La Reina Isabel II: su lado menos conocido

La vida de la reina Isabel II tiene muchas facetas. En esta ocasión, Fernando Navarrete nos aclara sus facetas menos conocidas.

13 de septiembre, 2022

Más allá de las representaciones que se han realizado de ella en distintos medios (tanto en series como en películas, las cuales suman más de una centena, incluyendo The Queen y The Crown) podemos decir que la de Isabel II de Inglaterra fue fundamentalmente una vida dedicada al servicio, por encima de cualquier otra cosa, con férreas convicciones acerca de la nación y la familia. 

Prueba de ello es que mientras Winston Churchill, en junio de 1940, pronunciaba su famoso discurso en la casa de los comunes en el que alentaba a los ingleses a hacer frente a la Alemania nazi con las palabras “Debemos pelear en las playas, en la tierra, en los campos y en las calles, en los mares y océanos, para defender nuestra isla, sin importar el costo”, en una Europa sacudida por la guerra, la futura reina decidió alistarse en la rama femenina del ejército británico, convirtiéndose en la primera mujer de la familia real en hacerlo. 

Con el número de identificación 230873 que correspondía al puesto de Auxiliar subalterno segundo del Sistema de Transporte, es decir, realizaba labores de mecánica automotriz y conducción de vehículos, Isabel Windsor se entregó a la defensa de su nación al tiempo que, en un mensaje radiofónico, decía a sus connacionales: “Miles de ustedes, en este país, han tenido que abandonar sus hogares y han sido separados de sus familias, de sus padres y madres. Mi hermana Margaret y yo, lo sentimos igual que ustedes, así como sabemos lo que es estar separados de aquellos a los que más se ama”. 

El 6 de febrero de 1952 la princesa Isabel se encontraba en un viaje oficial en Kenia con su esposo el príncipe Felipe, cuando se le comunicó el deceso de su padre el rey Jorge VI, víctima de cáncer. A su regreso a Inglaterra, con 25 años, se le proclamaría como cabeza del estado británico, de la iglesia anglicana y de la mancomunidad de naciones. El viaje, sin embargo, no había surgido producto del azar. 

La intención de Jorge VI era, e Isabel lo entendió perfectamente, la creación de una “familia de naciones” en lugar del otrora imperio que se desmoronaba rápidamente (India, Pakistán y la República de Irlanda antes eran dominios británicos). En los años subsecuentes, la independencia de diversos estados africanos habrían de modificar no sólo el mapa mundial sino también la relación de Gran Bretaña con los distintos países que clamaban por libertad. En el año de 1961, Isabel acudió a Ghana para estrechar lazos diplomáticos y de fraternidad, aún y cuando la nación había obtenido su independencia en 1957. Ahí compartió con el presidente Kwame Nkruma. 

La relación con Sudáfrica resultó particularmente tensa. Excluida desde 1961 de la mancomunidad de naciones debido al régimen del apartheid, no sería sino hasta 1991 cuando Isabel formalizaría la invitación dirigida a Nelson Mandela (recién liberado de prisión) a una reunión oficial en Zimbabwe, rompiendo todo protocolo derivado de que Mandela no era aún presidente y no lo sería sino hasta 1994, año en que Sudáfrica volvería a integrarse a la mancomunidad. Lo mismo pasaría con Uganda y Tanzania. 

Los momentos complejos nunca estuvieron ausentes durante su reinado, como fue el caso del deceso de Diana Spencer en un accidente automovilístico en 1997. Si bien muchos de los ingleses observaban con atención la conflictiva relación matrimonial de Diana con Carlos, el príncipe heredero, y el papel de la familia real en la relación tanto personal como de estado, para aquel momento millones de personas habían perdido a un ícono que había generado simpatía y afecto a través de obras de caridad y visitas a enfermos y necesitados desde su posición, primero como Princesa de Gales y después como embajadora de buena voluntad de distintas organizaciones benéficas. 

