La Verdad revelada: paradigma Tradicional

El pensamiento tradicional concibe la realidad de manera disciplinada, normativa y doctrinal. Basta con cumplir la ley terrestre y divina para asegurar la salvación.

2 de diciembre, 2022 La Verdad revelada: paradigma Tradicional

Los individuos Tradicionales suelen encarnar a esa “mayoría silenciosa” que creé en Dios, en la patria, en la familia tradicional, que posee una moral que se traduce en una vida de esfuerzo y rectitud, sabiéndose en posesión de la única “verdad” posible. Sentir que los auténticos valores se diluyen es fuente de ansiedad y desasosiego. 

Para el Metarrelato Tradicional, la realidad es una creación deliberada por parte de un Dios omnipotente y las verdades auténticas le son reveladas a través de un libro sagrado. También ocurre, cuando se trata de un sociedad tradicional de carácter laico, que “el mundo” emerge de una gesta guiada por un líder providencial y carismático que desempeña el papel del gran Padre terrenal y el lugar del libro sagrado es cubierto por alguna ideología totalitaria. Hay muchos casos donde se combinan ambas y mediante una dictadura de sesgo religioso, el gran líder se asume como la representación de Dios en la Tierra y por ello debe ser obedecido.   

Se trata de una cosmovisión centrada en la obediencia a la ley, la conservación del orden y la pertenencia al grupo. Dentro de sus grandes ventajas está el hecho de que, al entender la realidad como algo dado, producto de la voluntad divina o de la ingeniería social y política a cargo del gran caudillo, el orden, la estabilidad y la certidumbre está garantizada. En un orden semejante no se requiere más que cumplir con los preceptos señalados y, de ser así, todo estará bien, ya sea en esta vida como consecuencia de formar parte de una nación excepcional, o en la vida eterna, en tanto parte del orden divino. 

La solidez del grupo refuerza los códigos de conducta basados en principios absolutos y verdades eternas cuyo cuestionamiento deriva en severos castigos. El individuo construye su existencia en función al cumplimiento de las leyes, roles y funciones que den orden y estructura a la comunidad.

El fundamento de esta cosmovisión está en saberse poseedores de la única y auténtica verdad que generosamente les ha sido revelada y en reconocer como infieles y enemigos a todos aquellos que no la compartan. 

Las estructuras sociales son rígidas y jerárquicas. La comunidad está articulada por capas, por niveles, por clases, donde cada una de ellas cumple con una función y, puesto que el mundo fue creado por Dios tal y como es, se asume que está bien hecho, y que el estrato que le toque a cada quien es la prueba personal que la divinidad le ha encomendado. Puesto que la existencia de cada persona es parte del plan divino, el auténtico Tradicional acepta su lugar en la creación y lo vive según el rol que le tocó desempeñar. 

La existencia terrenal-temporal del individuo carece de importancia; el énfasis está puesto en lo colectivo.  Los sacrificios y carencias que experimente el individuo en esta vida le serán recompensados en la eternidad. De este modo, entre más méritos coleccione, entre mejor cumpla con las normas establecidas, mayor será su premio. 

El egoísmo, la ambición individual y los apetitos excesivos están vedados en este tipo de orden social. Incluso iría más allá: carecen de sentido, porque desafiar los designios de Dios los haría incurrir en la soberbia, ni más ni menos que el pecado capital cometido por Satanás. 

La creación es producto del impulso arbitrario de la divinidad, que si bien le asignó ciertas reglas y principios a los que el individuo debe sujetarse, él puede alterarlos según su deseo lo que produce que la esperanza del milagro esté siempre encendida. Arriesgarse a la furia divina –o caer de la gracia del gran líder– es un asunto muy serio para quien habita esta cosmovisión ya que puede costarle no sólo la aniquilación de la vida física sino un castigo para la eternidad.

