ser una temeridad constante. Sentarse en una terraza, manejar con la ventana abajo, caminar sin sobresalto… pequeños actos que en lo personal me parecían enormes conquistas.
En semanas recientes, algo se ha movido. No necesariamente en los discursos oficiales, pero sí en la conversación cotidiana, en la percepción, en la experiencia compartida. Y en seguridad, la percepción no es un dato menor: es un termómetro social y los casos no faltan.
Recordemos una nota del diario Proceso que, el pasado mes de diciembre de 2025, reportó que en un lapso de 48 horas las autoridades competentes habían detenido a seis personas por perpetrar al menos seis asaltos en diversas alcaldías de la capital, que involucraron armas de fuego, agresiones físicas, lesiones, persecuciones y objetos robados. Un mes antes, en noviembre de ese mismo año, los habitantes de la colonia Aldana, de la alcaldía Azcapotzalco, reportaron ante medios de comunicación que viven con temor por el aumento de asaltos en dicha demarcación.
Para el gobierno capitalino, el año empezó duro, pues tan solo en los primeros 12 días del 2026 se dio a conocer como imparable el robo de autopartes, delito que para entonces se concentraba principalmente en las alcaldías Cuauhtémoc, Benito Juárez, Iztapalapa y Miguel Hidalgo, donde los delincuentes operan principalmente de madrugada, aprovechando la falta de luminarias.
Para marzo, la cosa se empezó a poner peor cuando se hizo viral un video en el que se ve como un grupo de personas son asaltadas en menos de un minuto en las Lomas de Chapultepec. Esta acción generó un mal humor social, ya que, por lo que se observa en el video, se puede apreciar que el delincuente actuó con la mayor de las facilidades.
El último evento viral, al momento de escribir esta columna, se dio a conocer el 21 de abril de 2026 en la alcaldía Cuajimalpa, a la altura de la colonia Santa Fe, en el que se pudo observar cómo un sujeto armado asaltó a un automovilista, mientras el cómplice lo esperaba más adelante y, a su vez este, apuntaba con su pistola a los demás automovilistas. En redes sociales se dijo que se llevaron un Rolex de alta gama.
Y bueno, con todo esto, tenemos en puerta el Mundial. Todos hablan de eso con entusiasmo, hasta la policía de la Ciudad de México, quienes, muy precavidos, alertaron que prevén que durante el Mundial puedan ocurrir situaciones de riesgo moderado, entre ellas la presencia de carteristas en lugares de mucha afluencia turística, cobros excesivos por parte de los taxistas, robos en el transporte público, hasta asaltos y fraudes bancarios. Sí, señor, que se note que hay un amplio menú, y así lo dieron a conocer en un documento titulado Matriz de identificación y evaluación de riesgos y amenazas locales en la Ciudad de México rumbo a la Copa Mundial FIFA 2026. Pero no nos asustemos, porque afortunadamente las autoridades informaron que ya realizan operativos con el fin de detectar a los taxistas que no tienen concesión ni bases autorizadas. Por lo demás, igual y no nos queda más que encomendarnos a nuestras creencias y a cuidar nuestras pertenencias. En vez de ser la ciudad de las utopías, debería ser la ciudad de las ironías.
Ser víctima de un asalto, robo o cualquier otro delito no nada más conlleva un susto pasajero; está el despojo de pertenencias de valor, que traen detrás de ellas un valor económico y sentimental, además de una impotencia acompañada de una gran humillación. Y tal pareciera que claramente alguien no está teniendo en cuenta que esto parece ir en reversa.
Nos vemos la próxima.
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