Al conocer la trágica noticia, la reacción de Isabel fue refugiarse con Carlos y sus nietos en Balmoral, lugar donde murió el 8 de septiembre, para protegerlos del acoso mediático y popular que sobrevendría. En un principio, la opinión pública tachó de insensible a la familia real al no apresurarse a regresar a Londres después de que la noticia del accidente comenzó a trascender en los medios, pero el tiempo terminaría por darle la razón. 

Años después, Guillermo, el hijo mayor de Diana y Carlos, declararía que “estaba agradecido por el tiempo que tuve en privado para llorar la pérdida de mi madre, organizar mis pensamientos y por encontrarme alejado de todos para ello”. 

A pesar de que Diana ya no era miembro de la familia real tras su divorcio concluido un año antes, la reina accedió a realizar una transmisión en vivo refiriéndose al lamentable suceso, al tiempo que la gente colocaba arreglos florales a las afueras del palacio de Kensington, muchos de los cuales se utilizaron durante su funeral. 

Isabel volvería a dirigirse a la nación para la inauguración de la fuente conmemorativa en honor a Diana en 2004, en su primera visita a Dublín en 2011 y durante el comienzo de la pandemia en abril del 2020, cerrando con la frase “Debemos tener la certeza de que aún y cuando tenemos mucho que aguantar, los días buenos regresarán. Estaremos con nuestros amigos de nuevo, con nuestras familias de nuevo. Nos volveremos a ver”. 

Después de setenta años de reinado falleció Isabel Alexandra María Windsor, quien no nació en un palacio sino en una casa que ahora es un restaurante de comida cantonesa (17 Bruton Street), envió un mensaje de felicitación a la tripulación del Apollo 11 tras la exitosa misión lunar en 1969, recorrió todas las regiones de Gran Bretaña antes de su jubileo de diamantes y visitó más de 120 países en seis continentes, quien era además  fanática del Arsenal FC, tenía un par de osos perezosos (en el Zoológico de Londres, que le fueron obsequiados) y cuya vida está inexorablemente ligada a la historia de los siglos XX y XXI. 

Descanse en paz. 