En el paradigma Tradicional el individuo está supeditado a los caprichos de la élite y a la estabilidad del grupo. Más allá de sus intereses e impulsos personales está la familia, la pareja, la religión, la moralidad aceptada, las formas de estar, de vestir, de comportarse. Todo aquello que le otorga la aceptación social y le garantiza un lugar en la comunidad es prioritario, lo que conlleva que la meta fundamental de esta cosmovisión sea la pertenencia. 

Los individuos Tradicionales suelen encarnar a esa “mayoría silenciosa” que creé en Dios, en la patria, en la familia tradicional, que posee una moral que se traduce en una vida de esfuerzo y rectitud, sabiéndose en posesión de la auténtica “verdad”. Manifiestan una profunda necesidad de encajar, de ser semejantes a todos, ser queridos y respetados. Sentir que los auténticos valores se diluyen es fuente de ansiedad y desasosiego. La vida tiene sentido, propósito existencial y dirección al tener resultados predeterminados y previsibles, como lo son alcanzar el cielo o vencer al enemigo de la patria. Tanto la libertad como la voluntad se ejercen en función de lograr estos objetivos.

Este paradigma entiende la “normalidad” como aquello que su tradición defiende como tal, mientras que todo lo que no entre en esa visión está simplemente equivocado. Distinguir entre lo bueno y lo malo es sencillo, porque se conoce de forma clara y explícita. Los diez mandamientos son un buen ejemplo: si se cumple con ellos tendrás garantizada la salvación y si los incumples, el castigo eterno. No se requiere criterio o interpretaciones, pues la “verdad” es una y evidente. Lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto está definido de antemano y el individuo no tiene más que someterse a las conductas que privilegien los valores reconocidos y apreciados. 

El pensamiento Tradicional se caracteriza por una visión mítico-literal: los relatos de la Biblia, del Corán, de la historia oficial o las memorias heroicas del gran lider se asumen como hechos que sucedieron tal y como aparecen narrados. En los tiempos teístas bastaba con cumplir la ley terrestre y divina para que la salvación estuviera asegurada y sería en esa vida extraterrena donde llegaría la plena realización del alma. La autoridad religiosa y secular –que la mayor parte de las veces era la misma– determinaba unilateralmente el ejercicio de la ley y administraba las normas de convivencia basada en la liturgia y los dogmas de cada culto. 

 

