El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos se está convirtiendo en un problema grande para los derechos humanos. Videos compartidos por ciudadanos estadounidenses en redes sociales nos permiten ver atrocidades como el uso de gas pimienta de forma injustificada y tácticas de “montachoques” para detener o amenazar a civiles que van manejando.
La situación se torna escalofriante después de que anunciaran la inversión de hasta 20 millones de dólares para la compra de guantes capaces de generar una descarga eléctrica sobre la persona sometida. Últimamente el miedo es mayor e incluye una palabra que nadie quiere escuchar: “campos de concentración”.
La mujer neozelandesa Everlee Wihongi regresaba a Estados Unidos desde Nueva Zelanda con su familia. Toda la familia, excepto su hija, eran ciudadanos estadounidenses y pasaron inmigración sin mayor problema. Everlee contaba con “green card”. A pesar de eso, fue interrogada por horas y finalmente quedó detenida durante cerca de dos meses y medio, primero en California y luego en Arizona. La causa fue una condena por posesión de marihuana de más de una década atrás, que un tribunal terminó anulando.
Ya libre y con su familia, describe la experiencia en los centros de detención de ICE como “condiciones deshumanizantes” y relata que pasaban todo el día en un mismo cuarto, compartido por 46 personas, donde comían y dormían en ese mismo espacio. Leyendo su testimonio, hay un dato que perturba bastante: describe que en los centros de detención ningún detenido es llamado por su nombre, sino por el número marcado sobre su cama.
Hablamos del testimonio de una mujer nacida en Nueva Zelanda que ha vivido junto a su familia por décadas en Estados Unidos, y que fue detenida en una prisión compartida por 46 personas en Arizona, sin derecho a ser llamada por su nombre.
Poco importó la “green card”, ni los diversos documentos con los que contaba para defender su caso: como ella dice, fue gracias a una embajada respetada como la neozelandesa, al apoyo familiar y a buenos abogados que, tras más de 70 días, pudo ser liberada.
Ahora pensemos en los miles de detenidos de países del tercer mundo, o que no tienen quién responda por ellos. ¿En qué condiciones viven? ¿Quién puede monitorear sus casos? En su testimonio encontramos un retrato visual más preciso de cómo se están viviendo las redadas de ICE para los detenidos, cuando ya nadie los ve.
Everlee cuenta haber sido llevada a un centro de detención en California, previo a su traslado hacia Arizona. Describe ver a niños, madres, personas de la tercera edad y gente de todo tipo, descendiendo de un avión y siendo metidos directamente en camionetas con vidrios polarizados. Ella cuenta haber visto las escenas desde una de tantas camionetas, que se iban llenando de detenidos.
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