Comentarios


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Mientras que en el cine, conservando nuestra perspectiva de observadores –pues siempre permanecemos en nuestra butaca–, somos capaces de identificamos con el punto de vista del personaje, a cuya perspectiva no tenemos acceso a menos que él no haga saber lo que observa y siente ya sea con palabras o actos.  Enfoquémonos en el “punto de vista” Pensemos en un documental donde, tras una larga estancia en la sabana, el equipo de investigación ha podido documentar mediante el video y la fotografía las tácticas y estrategias que utiliza una manada de leones para cazar.    En este caso el programa entero está planteado desde la “perspectiva” de la cámara, que es la que registra lo que ocurre, sin embargo al mismo tiempo toda la estructura de la investigación está planteada desde el “punto de vista” del león: seguimos cada técnica, cada truco, cada movimiento y la forma en que acecha a las cebras desde la distancia. Pero es indispensable comprender que seguir los movimientos de una fiera no significa en modo alguno asumir su perspectiva. Meterse en la experiencia existencial de un león, cómo siente, qué detona sus reacciones, cómo vive los estímulos del entorno, en una palabra, asumir su “perspectiva”, es imposible para el ser humano y por eso, lo más que podemos conseguir es alinearnos con dicho felino sumiendo su “punto de vista”, centrándonos en las necesidades, características y modos de ser de la especie a investigar, sumado al conocimiento que a lo largo de los años hemos acumulado de esa especie.  Y aquí está la clave: podemos “imaginar” cómo vive su condición de león, pero siempre desde la perspectiva humana, que resulta imposible de abandonar. Podemos asumir distintos puntos de vista, pero no podemos cambiar la perspectiva que nos da la especie; es ella la que nos provee de las herramientas (capacidades sensoriales, cognitivas, intuitivas, biológicas, etc,) para experimentar e interpretar la realidad que nos rodea. Podemos deducir, reflexionar, suponer, empatizar, asumir lo que significa estar en la piel de un conejo, pero no podemos asumir esa perspectiva de ningún modo: por más que lo deseemos, no nos es posible encarnarnos en un conejo ni en ninguna otra cosa que no sea un ser humano.   Pensemos en un segundo ejemplo: un reportaje de prensa acerca de un asesinato. El periodista encargado hará una investigación de los hechos y los involucrados y una vez que tenga todas las piezas de la historia, construirá, desde su perspectiva como profesional del periodismo –equivalente a los zoólogos que observaron a los leones–, un relato completo y coherente de lo ocurrido. Si bien esa historia la hizo desde su perspectiva personal, la redacción y el enfoque estará centrado en los protagonistas de los hechos, y a la hora de redactar, asumirá deliberadamente el punto de vista de la víctima o del asesino o de las autoridades, o quizá saltará alternativamente de un punto de vista al otro. No puede meterse en la cabeza del asesino, pero si puede centrarse en ofrecer un contexto de quién es y de lo que lo llevó a hacer lo que hizo. Desde su perspectiva de informador profesional, construirá un relato centrado en el punto de vista del asesino –ya sea para justificarlo o para cargarlo de agravantes– pero poniéndolo a él y lo que logró averiguar del caso –y nunca a sí mismo– en el centro de la narración. El testimonio no se tratará de lo que el periodista pensó o sintió, sino de los hechos que ocurrieron y de los involucrados en ellos. Si lo trasladamos a las voces gramaticales, el Yo del periodista jamás aparecerá. Por el contrario, el relato estará articulado en tercera persona, donde un observador “objetivo” expone los hechos y conjeturas sostenidas en las pruebas objetivamente existentes. El periodista no hablará de sí mismo sino de lo que sucedió.  Cosa muy distinta hará su colega de la columna de opinión. En este segundo caso, el opinador tomará el reportaje del periodista y recorrerá el camino en sentido contrario: tomando como referencia el reportaje “objetivo”, contado desde el punto de vista de los protagonistas, hará una interpretación desde su propia perspectiva compartiendo su opinión, visión y comprensión de los hechos y testimonios. Como se puede intuir, ambas columnas serán radicalmente distintas.   Concluyamos con tres ejemplos literarios que ilustran las diferencias entre perspectiva y punto de vista. La primera obra de la que me gustaría hablar es A sangre fría de Truman Capote. En esta novela el autor nos cuenta, desde su perspetiva, pero desde una visión objetiva, poniendo como centro del relato los hechos efectivamente ocurridos, el cuádruple asesinato de una familia en un pueblo rural de los Estados Unidos por dos individuos posteriormente capturados y condenados a pena de muerte. Si bien Capote se centra en la psicología de los criminales e incluso se entrevista con ellos en distintas oportunidades privilegiando su punto de vista, busca recrear un relato objetivo de sus contextos y motivaciones.  