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Los mexicanos hemos transitado de un sistema autoritario, patrimonialista (aquel donde el gobierno es dueño del patrimonio y hasta de la vida misma de las personas) y clientelar (empresas, empleos son concesiones del gobernante) a otro con el que se pretendía que el viejo régimen fuera sustituido por uno de derechos políticos (elecciones libres donde el voto cuenta), económicos (la competencia, la transparencia y el mérito determinan el futuro de las empresas) y sociales (construcción de una red universal de salud, educación, seguro de desempleo e invalidez y vejez) para cada persona. Todo se quedó en proyecto. Persisten los vicios de beneficiar a familiares y amigos con el gasto y los contratos públicos. El avance mayor fue la liberación política que permitió cambiar pacíficamente a las élites gobernantes. En salud apenas se dio un paso nimio con el seguro popular. Y paro de contar. La transición fue fallida. La apuesta de cambio se limitó al acuerdo comercial de México con Estados Unidos y Canadá. Se creyó que a la larga sería suficiente para lograr un Estado de leyes y de derechos sociales. No sucedió en los más de 40 años de liberalización económica: se creyó ciegamente en que el mercado forjaría el Estado de derecho y traería justicia y bienestar. El Estado abdicó a su papel de regulador y forjador de instituciones. En ese periodo si acaso se erigieron pequeñas ínsulas de una economía moderna, vinculadas al comercio con nuestro vecino del norte. Pero los derechos fueron suspendidos. El arribo de nuevas industrias extranjeras apenas se reflejó en el bienestar de sus trabajadores, pero jamás benefició a las poblaciones donde se ubicaron. La destrucción del sistema autoritario y patrimonialista no fue acompañada por el desarrollo de derechos sociales ni servicios públicos. El cambio de un modelo de desarrollo autárquico y autoritario a otro de libre comercio y flujo de capitales fue obligado por la bancarrota del Estado mexicano en los años ochenta. En ese contexto se retiraron subsidios y apoyos al campo y a las empresas. Miles de campesinos y rancheros, así como de empresarios quebraron. Su destino fue la migración, vincularse a las economías informal e ilícita o morir en el desamparo. Se apostó a que la apertura comercial por sí sola resolviera el problema económico, social y político que trajo la insolvencia del gobierno. Apenas se crearon algunos organismos autónomos, algunos inútiles y cooptados por intereses económicos. Se invirtió poco y mal en construir un sistema judicial y una policía competente. Al mismo tiempo que se desmanteló el añejo aparato policial y de justicia, el narcotráfico dio un salto gigantesco gracias a que México se convirtió en puente del tráfico de cocaína y de precursores químicos para producir drogas más letales. Fue una combinación catastrófica para la seguridad y la paz. Entonces ¿dónde estamos? Ámbito económico: una parte del país se vincula con el sector exportador, el moderno de la economía. La otra mitad está en la informalidad, ligada a economías ilícitas: narcotráfico, extorsión, secuestro, cobro de piso, asesinatos… Pero entre un sector y otro hay una relación parasitaria y utilitaria: en el campo y la minería el sector informal suele proveer seguridad e incluso trabajadores al formal. Ámbito de seguridad y justicia: la liberación del sistema político desmanteló el orden autoritario, lo cual desarticuló al sistema policiaco que tenía un pie en la legalidad -pues dependía de un mando policial jerárquico- y otro pie en la ilegalidad: robaba, extorsionaba y se quedaba con los decomisos de drogas y botines de ladrones. Este doble papel permitía regular y mediar con los criminales. Su disgregación favoreció que las policías se vincularan al crimen organizado. Y lo peor, no se creó un sistema de justicia y policiaco que lo sustituyera. Resultado: crimen y violencia. Fue así como la única opción fue la militarización. Ámbito de la informalidad y el narcotráfico: el desmantelamiento de las policías ocurrió en el momento que los cárteles mexicanos de la droga se internacionalizaron por efecto del comercio de cocaína y de las drogas sintéticas. Los bolsillos de los