Parece que el fascismo se normaliza desde la Casa Blanca. El miedo a las minorías, los símbolos de odio y la ebullición del enojo en la sociedad estadounidense, despiertan el deseo de una cultura excluyente, que favorece el supremacismo blanco. Se normalizan las actitudes que creímos alguna vez extintas, y el peligro está en el uso del lenguaje y los símbolos relacionados con movimientos fascistas, que se han permitido visibilizar durante el mandato trumpista. Un claro ejemplo fue el saludo nazi de Elon Musk. No era ni un saludo romano; ni como decían las redes “un gesto de mucha alegría”. Fue una prueba de que en una sociedad tan saturada de noticias e ideologías políticas, la semiótica del fascismo puede presentarse al público sin despertar ninguna alerta en la sociedad.
Los estadounidenses viven un fuerte distanciamiento social en el que unos cuantos votantes republicanosparecen compartir una causa de fuerte identidad patriota. Uno que consiste en donde ser adverso, es ser comunista, “woke”; o un globalista defensor de la “agenda 2030” y el “nuevo orden mundial”. Se venden como un gobierno para el verdadero pueblo americano. Mientras retrasan años de derecho constitucional, retiran fondos a escuelas y universidades. Asumen un rol de liderazgo, control y capacidad de presión sobre países, periodistas, políticos de oposición y cualquiera que no esté alineado con la causa trumpista.
En un mundo donde participamos todos, afroamericanos, latinos, homosexuales, mujeres, y el famoso hombre blanco heterosexual, no puede haber pasividad, mientras la mayor potencia del mundo tira por la borda años de lucha, por erradicar la brecha social entre todos los integrantes de la sociedad. Estamos viendo en tiempo real cómo se caricaturizan a las minorías, generando un escenario de falsa información y paranoia. De odio al prójimo y fragmentación social: se afirma que los latinos y los negros llegarían a comerse a las mascotas de las familias blancas en sus barrios. También, operativos masivos de detención de migrantes, con enormes focos rojos, como lo es la reapertura de Guantánamo.
Trumpcontrola las narrativas, mete sus narices hasta en la FIFA. Y se burla de sus detractores con una voz de menosprecio y superioridad moral. Eso ya no es política, es el juego de del poder.Martirizó a Charlie Kirk con espectáculos funerarios. Un símbolo de la sangre que se está derramando por “hacer América grandiosa otra vez”. Incomoda a países con aranceles; a periodistas, con amenazas; e incluso a las figuras estrella de la televisión americana.
Estados Unidos tiene a un presidente populista de manualy también a un destacado hombre de showque rige su segundo mandato, bajo la doctrina del miedo y la desconfianza hacia las minorías. Un gabinete donde la semiótica del fascismo se normalizan. Donde incluso las bases jóvenes del partido Republicano intercambian mensajes burlándose de la idea de abusar física y moralmente de las minorías, (cabe aclarar que por esto el partido Republicano se disculpó).
Su gobierno no responde a una guerra cultural entre la América cristiana y la “woke”. Es una muestra de que en un país donde el supremacismo blanco ha sido bandera de tragedia y sangre en contra de las minorías, Trump juega con fuego y despierta una llama que se creía apagada. Al mismo tiempo el Secretario de Guerra (ya no se llama Secretario de Defensa) convocó a los jefes militares más importantes para alertar sobre una posible guerra civil. La prueba de que la política se puede volver tan peligrosa como para ver, desde el mismo gobierno, apologías a símbolos fascistas; la pérdida de una política exterior diplomática; y la normalización del miedo hacia sectores de la población ajenos o adversos.
Actualmente caemos en la falacia de que cualquiera que se acerque a la derecha es considerado “facho”, debemos recordar que no todo es fascismo. Pero cuando la Casa Blanca tiene a un autoproclamado rey, en una tierra sin monarcas, la sociedad no puede dejar pasar pequeños mensajes, que resuenan con la idea de supremacismo blanco y pretender que no hay nada peligroso en ello. Recordemos que no conocer la historia, es condenarnos a repetirla.
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