En el segundo ejemplo John Fowles, en su novela El coleccionista cuenta la historia de un tipo que, obsesionado con una joven, la secuestra con la intención de que gracias a la convivencia termine por enamorarse de él. Aquí sí, en tanto que se trata de una ficción, el autor está habilitado para asumir la perspectiva y el punto de vista del secuestrador, Frederick Clegg.  El tercer ejemplo responde a un híbrido entre ambas posibilidades. 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Es verdad que en ocasiones necesitamos ponernos de acuerdo sobre un objetivo común y el diálogo se constituye en un medio para lograrlo. Se considera como un valor esencial el “estar abierto al diálogo” en cualquier situación de conflicto de intereses.   No obstante, es frecuente que en la resolución de conflictos se crea que la apertura al diálogo es la solución del problema en sí mismo. Estrictamente eso no es así, incluso, el descubrimiento de la verdad, producto de un auténtico diálogo, puede llevar a más desacuerdo o a un alejamiento de tipo práctico en donde ya no se puede poner uno en la misma sincronía con las personas con las que se dialoga. En Bioética, y en ética en general, esto es frecuente. Si, por ejemplo, hay una discusión sobre la prohibición o no de la eutanasia se llega a pensar que se necesita un “debate abierto y plural”. La cuestión es que el fin de realizar dicho debate es encontrar la verdad. 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Suponemos entonces que estamos frente a una narración que retrata las visiones de algún profeta, que tienen lugar siglos después, cuando ya se hubiese desarrollado el lenguaje y la escritura. ¿Cómo y desde dónde podía mirar este profeta la creación de algo que aún no existía? ¿Cómo pudo ver y escuchar a Dios? ¿Cómo sabía que era Dios? ¿Por qué no lo describió? En resumen: ¿dónde estaba ubicado el observador para poder ver lo que vio y luego contárselo a sus contemporáneos? El profeta que relató el Génesis no tiene empacho, no sólo en asegurar que observó cómo Dios creó el mundo ante sus ojos, sino que es capaz de conocer también su subjetividad al dar cuenta de cómo Dios juzgó que “la luz estaba bien”.  En los relatos de ficción se utiliza con mucha frecuencia este mecanismo donde punto de vista y perspectiva se funden. El narrador omnisciente de una novela, al mismo tiempo que cuenta con total certeza desde la tercera persona lo que el personaje hace, es capaz de saber también lo que piensa y las motivaciones que lo llevaron realizar la acción narrada. Este fenómeno se rompe con el surgimiento de la posmodernidad que es capaz de distinguirlos y se observa con claridad en los medios audiovisuales, donde nosotros, como espectadores, por más que veamos actuar a un personaje desde distintos encuadres, no podamos saber lo que piensa a menos de que lo diga o sus acciones nos lo dejen saber. Es decir, que mientras leemos una novela escrita con la técnica del narrador omnisciente asumimos tanto el punto de vista como la perspectiva del personaje. Mientras que en el cine, conservando nuestra perspectiva de observadores –pues siempre permanecemos en nuestra butaca–, somos capaces de identificamos con el punto de vista del personaje, a cuya perspectiva no tenemos acceso a menos que él no haga saber lo que observa y siente ya sea con palabras o actos.  Enfoquémonos en el “punto de vista” Pensemos en un documental donde, tras una larga estancia en la sabana, el equipo de investigación ha podido documentar mediante el video y la fotografía las tácticas y estrategias que utiliza una manada de leones para cazar.    En este caso el programa entero está planteado desde la “perspectiva” de la cámara, que es la que registra lo que ocurre, sin embargo al mismo tiempo toda la estructura de la investigación está planteada desde el “punto de vista” del león: seguimos cada técnica, cada truco, cada movimiento y la forma en que acecha a las cebras desde la distancia. Pero es indispensable comprender que seguir los movimientos de una fiera no significa en modo alguno asumir su perspectiva. Meterse en la experiencia existencial de un león, cómo siente, qué detona sus reacciones, cómo vive los estímulos del entorno, en una palabra, asumir su “perspectiva”, es imposible para el ser humano y por eso, lo más que podemos conseguir es alinearnos con dicho felino sumiendo su “punto de vista”, centrándonos en las necesidades, características y modos de ser de la especie a investigar, sumado al conocimiento que a lo largo de los años hemos acumulado de esa especie.  