narcotraficantes se llenaron a tope. Su abundancia de dólares permitió enrolar a los policías que fueron defenestrados e incluso reclutar a militares (origen de los Z). Al mismo tiempo, los cárteles extendieron su dominio hacia el campo y la minería, el comercio, la construcción y otros sectores económicos, que fueron abandonados a su suerte para enfrentar la apertura comercial sin apoyo ni servicios públicos. Así, compraron ranchos, respaldaron a la economía campesina y enrolaron a desempleados. De este modo los cárteles pasaron de narcotraficantes a controlar regiones enteras, tanto por la vía de sus actividades económicas como por su incursión en la política mediante el financiamiento a candidatos y sus campañas. A partir de entonces, mantienen un pie en la economía y la política formal. Ámbito del Estado y del gobierno: los gobiernos que han estado a cargo de la cosa pública han dado palos de ciego y renunciado a las obligaciones básicas del Estado moderno: la seguridad pública y la provisión de bienes y servicios públicos universales, tales como salud, educación, seguro de desempleo. Al tiempo, la nueva política migratoria de Estados Unidos ha limitado la salida a la crisis de desempleo y desamparo en el que se encuentran millones de mexicanos. La combinación de ambos factores más el florecimiento de las economías ilícitas ha fortalecido enormemente a los grupos criminales. El resultado es que los mexicanos vivimos en el reino de la contingencia. La suerte nos salva de morir en un enfrentamiento o un asalto. La misma suerte nos favorece si logramos un empleo formal o nos da la espalda si no logramos emprender, pues para ello se requieren conexiones y dinero. Ante la dislocación del Estado, la narrativa ha permitido ocultar sus carencias y mantener el control político. El relato político sirve para que la gente soporte los desastres cotidianos. Los cambios, escribe Claudio Lomnitz en El tejido social rasgado, “requieren una narrativa que les otorgue una finalidad y que marque una dirección: la transición democrática y la modernización en un caso [fue el relato que dio cobijo a la fase neoliberal, que causó gran destrucción; este ciclo terminó con el inicio de la guerra a las drogas], y la “Cuarta Transformación” -con su obsesión con “la recuperación de la soberanía”-, en el otro”. Además, añade el antropólogo, la narrativa teleológica “sirve también para minimizar [el horror y el dolor de la vida diaria], los cuales parecen poca cosa frente a la grandiosidad de una serie de metas que se vislumbran en el horizonte”. El uso de la historia cumple un papel vital en el relato. Como nada o muy poco se hace para enfrentar tan terribles males del presente, la acción pública se limita a ritos y conjuras del pasado. Es así como se celebra solemnemente, dice Lomnitz, la matanza del 2 de octubre de 1968, “que dejó menos muertos que hoy hay en México casi cualquier semana del año”. Asimismo, agrega, se firmó con “bombo y platillo la creación de la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidos de 1965 a 1990”. Remata su reflexión así: “La teleología hoy en México tiene mucho de siniestro y mucho de mala fe. Los entusiastas del gobierno se llenan la boca con la Historia, con hache mayúscula, para minimizar los efectos desastrosos de sus políticas y presentarlos como un mal menor o como un efecto retardado del sistema anterior”. Así se dulcifica el desastre. Cuando los males sociales y la ineficiencia e indiferencia del Estado se minimizan y consideran como contingencia o mala suerte, se responsabiliza a la persona de los problemas sociales, que trascienden al individuo. De esta manera se genera impotencia y condena a la inmovilidad: ¿qué se puede hacer contra la mala suerte? ¿Qué se puede hacer cuando llueve o soplan los vientos fríos del norte? Así, el Estado abdica a enfrentar los cambios sistémicos que provocan sus decisiones y afectan el funcionamiento de la sociedad. Lomnitz apunta: “Nuestros gobiernos han estado implementando cambios importantes en el funcionamiento mismo del Estado sin tener en sus manos los hilos para impedir que hubiera resultados catastróficos y sin que hubiera siempre instrumentos para mitigar esos resultados catastróficos. La teleología sirve para distraernos de eso”. ¿Despertaremos algún día?" 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Un lunes por la mañana, al llegar a los tribunales pude ver una gran conmoción de reporteros gráficos, camarógrafos, locutores, entrevistadores y curiosos que se arremolinaban en torno de un individuo disfrazado de Superman. Para poder ingresar a los juzgados, tuve que acercarme al nutrido grupo donde pude percatarme de que el Superman que vociferaba ante la prensa española y europea era nada menos que el magnate y abogado José María Ruiz Mateos, accionista mayoritario de grupo RUMASA, que era un conglomerado corporativo de los más importantes de Europa. Ruiz Mateos se encontraba litigando en defensa de sus empresas, contra el gobierno encabezado por Felipe González, que por todos los medios quería despojar al empresario andaluz de todos sus negocios. Cuando estuve a pocos metros de Ruiz Mateos, pude escucharlo respondiendo las preguntas de los reporteros:
  • Don José María, esta vez viene usted caracterizado de Superman; el viernes pasado vino de indio tabajara, y hace dos semanas estaba  ataviado de centurión romano.
  • ¿no le preocupa el apercibimiento que le ha hecho el tribunal prohibiéndole disfrazarse de esa forma?
  • ¡Qué va! Lo que sucede es que al magistrado a cargo de robarme, le incomoda verse reflejado en mi vestimenta como lo que él es; un payaso mercenario al servicio del ejecutivo capitaneado por los pseudo socialistas de Gonzalez y Boyer.
  • Si, don José María, pero en los tribunales los letrados acuden vestidos de acuerdo al protocolo que les exige portar la toga de abogado, y usted se burla de la dignidad judicial, ¿o nó?
  • No, hijo querido; los que se burlan de la dignidad judicial son estos magistrados y jueces mercenarios que obedecen al presidente del gobierno, olvidándose de la división de poderes y de la majestad que debe revestir a la  justicia.
  • Los que vienen disfrazados son los magistrados y jueces que deberían mejor ponerse un antifaz y mostrarse como lo que son: unos simples bufones; unos payasos que han convertido la justicia en una farsa y las cortes en un circo.
  • Don José María,  a usted lo han apercibido con diez días de arresto si persiste usted en burlarse del tribunal.
  • Te repito hijo, que no soy yo quien se burla del tribunal ni de la ley, sino esos bandidos disfrazados de jueces que no tienen ni la menor autoridad.
El público presente y los reporteros que participaban de la conferencia improvisada, aplaudían las respuestas del abogado y empresario y coreaban su aprobación por lo que decía.
  • Mirad bien; lo que le sucede a Gonzalez, Boyer y al señor Guerra es que son unos resentidos sociales; ellos se mueren por figurar en el Hola y demás revistas del corazón; nada más ved al Boyer cortejando a la socialité Isabel Preysler, que ha tenido tantos novios que llama a sus hijos por apellido y no por nombre…
Ante esta respuesta, todo el público rompió en una carcajada irreprimible, dándole la razón.
  • Para que no haya dudas os digo: yo estoy obligado a vestir, cubriendo mis vergüenzas para no faltar a la moral; mientras yo cubra mis partes pudendas, tengo derecho de venir ataviado como mejor me venga en gana. ¡Faltaría más!
  • Y como estos no son tribunales sino un circo y no hay jueces sino bufones, pues yo me visto a tono con la farsa y se lo tienen que aguantar.
Han pasado casi treinta años desde entonces Y A JUZGAR POR LA DESCOMPOSICIÓN QUE SUFREN EN MÉXICO LAS INSTITUCIONES DONDE LA LEY ES COSA DE CUENTO, llevamos semanas inmersos en una comedia de enredos en la que a raíz del plagio de una tesis de licenciatura, la plagiaria en vez de reconocer su falta, se la quiso achacar al plagiado, con tal de asirse con uñas y dientes a su puesto como ministra de la Suprema Corte. Para encubrir a Yasmín Esquivel Mossa, la Fiscal de la CDMX, Ernestina Godoy,  pretendió hacer un doble play, (para hablar en el vocabulario beisbolero de moda); ¡admitió la denuncia por plagio presentada por la plagiaria en contra del plagiado! Pero no conforme y a pesar de no ser materia de su competencia, exoneró a Yasmín Esquivel a pesar de que a los denunciantes no son los que se exonera o