Y aquí está la clave: podemos “imaginar” cómo vive su condición de león, pero siempre desde la perspectiva humana, que resulta imposible de abandonar. Podemos asumir distintos puntos de vista, pero no podemos cambiar la perspectiva que nos da la especie; es ella la que nos provee de las herramientas (capacidades sensoriales, cognitivas, intuitivas, biológicas, etc,) para experimentar e interpretar la realidad que nos rodea. Podemos deducir, reflexionar, suponer, empatizar, asumir lo que significa estar en la piel de un conejo, pero no podemos asumir esa perspectiva de ningún modo: por más que lo deseemos, no nos es posible encarnarnos en un conejo ni en ninguna otra cosa que no sea un ser humano.   Pensemos en un segundo ejemplo: un reportaje de prensa acerca de un asesinato. El periodista encargado hará una investigación de los hechos y los involucrados y una vez que tenga todas las piezas de la historia, construirá, desde su perspectiva como profesional del periodismo –equivalente a los zoólogos que observaron a los leones–, un relato completo y coherente de lo ocurrido. Si bien esa historia la hizo desde su perspectiva personal, la redacción y el enfoque estará centrado en los protagonistas de los hechos, y a la hora de redactar, asumirá deliberadamente el punto de vista de la víctima o del asesino o de las autoridades, o quizá saltará alternativamente de un punto de vista al otro. No puede meterse en la cabeza del asesino, pero si puede centrarse en ofrecer un contexto de quién es y de lo que lo llevó a hacer lo que hizo. Desde su perspectiva de informador profesional, construirá un relato centrado en el punto de vista del asesino –ya sea para justificarlo o para cargarlo de agravantes– pero poniéndolo a él y lo que logró averiguar del caso –y nunca a sí mismo– en el centro de la narración. El testimonio no se tratará de lo que el periodista pensó o sintió, sino de los hechos que ocurrieron y de los involucrados en ellos. Si lo trasladamos a las voces gramaticales, el Yo del periodista jamás aparecerá. Por el contrario, el relato estará articulado en tercera persona, donde un observador “objetivo” expone los hechos y conjeturas sostenidas en las pruebas objetivamente existentes. El periodista no hablará de sí mismo sino de lo que sucedió.  Cosa muy distinta hará su colega de la columna de opinión. En este segundo caso, el opinador tomará el reportaje del periodista y recorrerá el camino en sentido contrario: tomando como referencia el reportaje “objetivo”, contado desde el punto de vista de los protagonistas, hará una interpretación desde su propia perspectiva compartiendo su opinión, visión y comprensión de los hechos y testimonios. Como se puede intuir, ambas columnas serán radicalmente distintas.   Concluyamos con tres ejemplos literarios que ilustran las diferencias entre perspectiva y punto de vista. La primera obra de la que me gustaría hablar es A sangre fría de Truman Capote. En esta novela el autor nos cuenta, desde su perspetiva, pero desde una visión objetiva, poniendo como centro del relato los hechos efectivamente ocurridos, el cuádruple asesinato de una familia en un pueblo rural de los Estados Unidos por dos individuos posteriormente capturados y condenados a pena de muerte. Si bien Capote se centra en la psicología de los criminales e incluso se entrevista con ellos en distintas oportunidades privilegiando su punto de vista, busca recrear un relato objetivo de sus contextos y motivaciones.  En el segundo ejemplo John Fowles, en su novela El coleccionista cuenta la historia de un tipo que, obsesionado con una joven, la secuestra con la intención de que gracias a la convivencia termine por enamorarse de él. Aquí sí, en tanto que se trata de una ficción, el autor está habilitado para asumir la perspectiva y el punto de vista del secuestrador, Frederick Clegg.  El tercer ejemplo responde a un híbrido entre ambas posibilidades. Se trata de El adversario, del escritor francés Emmanuel Carrère, donde se cuenta la historia de Jean–Claude Romand, quien en 1993, ante la inminencia de que se descubriera que su vida entera era una mentira, decidió asesinar a su esposa, a sus dos hijos, a sus padres y hasta al perro. En la novela, al mismo tiempo que se relata objetivamente el caso judicial de Romand, que significó un escándalo en toda Francia, el autor relata también lo que ocurría en su vida mientras llevaba a cabo la investigación y escribía el libro. Al mismo tiempo que ponía en el centro del texto el punto de vista del asesino, relataba su propia experiencia desde la perspectiva personal y el grado de afectación que implicó para él involucrarse en contar esa historia.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir 1 Biblia de Jerusalén. Edición en letra grande, dirigida por Ubieta, José Ángel, España, Bilbao-Desclée de Brouwer, 1992, Pág. 21" ["post_title"]=> string(29) "El Punto de vista y la verdad" ["post_excerpt"]=> string(127) "El punto de vista y la perspectiva no son sinónimos. 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El Punto de vista y la verdad

El punto de vista y la perspectiva no son sinónimos. A continuación se expone y profundiza en sus distinciones y sinergias. 

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