consigna, sino a los presuntos responsables. El enredo montado por la ministra mencionada,  con tal de aferrarse a su hueso, recuerda a la comedia radiofónica de la  TREMENDA CORTE, con la diferencia de que, en este grotesco espectáculo ningún protagonista tiene la gracia del inolvidable TRES PATINES de aquella parodia  cubana. La permanencia de una ministra en entredicho, no solo moral sino jurídicamente, tendría como resultado que todas las resoluciones de la Suprema Corte sean impugnables ya sea en organismos internacionales o incluso ante los tribunales de otros países cuyos ciudadanos sufran violaciones a sus derechos humanos en México. Este lastre es gravísimo porque inhabilita a la Suprema Corte de Justicia, haciendo imposible que cumpla con su función constitucional. En este circo grotesco, la fiscal general de justicia de la CDMX, Ernestina Godoy Ramos, ha debutado como malabarista y acróbata; #esClaudia ha intervenido como maestra de ceremonias; el rector de la UNAM se limitó a declarar que la tesis presentada por Yasmín Esquivel Mossa para titularse como abogada, ES PLAGIADA, PERO no mencionó que la UNAM debe darle intervención a la Dirección General de Profesiones de la SEP, que de acuerdo al artículo 29, 62 y 67 de la Ley de Profesiones, debe cancelarle la cédula profesional a la plagiaria. La Dirección de Profesiones tiene la obligación de citar a la todavía ministra Esquivel Mossa, para que pueda manifestar lo que a su derecho convenga, y una vez agotado el breve procedimiento, cancelar su cédula profesional. Desde que Yasmín Esquivel comenzó a ostentarse como abogada usando la cédula adquirida ilegalmente, ha venido cometiendo el delito de usurpación de profesión y de funciones, previsto en el artículo 250 del Código Penal Federal. No estamos en presencia de “un pecadillo de juventud” cuyas consecuencias hubieran cesado hace muchos años; a partir de ese plagio de tesis, se emitió un título de licenciatura viciado, que a su vez vicia de nulidad TODAS LAS RESOLUCIONES DICTADAS POR YASMÍN ESQUIVEL a lo largo de toda su carrera como juzgadora. No se trata de un circo cualquiera; se  trata de un circo macabro y perverso, promovido para desmantelar nuestro sistema de justicia constitucional. Esquivel llegó al extremo de mantener su candidatura para presidir la Corte y el Consejo de la Judicatura, e incluso emitió su voto, debiendo haberse abstenido. A partir de este último episodio circense, la Suprema Corte YA NO DEBE TENER DOS SALAS, SINO MÁS BIEN TRES PISTAS, como los circos de carpa grande. El entredicho que pesa sobre  Yasmín Esquivel Mossa, ha contagiado a nuestro máximo tribunal que corre el riesgo de dejar de ser CORTE para convertirse en COHORTE. ¿Qué diferencia hay ahora entre nuestro máximo tribunal y la TREMENDA CORTE DE TRES PATINES? No es poca la diferencia, por desgracia; la TREMENDA CORTE era  la representación cómica  de los avatares de un humilde tribunal de barandilla, en tanto la lucha de ambiciones personales que hoy asedia a nuestro máximo tribunal, amenaza con privar a los mexicanos DEL MÁS IMPORTANTE DE LOS TRES PODERES; EL PODER DEL QUE DEPENDE QUE VIVAMOS EN PAZ Y CON JUSTICIA. NO ES LO MISMO CORTE QUE COHORTE (*). Si los otros diez ministros, y todos los  juzgadores federales permiten con su silencio que se consume la usurpación de profesión y de funciones INICIADA CON LA PROPUESTA MINISTERIAL DE LÓPEZ OBRADOR en beneficio de su favorita, TENDRÁN QUE COMPLETAR SU INDUMENTARIA CON SUS RESPECTIVOS ANTIFACES DE BANDIDOS, COMO LOS QUE PORTAN LOS MINISTROS RETRATADOS EN LOS FRESCOS DE JOSÉ CLEMENTE OROZCO EN LOS MUROS DE NUESTRO MÁXIMO TRIBUNAL. …. (*) CORTE jurídicamente hablando, es el más alto tribunal de la república; COHORTE es un grupo de bandidos y malhechores." ["post_title"]=> string(76) "La tremenda Corte de Tres Patines, y la tragedia de nuestro Máximo Tribunal" ["post_excerpt"]=> string(187) "Llevamos semanas inmersos en una comedia de enredos en la que, a raíz del plagio de una tesis de licenciatura, la plagiaria en vez de reconocer su falta, se la quiso achacar al plagiado." 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Los mexicanos hemos transitado de un sistema autoritario, patrimonialista (aquel donde el gobierno es dueño del patrimonio y hasta de la vida misma de las personas) y clientelar (empresas, empleos son concesiones del gobernante) a otro con el que se pretendía que el viejo régimen fuera sustituido por uno de derechos políticos (elecciones libres donde el voto cuenta), económicos (la competencia, la transparencia y el mérito determinan el futuro de las empresas) y sociales (construcción de una red universal de salud, educación, seguro de desempleo e invalidez y vejez) para cada persona. Todo se quedó en proyecto. Persisten los vicios de beneficiar a familiares y amigos con el gasto y los contratos públicos. El avance mayor fue la liberación política que permitió cambiar pacíficamente a las élites gobernantes. En salud apenas se dio un paso nimio con el seguro popular. Y paro de contar. La transición fue fallida. La apuesta de cambio se limitó al acuerdo comercial de México con Estados Unidos y Canadá. Se creyó que a la larga sería suficiente para lograr un Estado de leyes y de derechos sociales. No sucedió en los más de 40 años de liberalización económica: se creyó ciegamente en que el mercado forjaría el Estado de derecho y traería justicia y bienestar. El Estado abdicó a su papel de regulador y forjador de instituciones. En ese periodo si acaso se erigieron pequeñas ínsulas de una economía moderna, vinculadas al comercio con nuestro vecino del norte. Pero los derechos fueron suspendidos. El arribo de nuevas industrias extranjeras apenas se reflejó en el bienestar de sus trabajadores, pero jamás benefició a las poblaciones donde se ubicaron. La destrucción del sistema autoritario y patrimonialista no fue acompañada por el desarrollo de derechos sociales ni servicios públicos. El cambio de un modelo de desarrollo autárquico y autoritario a otro de libre comercio y flujo de capitales fue obligado por la bancarrota del Estado mexicano en los años ochenta. En ese contexto se retiraron subsidios y apoyos al campo y a las empresas. Miles de campesinos y rancheros, así como de empresarios quebraron. Su destino fue la migración, vincularse a las economías informal e ilícita o morir en el desamparo. Se apostó a que la apertura comercial por sí sola resolviera el problema económico, social y político que trajo la insolvencia del gobierno. Apenas se crearon algunos organismos autónomos, algunos inútiles y cooptados por intereses económicos. Se invirtió poco y mal en construir un sistema judicial y una policía competente. Al mismo tiempo que se desmanteló el añejo aparato policial y de justicia, el narcotráfico dio un salto gigantesco gracias a que México se convirtió en puente del tráfico de cocaína y de precursores químicos para producir drogas más letales. Fue una combinación catastrófica para la seguridad y la paz. Entonces ¿dónde estamos? Ámbito económico: una parte del país se vincula con el sector exportador, el moderno de la economía. La otra mitad está en la informalidad, ligada a economías ilícitas: narcotráfico, extorsión, secuestro, cobro de piso, asesinatos… Pero entre un sector y otro hay una relación parasitaria y utilitaria: en el campo y la minería el sector informal suele proveer seguridad e incluso trabajadores al formal. Ámbito de seguridad y justicia: la liberación del sistema político desmanteló el orden autoritario, lo cual desarticuló al sistema policiaco que tenía un pie en la legalidad -pues dependía de un mando policial jerárquico- y otro pie en la ilegalidad: robaba, extorsionaba y se quedaba con los decomisos de drogas y botines de ladrones. Este doble papel permitía regular y mediar con los criminales. Su disgregación favoreció que las policías se vincularan al crimen organizado. Y lo peor, no se creó un sistema de justicia y policiaco que lo sustituyera. Resultado: crimen y violencia. Fue así como la única opción fue la militarización. Ámbito de la informalidad y el narcotráfico: el desmantelamiento de las policías ocurrió en el momento que los cárteles mexicanos de la droga se internacionalizaron por efecto del comercio de cocaína y de las drogas sintéticas. Los bolsillos de los narcotraficantes se llenaron a tope. Su abundancia de dólares permitió enrolar a los policías que fueron defenestrados e incluso reclutar a militares (origen de los Z). Al mismo tiempo, los cárteles extendieron su dominio hacia el campo y la minería, el comercio, la construcción y otros sectores económicos, que fueron abandonados a su suerte para enfrentar la apertura comercial sin apoyo ni servicios públicos. Así, compraron ranchos, respaldaron a la economía campesina y enrolaron a desempleados. De este modo los cárteles pasaron de narcotraficantes a controlar regiones enteras, tanto por la vía de sus actividades económicas como por su incursión en la política mediante el financiamiento a candidatos y sus campañas. A partir de entonces, mantienen un pie en la economía y la política formal. Ámbito del Estado y del gobierno: los gobiernos que han estado a cargo de la cosa pública han dado palos de ciego y renunciado a las obligaciones básicas del Estado moderno: la seguridad pública y la provisión de bienes y servicios públicos universales, tales como salud, educación, seguro de desempleo. Al tiempo, la nueva política migratoria de Estados Unidos ha limitado la salida a la crisis de desempleo y desamparo en el que se encuentran millones de mexicanos. La combinación de ambos factores más el florecimiento de las economías ilícitas ha fortalecido enormemente a los grupos criminales. El resultado es que los mexicanos vivimos en el reino de la contingencia. La suerte nos salva de morir en un enfrentamiento o un asalto. La misma suerte nos favorece si logramos un empleo formal o nos da la espalda si no logramos emprender, pues para ello se requieren conexiones y dinero. Ante la dislocación del Estado, la narrativa ha permitido ocultar sus carencias y mantener el control político. El relato político sirve para que la gente soporte los desastres cotidianos. Los cambios, escribe Claudio Lomnitz en El tejido social rasgado, “requieren una narrativa que les otorgue una finalidad y que marque una dirección: la transición democrática y la modernización en un caso [fue el relato que dio cobijo a la fase neoliberal, que causó gran destrucción; este ciclo terminó con el inicio de la guerra a las drogas], y la “Cuarta Transformación” -con su obsesión con “la recuperación de la soberanía”-, en el otro”. Además, añade el antropólogo, la narrativa teleológica “sirve también para minimizar [el horror y el dolor de la vida diaria], los cuales parecen poca cosa frente a la grandiosidad de una serie de metas que se vislumbran en el horizonte”. El uso de la historia cumple un papel vital en el relato. Como nada o muy poco se hace para enfrentar tan terribles males del presente, la acción pública se limita a ritos y conjuras del pasado. Es así como se celebra solemnemente, dice Lomnitz, la matanza del 2 de octubre de 1968, “que dejó menos muertos que hoy hay en México casi cualquier semana del año”. Asimismo, agrega, se firmó con “bombo y platillo la creación de la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidos de 1965 a 1990”. Remata su reflexión así: “La teleología hoy en México tiene mucho de siniestro y mucho de mala fe. Los entusiastas del gobierno se llenan la boca con la Historia, con hache mayúscula, para minimizar los efectos desastrosos de sus políticas y presentarlos como un mal menor o como un efecto retardado del sistema anterior”. Así se dulcifica el desastre. Cuando los males sociales y la ineficiencia e indiferencia del Estado se minimizan y consideran como contingencia o mala suerte, se responsabiliza a la persona de los problemas sociales, que trascienden al individuo. De esta manera se genera impotencia y condena a la inmovilidad: ¿qué se puede hacer contra la mala suerte? ¿Qué se puede hacer cuando llueve o soplan los vientos fríos del norte? Así, el Estado abdica a enfrentar los cambios sistémicos que provocan sus decisiones y afectan el funcionamiento de la sociedad. Lomnitz apunta: “Nuestros gobiernos han estado implementando cambios importantes en el funcionamiento mismo del Estado sin tener en sus manos los hilos para impedir que hubiera resultados catastróficos y sin que hubiera siempre instrumentos para mitigar esos resultados catastróficos. La teleología sirve para distraernos de eso”. ¿Despertaremos algún día?" 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